jueves, 25 de octubre de 2012

Los tiempos de la abuela


Los tiempos de la abuela
Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Miguel Hernández, Carta

A todos los que han tenido el valor de escribir una carta de amor.

Me acompaña desde que tengo memoria.  Hoy, medio deshojado por las lecturas y relecturas de mi infancia, guarda un lugar especial en mi librero. Se titula: Los tiempos de la abuela y era mi favorito. Imaginaba que yo también salía a jugar a las calles empedradas y sin coches, que ponía a calentar mi piyama cerca de la estufa de hierro, que tenía un pájaro que cantaba en un balcón. Pero lo que más me gustaba es que, a falta de televisión, los chicos de entonces improvisaban obras de teatro, ya fuera con títeres hechos con calcetines y botones o actuadas por ellos mismos con vestuarios tomados de baúles de ropa vieja e inservible para cualquier otro propósito que no fuera dar vida a los sueños. Y sí, mi mamá me contaba que también su abuelita Virginia escribía obras de teatro para que ella y sus primos las representaran.
                Afortunadamente para mi familia no todo estaba olvidado en los tiempos de la abuela… Cada año, mi adorado primo Raúl nos organizaba a todos los primos para montar una pastorela. Desempolvábamos los disfraces de otros años, de fiestas, asambleas de la escuela, quincesdeseptiembre y Halloween; pintábamos nuestros telones en sábanas viejas y en una par de ocasiones disfrazamos a la Marenka, el schnauzer de mis primos, de borrego con borlas de algodón. A esas pastorelas y a Raúl, por supuesto, debo algunos de los mejores momentos de mi niñez y quizá esta particular obsesión de seguir haciendo teatro.
Pero esta crónica debía ir por otro lado. En fin… yo veía los tiempos de la abuela con una mezcla de intriga y nostalgia. Y me imagino que con esa misma curiosidad verán los niños de hoy aquellos tiempos lejanos de los que hablaré ahora.
                Lo diré así nomás, sin miramientos: Cuando yo era chica no había celulares.
                En aquel tiempo, pequeños y pequeñas lectores, los jóvenes tenían que marcar a casa de sus enamoradas y arriesgarse a que les contestara su padre. Tenían que hacer de tripas corazón, como quien dice, fajarse los pantalones y pedir hablar con ella. Iban a buscarnos y los hacíamos esperar interminables minutos en el sillón de la sala mientras terminábamos de arreglarnos. Eran otros tiempos.
                Lo conocí en una fiesta de quince años. El flechazo fue instantáneo como ocurre en esas edades. En ese entonces yo no vivía en la Ciudad de México y sólo vine a pasar la Semana Santa. Tuvimos un tórrido romance adolescente en el que yo obligaba a mi madre a cruzar la ciudad con el coche prestado de mi abuela (la de los otros tiempos) y llevarme a patinar en hielo. Duró dos semanas y no culminó siquiera en un beso.
                No fue el hielo de la pista (pese a que yo suelo patinar de cuerpo entero) sino la distancia lo que acabó por enfriar nuestro amor primaveral. Creo que intercambiamos direcciones pero no hubo cartas. Los buzones se quedaron vacíos.
                Al año siguiente regresé a vivir a México. Al poco tiempo, lo volví a ver en otra fiesta. No, no era de quince años. Ya éramos grandes, estábamos en prepa. Platicamos toda la noche (que entonces acababa a la una de la mañana, hora en que mi papá me iba a recoger en unos pants infames y peinado de almohadazo). Al despedirnos, me pidió mi teléfono, el de casa, por supuesto; ya quedó establecido que los celulares, aunque existían, no eran tan comunes como ahora.
