viernes, 27 de enero de 2012

Shere Khan o el tigre de Santa Estela / Crónica inverosímil 34


¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Fray Luis de León

Al capulín que estaba en mi jardín. Como diría Dibs, todos los niños deberían tener un árbol.

Hace casi sesenta años mis abuelos compraron un terreno en San Jerónimo. En aquellos ayeres, era como ir al campo. De hecho era su casa de fin de semana; para escapar, como dijera Fray Luis de León, del mundanal ruido de la que ya les parecía una sobrepoblada Ciudad de México. Hace mucho que el anhelado silencio se rompió. ¿Qué pensaría de aquel lugar de retiro, Fray Luis de León si escuchara la sinfonía de bocinas, maquinaria y taladros de las obras viales que mantienen congestionada esta zona de la Ciudad de México? El bullicio de lo cotidiano.

¿Sabían que antes fue llamado San Jerónimo de los Brujos porque no había alumbrado público y la gente transitaba por sus calles acompañándose de velas y antorchas por lo que los vecinos de zonas aledañas creían que los brujos las usaban para atraer a las almas y llevarlas al infierno? De lo que uno se entera.

Mis abuelos iban a San Jerónimo a descansar, a meditar pero, sobre todo, a festejar. Todos los domingos invitaban a familiares y amigos y hacían una comilona loca que acababa invariablemente en borrachera y gran desmadre. En el terreno, mis abuelos tenían gallineros y hortalizas. Me parece recordar algo sobre alcachofas y chayotes. Según consta en las fotos familiares, unas muy pequeñas e intrépidas hermanitas Eguiarte gustaban de perseguir pollos y gallinas. Hay una foto de mi tía Ma. Estela jalando una gallina ¡viva! (nada de mole) de una pata… A veces iban en caballo al río, una ramificación del Río Magdalena. ¿Se lo imaginan como un espacio idílico a unos minutos de la ciudad? Eso era.

El tiempo pasó. La mancha urbana devoró San Jerónimo, entubaron el río Magdalena, los hermanos Eguiarte crecieron, se casaron y empezaron sus propias familias. Mi abuelo, entonces, dividió el terreno y regaló una porción a cada uno de sus hijos. Ellos mismos construyeron una casa, dejaron la Narvarte y se fueron a vivir al otrora campo. Así fue como todas las nuestras casas quedaron juntas.

Yo crecí en San Jerónimo. En una casa muy diferente a la de ahora. Era una casita como de cuento de hadas, con tabique aparente y techo de dos aguas. Cuando yo era chica, no teníamos barda sino una malla ciclónica cubierta por una enredadera y piracanto, con el que ocasionalmente jugaba a hacer puré de tomate que afortunadamente nunca se me ocurrió probar. En la parte trasera había un jardín, mi jardín.

Para mis pequeños pasos, ese jardín se abría como territorio inexplorado que yo habitaría, como una pequeña Mowli, acompañada de las más fantásticas criaturas que mi imaginación podía crear.

Todas las tardes salía a jugar al jardín. Ahí construí mis primeras historias. Ahí monté unicornios, conocí a sabios dragones con bibliotecas borgianas (y eso que todavía no lo había leído a Borges), enfrenté a seres terribles y malvados, exploré desde el Polo Norte hasta África, navegué los siete mares, fui de Safarí, escavé tumbas en Egipto, recorrí la muralla china, fundé escuelas, tuve un submarino y una nave espacial, inventé juguetes y máquinas del tiempo, salvé al mundo (¡varias veces!), conduje los Oscares y algo parecido a En familia con Chabelo, viajé a Saturno, fui cantante, científica, directora de cine, hechicera, superhéroe, gitana, pirata, periodista, veterinaria y detective. Resolví misterios dignos de Baker Street. Y sí, mis primos no me dejarán mentir, fui un hotdog y nadé en albercas de cátsup y mostaza.

El cómplice de mis travesuras fue mi primo Raúl quien desde su ventana me veía revolotear entre los árboles y colgarme de la rama de mi amadísimo capulín y esconderme en un deprimido que a mí me parecía una cueva bajo el árbol.  Yo poblé esas tierras vírgenes con todos mis sueños y aún hoy, cuando vuelvo a mi jardín, me gusta pensar que esos amigos que parecían inseparables siguen esperando que salga a jugar con ellos.

Cuando cumplí trece años nos mudamos a Cancún. Recuerdo la tristeza que sentí al despedirme del jardín. Todas las noches, durante un año, mi mamá añoró la Ciudad de México y su casa en San Jerónimo. Pasó un año para que se enamorara irremediablemente de Cancún, lleva 19 años llorando su regreso.

Un año después de que partimos, mis papás decidieron rentar la casa. Precavidos como son, pusieron una clausula de “no mascotas” en la contrato. Los inquilinos se pasaron la clausula por el arco del triunfo: tenían varios gatos, un par de perros y sí: un tigre. Hemos pensado que eran cirqueros porque cuando recuperamos la casa uno de los cuartos tenía espejos por todos lados.

En fin… Mi lugar en el jardín había sido ocupado por Shere Khan. Una vez lo vi, desde la ventana de Raúl. Me dio mucha tristeza. Ese jardín infinito debía ser minúsculo para el minino que lo habitaba, no en vano, se veía un poco pasado de Zucaritas y un tanto descolorido al fondo del jardín. ¿Soñaría con los bosques de la India como yo soñaba calurosos paisajes mercurianos?

Por su parte, mi abuela, salía todos los días a su jardín a ejercitarse o a recordar aquel San Jerónimo idílico treinta años atrás. Uno de esos días, Shere Kahn la escuchó como la voz de un ángel o una santa, Santa Estela. Pensó que le anunciaba la tan ansiada libertad. Quiso saltar a sus brazos franqueando la barda de 2 metros de alto. Para un animalón de su tamaño era poca cosa. ¡El salto del tigre!

Imagínense la cara de mi abuela cuando vio volar una masa naranja y negro en su dirección. Afortunadamente para mi abuela y todos nosotros que la queremos tanto, Shere Khan estaba amarrado con una fuerte cadena. Su destino no fue tan afortunado. El gatote quedó colgado en el jardín de mis abuelos. Si atendemos al adagio, “todos los perros van a cielo”, seguramente los tigres también, ahí será más feliz. Mi jardín, donde caben sueños y dragones, no era lugar para un tigre.


Después de eso, mis padres lograron echar a los inquilinos y remodelaron la casa. Cuando volvimos de Cancún, la casa era más grande; la malla ciclónica había sido sustituida por una barda de concreto, el tabique aparente por muros aplanados. Ya no estaban los espejos de domador en el cuarto de mi hermano, ni la cueva mágica, ni mi capulín, ni Shere Khan pero sí mi jardín con los juegos que todavía me esperan.

Soy enemiga de terminar historias con una moraleja. Y esto no es una fábula, es más, por extraño que parezca no es en absoluto una ficción. Pero sí quisiera llamar a la conciencia. Llámense tigres en la cama, compren Tigers de peluche, vean El libro de la selva y Kung Fu Panda hasta el cansancio, coman Zucaritas, tengan tigres imaginarios que caben en cualquier lado pero a los de carne y hueso déjenlos en donde pertenecen… ¡no son mascotas! http://www.savetigersnow.org/

All over the world the wildlife that I write about is in grave danger. It is being exterminated by what we call the progress of civilization. 
Gerald Durrell