jueves, 25 de octubre de 2012

Los tiempos de la abuela


Los tiempos de la abuela
Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Miguel Hernández, Carta

A todos los que han tenido el valor de escribir una carta de amor.

Me acompaña desde que tengo memoria.  Hoy, medio deshojado por las lecturas y relecturas de mi infancia, guarda un lugar especial en mi librero. Se titula: Los tiempos de la abuela y era mi favorito. Imaginaba que yo también salía a jugar a las calles empedradas y sin coches, que ponía a calentar mi piyama cerca de la estufa de hierro, que tenía un pájaro que cantaba en un balcón. Pero lo que más me gustaba es que, a falta de televisión, los chicos de entonces improvisaban obras de teatro, ya fuera con títeres hechos con calcetines y botones o actuadas por ellos mismos con vestuarios tomados de baúles de ropa vieja e inservible para cualquier otro propósito que no fuera dar vida a los sueños. Y sí, mi mamá me contaba que también su abuelita Virginia escribía obras de teatro para que ella y sus primos las representaran.
                Afortunadamente para mi familia no todo estaba olvidado en los tiempos de la abuela… Cada año, mi adorado primo Raúl nos organizaba a todos los primos para montar una pastorela. Desempolvábamos los disfraces de otros años, de fiestas, asambleas de la escuela, quincesdeseptiembre y Halloween; pintábamos nuestros telones en sábanas viejas y en una par de ocasiones disfrazamos a la Marenka, el schnauzer de mis primos, de borrego con borlas de algodón. A esas pastorelas y a Raúl, por supuesto, debo algunos de los mejores momentos de mi niñez y quizá esta particular obsesión de seguir haciendo teatro.
Pero esta crónica debía ir por otro lado. En fin… yo veía los tiempos de la abuela con una mezcla de intriga y nostalgia. Y me imagino que con esa misma curiosidad verán los niños de hoy aquellos tiempos lejanos de los que hablaré ahora.
                Lo diré así nomás, sin miramientos: Cuando yo era chica no había celulares.
                En aquel tiempo, pequeños y pequeñas lectores, los jóvenes tenían que marcar a casa de sus enamoradas y arriesgarse a que les contestara su padre. Tenían que hacer de tripas corazón, como quien dice, fajarse los pantalones y pedir hablar con ella. Iban a buscarnos y los hacíamos esperar interminables minutos en el sillón de la sala mientras terminábamos de arreglarnos. Eran otros tiempos.
                Lo conocí en una fiesta de quince años. El flechazo fue instantáneo como ocurre en esas edades. En ese entonces yo no vivía en la Ciudad de México y sólo vine a pasar la Semana Santa. Tuvimos un tórrido romance adolescente en el que yo obligaba a mi madre a cruzar la ciudad con el coche prestado de mi abuela (la de los otros tiempos) y llevarme a patinar en hielo. Duró dos semanas y no culminó siquiera en un beso.
                No fue el hielo de la pista (pese a que yo suelo patinar de cuerpo entero) sino la distancia lo que acabó por enfriar nuestro amor primaveral. Creo que intercambiamos direcciones pero no hubo cartas. Los buzones se quedaron vacíos.
                Al año siguiente regresé a vivir a México. Al poco tiempo, lo volví a ver en otra fiesta. No, no era de quince años. Ya éramos grandes, estábamos en prepa. Platicamos toda la noche (que entonces acababa a la una de la mañana, hora en que mi papá me iba a recoger en unos pants infames y peinado de almohadazo). Al despedirnos, me pidió mi teléfono, el de casa, por supuesto; ya quedó establecido que los celulares, aunque existían, no eran tan comunes como ahora.
                Pasaron los tres días reglamentarios y llamó. Entonces, una corría a contestar el teléfono  para ahorrarle al galán la pena de hablar con nuestros padres, que invariablemente empezaban a cuestionar “¿quién es’”, “de dónde salió?”, “¿qué quiere?” Hoy, los teléfonos de casa repiquetean agonizantes sin que un alma caritativa levante la bocina.
                Después de un par de tardes de cuchicheo telefónico, el susodicho galán, me invitó a salir el sábado. Quedó de recogerme a las 6 de la tarde.
Antes de las 5 empecé el pavoroso ritual de la seducción juvenil, me probé todo el closet, me peiné tres veces, me maquillé, me desmaquillé, me volví a maquillar. Entré en el dilema existencial: ¿tacones o no tacones? Y así dieron las 6:30, las 7, las 7:30... y ni sus luces. ¡Las 8! Creo que será mejor bajarme de los tacones. Mi mente vuela: le pasó algo en el camino, ¿chocó?, ¿lo atropellaron? ¿Se murió? ¡8:30! Creo que mejor me cambio y me pongo la piyama. ¡Las 9! Ya se me corrió el rimmel, esa única lágrima dejó un caminito gris marcado en mi rostro. Es hora de desmaquillarme.
Entendamos algo de una vez: Yo no tenía su teléfono. No podía llamarle para saber qué había pasado. Hoy en día, la historia hubiera terminado en una mentada por whatsapp o similares aplicaciones que envían mensajes desde los celulares. No llamó ni para disculparse.
Un par de años después, el primer día de clases en la Universidad, 7 de la mañana, Teoría de la Comunicación y allí estaba a la mitad del salón… el galán. Decidí que lo mejor era tomarlo con humor. Me senté a su lado y le dije que seguía esperando pacientemente… así como canción de Serrat. Me miró aterrado... Me reí y comprendió que era una broma. Ya lo pasado, pasado, diría el príncipe de la canción.
Nos hicimos amigos. Incluso fue el protagonista en la primera obra que dirigí en la universidad (después de tantas pastorelas). Un día le pregunté qué había pasado y me confesó que se había emborrachado y sus primos o amigos no lo habían dejado partir. Con justa razón, debo añadir. Y después le había dado mucha pena hablar o lo que fuera, no esperaba volver a verme.
Como ven, ésta es una historia de otros tiempos que quizá un día se publique bajo el mismo título que el libro que yo leía cuando era niña. Es casi imposible pensar que esto pudiera ocurrir hoy.
Todo ha cambiado: los códigos de comunicación y los del cortejo amoroso a la par. Hoy nuestra vida está en un escaparate que se llama Facebook, le tuitemos al viento para no sentirnos solos, vivimos pegados a un teléfono celular como para engañar la ausencia. Pero, ¿estamos más cerca?
Permanecemos en contacto inmediato con amigos del otro lado del mundo pero a veces nos olvidamos de las personas que tenemos más cerca y que más nos necesitan. Tenemos el mundo al alcance de la mano pero seguimos enfrascándonos en malentendidos. Seguimos sin decir las cosas de frente, nos escudamos en teléfonos de dudosa inteligencia. En realidad, no hablamos. Hacemos ruido todo el tiempo pero callamos lo importante. Callamos el cariño, la nostalgia, la tristeza, la desesperación.