                Pasaron los tres días reglamentarios y llamó. Entonces, una corría a contestar el teléfono  para ahorrarle al galán la pena de hablar con nuestros padres, que invariablemente empezaban a cuestionar “¿quién es’”, “de dónde salió?”, “¿qué quiere?” Hoy, los teléfonos de casa repiquetean agonizantes sin que un alma caritativa levante la bocina.
                Después de un par de tardes de cuchicheo telefónico, el susodicho galán, me invitó a salir el sábado. Quedó de recogerme a las 6 de la tarde.
Antes de las 5 empecé el pavoroso ritual de la seducción juvenil, me probé todo el closet, me peiné tres veces, me maquillé, me desmaquillé, me volví a maquillar. Entré en el dilema existencial: ¿tacones o no tacones? Y así dieron las 6:30, las 7, las 7:30... y ni sus luces. ¡Las 8! Creo que será mejor bajarme de los tacones. Mi mente vuela: le pasó algo en el camino, ¿chocó?, ¿lo atropellaron? ¿Se murió? ¡8:30! Creo que mejor me cambio y me pongo la piyama. ¡Las 9! Ya se me corrió el rimmel, esa única lágrima dejó un caminito gris marcado en mi rostro. Es hora de desmaquillarme.
Entendamos algo de una vez: Yo no tenía su teléfono. No podía llamarle para saber qué había pasado. Hoy en día, la historia hubiera terminado en una mentada por whatsapp o similares aplicaciones que envían mensajes desde los celulares. No llamó ni para disculparse.
Un par de años después, el primer día de clases en la Universidad, 7 de la mañana, Teoría de la Comunicación y allí estaba a la mitad del salón… el galán. Decidí que lo mejor era tomarlo con humor. Me senté a su lado y le dije que seguía esperando pacientemente… así como canción de Serrat. Me miró aterrado... Me reí y comprendió que era una broma. Ya lo pasado, pasado, diría el príncipe de la canción.
Nos hicimos amigos. Incluso fue el protagonista en la primera obra que dirigí en la universidad (después de tantas pastorelas). Un día le pregunté qué había pasado y me confesó que se había emborrachado y sus primos o amigos no lo habían dejado partir. Con justa razón, debo añadir. Y después le había dado mucha pena hablar o lo que fuera, no esperaba volver a verme.
Como ven, ésta es una historia de otros tiempos que quizá un día se publique bajo el mismo título que el libro que yo leía cuando era niña. Es casi imposible pensar que esto pudiera ocurrir hoy.
Todo ha cambiado: los códigos de comunicación y los del cortejo amoroso a la par. Hoy nuestra vida está en un escaparate que se llama Facebook, le tuitemos al viento para no sentirnos solos, vivimos pegados a un teléfono celular como para engañar la ausencia. Pero, ¿estamos más cerca?
Permanecemos en contacto inmediato con amigos del otro lado del mundo pero a veces nos olvidamos de las personas que tenemos más cerca y que más nos necesitan. Tenemos el mundo al alcance de la mano pero seguimos enfrascándonos en malentendidos. Seguimos sin decir las cosas de frente, nos escudamos en teléfonos de dudosa inteligencia. En realidad, no hablamos. Hacemos ruido todo el tiempo pero callamos lo importante. Callamos el cariño, la nostalgia, la tristeza, la desesperación.

Y escribimos. Eso sí.
Mi natural romántico piensa que los telegramas de hoy, esas epístolas minúsculas que desperdigamos en mensajes por celular, tuits y posts nos regresan algo del sabor de esas cartas de amor que escribían nuestros abuelos, nuestros padres; incluso nosotros mismos hace años.
A veces extraño la sensación de abrir un sobre y descubrir una carta; extraño los tropiezos en la lectura de caligrafías ajenas, extraño descifrar el sentimiento detrás de cada línea pero pienso que en el fondo, el gesto es el mismo. No habrá sobres, no habrá tinta, ni sellos postales, ni buzones, ni largas esperas, pero las palabras seguirán siendo las mismas y el amor seguirá manchando de lágrimas ya no el papel pero sí el rostro… la piel.
Yo también escribí cartas de amor. Algunas que no mandé nunca. También las recibí, por supuesto; también rompí o borré algunas pero de todas me queda algo. Entonces pienso que los versos de Miguel Hernández no son tan lejanos, que no pertenecen a los tiempos de la abuela, sino al hoy... y que no importa si esas palabras están encapsuladas en las memorias de nuestras computadoras y teléfonos o si se humedecen en un cajón. No importa si están en cajas de cartón al fondo del armario, en las nubes del recuerdo o en esa nube de datos que transita entre nosotros, se puede seguir diciendo:

Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.
         Pero las palabras, ¡las palabras viven! 

viernes, 4 de mayo de 2012

La letra con sangre entra



If plan “A” didn´t work. The alphabet has 25 more letters! Stay cool.
Posteado en Facebook  bajo el alías de Katharsis

A mis queridos amigos literatos, sobre todo a Iván, Isra y Mónica.