Y escribimos. Eso sí.
Mi natural romántico piensa que los telegramas de hoy, esas epístolas minúsculas que desperdigamos en mensajes por celular, tuits y posts nos regresan algo del sabor de esas cartas de amor que escribían nuestros abuelos, nuestros padres; incluso nosotros mismos hace años.
A veces extraño la sensación de abrir un sobre y descubrir una carta; extraño los tropiezos en la lectura de caligrafías ajenas, extraño descifrar el sentimiento detrás de cada línea pero pienso que en el fondo, el gesto es el mismo. No habrá sobres, no habrá tinta, ni sellos postales, ni buzones, ni largas esperas, pero las palabras seguirán siendo las mismas y el amor seguirá manchando de lágrimas ya no el papel pero sí el rostro… la piel.
Yo también escribí cartas de amor. Algunas que no mandé nunca. También las recibí, por supuesto; también rompí o borré algunas pero de todas me queda algo. Entonces pienso que los versos de Miguel Hernández no son tan lejanos, que no pertenecen a los tiempos de la abuela, sino al hoy... y que no importa si esas palabras están encapsuladas en las memorias de nuestras computadoras y teléfonos o si se humedecen en un cajón. No importa si están en cajas de cartón al fondo del armario, en las nubes del recuerdo o en esa nube de datos que transita entre nosotros, se puede seguir diciendo:

Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.
         Pero las palabras, ¡las palabras viven!