Estudiaba Letras. Era segundo semestre. No tenía ni veinte años. Si no me equivoco eran las 6 de la tarde. Tenía examen de Lingüística. Desde mi entonces no tan remota infancia, mi mamá me enseñó a hacer pipí antes de salir de casa, antes de entrar al cine, antes de iniciar la clase de natación (afortunadamente), antes de dormir, antes de bañarme, antes de regresar al salón del recreo, en fin, me instruyó que uno debe rendir honores al ídolo de porcelana antes de iniciar cualquier tarea. Posteriormente procedía a las abluciones. Y así iniciaba mis labores fresca, vejiga vacía y corazón contento.  Así, las tareas más triviales e insignificantes se volvían rituales fundamentales. Era una chica seria.
Mi examen de Lingüística no era la excepción. Fui al baño del segundo piso de la Facultad de Filosofía y Letras. El mismo que eligió Roberto Bolaño para contar la resistencia de Auxilio Lacouture en el movimiento de 68 en Los detectives salvajes. Quienes estudiamos en ella, sabemos que esos baños no son precisamente un lujo sino que tienen un aspecto más bien tétrico y sucio. Pero uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.
Llevaba las uñas largas, no demasiado… usaba un barniz discreto, quizá sólo brillo. Es decir, no se imaginen unas garras de Freddy Krueger ni esas prótesis de acrílico que usan las secretarias de burócrata de medio pelo, las que parecen retazo de vestido de noche con lentejuela y brillantina. ¡No!
Aquí es donde se complica la cuestión. Me subí el pantalón de mezclilla y cuando subí la cremallera o el zipper  (como la conocen los que no estudiaron letras), mi uña se quedó atorada entre los dientes de metal y cuando quise liberarla, se rompió. No me refiero a que se haya astillado, eso se arregla con cola loca o un curita, tampoco esas rupturas limpias al ras del dedo que ni te duelen. ¿Se dan cuenta cómo nuestras desventuras con las uñas se parecen peligrosamente a los desencuentros amorosos? Este noviazgo terminaba mal. La uña se partió por la mitad feamente y en el arrebato se llevó un pedazo de mi piel como ocurre siempre que perdemos un amor. Fue un rompimiento repentino, absurdo y dolorosísimo. Aunque lavé la herida, mi dedo seguía sangrando.
Pero yo no podía, no debía faltar a mi examen, así que envolví mi pulgar derecho en papel de baño y acudí al salón. Tuve que tomar la pluma de la forma más incómoda posible para evitar presionar el dedo pulgar y que sangrara más. Nada sirvió. Goteaba. Entregué mi examen final de Lingüística al rojo vivo.
Y pienso en las cosas que exigen una marca de sangre. Si uno ha de venderle el alma al diablo, firma el pacto con sangre. En el fondo, si uno ofrenda el alma a una causa o a un amor, lo sella con sangre. Quizá, en esa primera juventud, firmaba inconscientemente con sangre un pacto que hoy me gustaría que fuera con estas letras y con las que me quedan por escribir.
Pero si hago memoria, creo que yo fui marcada por las letras mucho tiempo antes del firmar mi pacto lingüístico. Aún antes de que mi juguete favorito fuera una máquina de escribir de Fisher Price que deben haber descontinuado hace como veinticinco años. Uno de mis primeros dibujos, el primero que enmarcó mi mamá, que realicé antes de saber escribir y con toda seguridad después de una visita rutinaria al escusado, retrata una enorme letra A que casi se sale del papel. En el triangulo central tiene una especie de cara feliz y usa zapatos en las patas. La línea horizontal que la cruza se alarga y se vuelve algo que parecen unos brazos. Intrigada por mi obra de arte, mi mamá la llevó a psicoanalizar (a mi “A”, no a mí) y le dijeron que era signo de egolatría, vanidad, control y perfeccionismo, que siempre querría ser la primera letra del alfabeto, osease, la cereza del pastel, el centro de atracción, estar bajo las luces de los escenarios, etcétera, etcétera… quién sabe quién fuera y en dónde quedó esa psicóloga, pero se me hace que se llamaba Tiresias. Me desentrañó desde la primera letra … afortunadamente, hay muchas más letras en el alfabeto y alguna otra dirá más de mí. Mi papá, por cierto, me llama Laura “A”, por la inicial de mi segundo nombre: Adriana… pero, como ven y verán a continuación, mi letra “A” me acompaña a donde vaya.
Nadie en su sano juicio estaría dispuesto a conceder que mi profesión es de alto riesgo. Pero, ¡señores!, las letras son peligrosísimas. De las palabras correctas nacen las revoluciones y la libertad, una sola palabra puede destruir o construir destinos.
Daré testimonio de las complicaciones que pueden provocar errores en las letras. Este verano cumpliré 35 años y decidí hacer un viaje a Europa. Compré mi boleto de avión México-París para el 18 de julio y luego la conexión París – Roma para el 23 de junio. Una sola letra y el error fue fatal. Afortunadamente, mi amiga Lola detectó el error y, por una módica cantidad, pude cambiar el vuelo.
Eso no es todo, compré mi vuelo trasatlántico por internet y en el campo no cabía mi nombre completo. No los culpo. Mi nombre es como de telenovela. Lo más sencillo para mí fue escribir mi nombre de pila y la inicial de mi segundo nombre; como me llama mi papá: “Laura A”. Después del incidente junio-julio decidí hablar a la agencia para corroborar que no hubiera problema… y ¡sí lo hay! Resulta que no soy la misma persona. Es decir, no soy la que soy… Mi misma existencia queda en duda. Dicen que puedo ser Laura a secas o Laura Adriana pero no Laura A. Según la aerolínea, mi mismo padre no sabe quién soy. Por supuesto, estoy en vías de arreglar este problema… llámeme como me llame, voy a hacer ese viaje.
Todo parecería indicar que esa “A” que dibujé a los tres o cuatro años ha marcado mi vida. Es mi letra escarlata (aunque esta es azul y verde, ni pizca de rojo). En el fondo, todos llevamos una.
Se imaginan que como en la novela de Nathaniel Hawthorne, nos marcaran cada vez que callamos un amor o que lo revelamos, que terminamos… que por cada error que cometemos, nos tatuaran una letra… Conmigo ya se habrían acabado el alfabeto.
En la novela, la letra escarlata habrá de recordarle a su portador (y más claramente al pueblo) los peligros del infierno para evitar que los fieles caigan en tentación. Mi retrato de la letra A que, desde luego, vigila mis libreros y mis incursiones literarias, me recuerda mi compromiso de escribir y al menos hoy me salvó de la tentación… porque pude dejar a un lado la televisión, el facebook, el twitter y hasta un buen libro de Beckett, para sentarme aquí y escribir 2 páginas y cuarto, 1,205 palabras y sí, 5,550 letras.


miércoles, 4 de abril de 2012

SOBRE EL PRINCIPIO, LOS CONFINES DE AQUEL RANCHO, LOS TACOS Y LAS MAGDALENAS…


SOBRE EL PRINCIPIO, LOS CONFINES DE AQUEL RANCHO, LOS TACOS Y LAS MAGDALENAS…
A mi prima Lety Vela con cariño, admiración y agradecimiento…

El slogan de alguna película dice, “toda historia tiene un principio”, supongo que se trata de una precuela de esas que se pusieron de moda hace unos años, empezando por Starwars pasando por El exorcista, El silencio de los inocentes y no sé cuántas más… Pues bien, los que me conocen saben que la fama de “chocante” me precede; todos han oído hablar de cómo los espejos suicidas, los postes asesinos, las bardas movedizas y las bombas de gasolina me persiguen. Algunos, como Pavel, Pablo, Sabina y Juan Charlos incluso han participado de estas historias. Pero se preguntarán, ¿cómo y cuándo inició la maldición que me aqueja? Algunos piensan que con los dos cursos de manejo que reprobé, Luz Marie tomó uno conmigo y recuerda que agarraba el volante como tacita de té, sólo con el índice y el pulgar mientras que el instructor no despegaba el pie del freno (los maravillosos carritos de autoescuela tienen un set de pedales en el asiento del copiloto). Mi pobre abuela, que tenía poderes de adivinación y siempre dijo que no moriría en un accidente automovilístico, llegó a dudarlo y a pedirle a mi mamá que me abstuviera de practicar mientras ella estuviera en el vehículo. Y, por cierto, los coches chocones, aunque siempre me gustaron, no eran mi juego favorito en las ferias de mi infancia…
                Todo comenzó una Semana Santa en que mis papás decidieron que pasaríamos las vacaciones con los González Whitt en el rancho de mis tíos en Tampico. Era un rancho ganadero, las extensiones de tierra amplísimas y verdes, pocos árboles, había un río que Rebeca bautizó como el “el río Guácala” porque el banco era mohoso y no coincidía con la imagen idílica de campiña que tenía mi hermana a los cuatro años. En el río Guácala nadamos, esquiamos, los papás pescaron y cohabitamos con un par de lagartos, según supimos más tarde. Mientras mis primos recorrieran los prados en trimotos y cuatrimotos, había una burra preñada que fue la adoración de mi hermana que ya se sentía ganando el oro en equitación. Los primos jugábamos obsesivamente Backgammon apostando favores y en casos extremos, un día de esclavitud. Creo que mi papá no paró de cantar por días. Mis primas Gise y Lety en pleno fervor por Mijares (e inconscientemente por Milanés) le pidieron que sacara El breve espacio. Todos los días desayunamos unos taquitos de huevo con tortillas recién hechas que aún hoy siguen siendo insuperables. Eran finales de los ochentas... como dice aquella canción que mis hermanos me enseñaron este fin de semana, Madonna era virgen y John Travolta daba vueltas en el piso.
                Yo tenía doce años, mi prima Lety debe haber tenido catorce y la preciosa pick-up roja de su papá apenas unas semanas de haber dejado la seguridad de la agencia. Lety sabía manejar, su papá le había enseñado y la dejaba practicar en el rancho. Fue entonces cuando tuvimos la peregrina idea de ir a dar un recorrido en la camioneta que todavía olía  a nueva. Lety al volante, yo, ufana, en el asiento del copiloto y, por qué no, mis hermanos en la caja de la pick-up. Los cuatro recorrimos aquella vastedad felices con la aventura… Cuando nos habíamos alejado lo suficiente de la mirada adulta, le pedí a Lety que me enseñara a manejar.
                Ella accedió y detuvo el vehículo automotor. Me coloqué en el asiento del piloto, acerqué el asiento lo más que pude aunque mis pies apenas rozaban los pedales. Lety ocupó el asiento del copiloto y empezó con la teoría, “el clutch sirve para cambiar las velocidades, así es primera, así segunda…” Mis hermanos afortunadamente tuvieron miedo o se aburrieron de que hubiéramos detenido la camioneta para mi lección y bajaron. Ellos prefieren decir que cuando sintieron el peligro acercarse de forma inminente e ineludible saltaron a unos matorrales con el vehículo en movimiento y huyeron despavoridos. Lo cierto es que decidieron que era mejor seguir a pie, ¡bendito sea Dios!, se habían alejado lo suficiente cuando la lección pasó de la teoría a la práctica.
                Las vacas tampoco estaban en la zona, el territorio era nuestro. Los únicos límites eran dibujados por un alambrado de púas sostenido con postes dispuestos cada tres o cuatro metros. Aunque la camioneta era un todo terreno, habíamos optado por una brecha a lado del alambrado pues el terreno era un poco más parejo.
                Como sucede siempre en estos casos, ¡quien esté libre de culpa que me lance la primera piedra!, cuando intentaba sacar el clutch y acelerar, la camioneta caballaba y se apagaba. Debió pasar lo mismo unas diez veces, tiempo suficiente para que mis hermanos corrieran a la casa y nos acusaran. No sé cuál intento fue el bueno pero por fin pude meter primera y logré que avanzara la camioneta. Estaba más preocupada por coordinar mis pies que por el volante, que se me había ido chueco. Nos dirigimos al alambrado. Lety quiso controlar el volante, yo quise frenar pero mis pies nadaban (o se ahogaban) en el espacio sin encontrar un pedal para apoyarse. En lugar del freno pisé el acelerador y nos precipitamos en contra de los alambres. Había una ligera pendiente y la inercia ayudó. Antes de que la transmisión standard hiciera lo suyo y el monstruo rojo se apagara un poste pegó en el cofre y rompió el parabrisas, entró en la cabina con todo y alambre de púas. Lety y yo nos miramos aterradas. Bajamos de la camioneta cuando nuestros papás se aproximaban medio histéricos en un coche. Las púas habían marcado su territorio, el cofre y los costados de la pick up ya no eran de un rojo impecable.
                Lo peor no había pasado, todavía hacía falta enfrentarnos a la furia de nuestras progenitoras. Recuerdo con más claridad el regañazo que mi tía le puso a mi prima que la tunda que me propinaron. La vergüenza me sigue abrumando hoy por hoy. Por mucho tiempo pensé que no podría volver a ver a mi prima a los ojos. También creí que nunca volvería a manejar y me juré a mí misma que nunca chocaría. Han pasado veinte años y el tiempo, como han podido comprobar, lo cura todo.
                Ahora, como las magdalenas y el té de tila para Marcel Proust, cuando el azar me lleva a probar nuevamente unos taquitos campiranos de huevitos a la mexicana con tortillas de harina recién hechesitas, viene a mi memoria el episodio de la pick up roja y los ojos desorbitados y furiosos de mi tía Leonie, perdón Lety…

jueves, 29 de marzo de 2012

Invisibilidad chetumalteca


Invisibilidad chetumalteca
A la reina de la leyenda urbana, mi señora madre…
Y Dianita que prácticamente se ha mudado a tierras quintanarroenses

Mi afición por el teatro comenzó en mi más tierna infancia… a los once años incursioné en una vertiente actoral: La declamación, participando en lo que en el colegio llamaban equivocadísimamente: “Concurso de poesía”, pues no tenía nada que ver con escribirla sino con recitarla con ciertas técnicas de teatro y narración oral escénica. En fin, ingresé al concurso y mi mamá me presentó a quien sería mi maestro de teatro en la preparatoria (y uno de los principales responsable de mi interés en la materia), Alejandro Montes. Empleamos un cuento que mi bisabuela había vuelto poesía, El niño, el viejo y el burro y Montes me dirigió. Las injusticias cometidas contra mí en aquel concurso tienen en gran medida la culpa de mi auto-expulsión de aquella escuela y mi aberración contra sus pseudomonjas frustradas (pero eso es objeto de otra crónica inverosímil). Practiqué la declamación con ahínco hasta los dieciséis años… después quedaron las secuelas… algunos amigos de la carrera recordarán un embarazoso episodio de primer semestre… ¡ahhhhhh!
                En fin, el día que cumplí trece años, nos mudamos a Cancún. En primero de secundaria volví a concursar con El niño, el viejo y el burro y fui seleccionada para representar a mi escuela primero en el municipio, luego en la zona y finalmente, ¡en el estatal! Ya se imaginarán la emoción de una mocoreta de trece años por asistir a un concurso estatal… además, viajaría a Chetumal para presentarme.
                Mmm… Chetumal. Muchos creen erróneamente que Cancún es la capital de Quintana Roo… no, no… es Chetumal. Cuando yo tenía apenas un año y mis hermanos obviamente no habían nacido, ni habían sido concebidos, ni habían sido imaginados siquiera… vivimos en Chetumal. Mi papá trabajaba en una empresa constructora y en sus primeros años de casados y mis primeros años de vida, estuvimos de pueblo en pueblo. Vivimos en Chicayán, Uxpanapan, Pinotepa Nacional, Guasabe, Puerto Escondido… para que se den una idea.
                En aquellos días de mi más tierna infancia, mi mamá se hizo muy amiga de una de sus vecina con la que, trece años después, nos encontramos en Cancún. Yo obviamente no me acordaba de ella, al parecer ella de mí sí… aunque ahora ya sabía caminar, hablar, escribir y, aparentemente, declamar. La amiga de mi mamá vivía en Cancún y cuando supo que iríamos a Chetumal, nos ofreció amablemente que nos quedáramos en su casa, ya que sólo su papá seguía viviendo ahí. Mi mamá aceptó a pesar de que habían pasado muchos años sin verla ni tratarla.
                Si no me equivoco, se hacían como cuatro horas de Cancún a Chetumal. Nos fuimos saliendo de la escuela. Íbamos en una Suburban, Alicia y Adriana, quienes también concursarían, sus respectivas mamás, nuestro maestro de Español, Luis a.ka. “el Toro”, el chófer, mi mamá y yo. Excepto nosotras, todos se quedarían en un céntrico hotel. Durante todo el camino, mi mamá habló con nostalgia de aquellos días en que vivíamos en Chetumal a donde no había vuelto desde entonces, de su amiga, los padres de su amiga y la pequeña hermana, que en aquel tiempo tenía unos cinco o seis años.
                Después de dejar al resto de la comitiva en el hotel, llegamos a la casa de la amiga de mi mamá. Nos abrió su padre, un viejillo simpaticón que nos invitó a pasar y señaló que no estaría en toda la noche porque era taxista y tenía el turno nocturno. Nos dijo que podíamos quedarnos en el cuarto de la hermanita menor de la amiga de mi mamá. Acto seguido se fue. Nosotros no habíamos ni cenado y el concurso era al día siguiente.
                La casa era lúgubre. El tapiz de las paredes estaba cascado, los muebles un tanto amarillentos por el uso y el sol, pero lo más impresionante era la pared, estaba llena de fotos antiguas, de gente de otras épocas, con miradas oscuras, tristes y lejanas, gente muerta. No quiero que se malinterprete, en casa de mi mamá también hay fotos antiguas, pero son muertos conocidos. No es lo mismo verse rodeado de muertos propios que ajenos. Me entretuve pensándoles historias, quizá me entretuve demasiado y los cuentos que inventaba eran todos de sucesos terribles. Me dio miedo que se me aparecieran. Nos fuimos a dormir, el Toro había dicho que era indispensable descansar.
                Entramos al cuarto de la hermana menor, había un estante lleno de muñecas de porcelana (que siempre me han parecido terroríficas), con vestidos sucios de tanto jugar y los ojillos de vidrio que parecían mirarnos… de esas que además, si las mueven, cierran los párpados de un modo espantoso. Una silla mecedora con un oso de peluche enorme. Las cortinas y la colcha eran color palo de rosa. Había un tocador y un espejo marcado por la humedad con fotos atoradas entre el marco y la luna. Hasta ahora mi descripción indica que se trata del cuarto olvidado de una niña o de una niña olvidada (que, saben, no es lo mismo) y no de la adolescente que esta chica debía ser entonces… pero no. Las paredes estaban llenas de posters, imágenes de sus ídolos o enamorados. Pero no eran New Kids on the Block, Tom Cruise o Luis Miguel como era de esperarse, sino Gloria Trevi en toda su exhibición semidesnuda noventera, Paty Manterola y un calendario de llantas con mujeres en comprometedoras posiciones y paños muuuy menores. Las imágenes de las paredes no parecían pertenecer ahí, eran, de menos, perturbadoras. Hoy por hoy me imagino que bajo la cama había además unos libros vaqueros, pero eso no pude constatarlo porque ni siquiera sabía lo que eran.
                Mi mamá y yo nos acostamos en la pequeñita cama individual. Las sábanas olían a humedad. El calor era sofocante a pesar de que abrimos la ventana de par en par. El ventilador no servía. Creo que además había un mosquito. En fin, nos dispusimos a dormir pero de la calle llegaban los alaridos espantosos, como de bebés maltratados, como suenan los maullidos de las gatas en celo, los ruidos de calles desconocidas, pasos de extraños, y la casa, la casa también sonaba.Crujía como las residencias viejas… Me empecé a sentir en una película de terror… mi madre ni se diga… como niña chiquita, me preguntó si podía dormir, le dije que no, que tenía miedo, ella me dijo que también tenía miedo. “¿Es un niño llorando?” “Es un gato” “¿Oíste eso?” “¿Qué fue?” “No sé.” Empezamos a sugestionarnos con todo, desde fantasmas y violadores, hasta niños moribundos.
                Serían como las dos de la mañana y no habíamos pegado el ojo y en unas horas más sería el gran día… De repente mi mamá tuvo la gran idea. ¡Vámonos! Nos dimos a la fuga. Tomamos nuestras maletas y salimos a la calle. Ahí nos tienen, dos mujeres en una ciudad desconocida huyendo de violadores imaginarios en calles mal alumbradas… mi mamá juraba que se acordaba cómo llegar al hotel, pero la ciudad había cambiado mucho y acabamos vagando sin rumbo. Y mi mamá no quería que pidiéramos un taxi para no encontrarnos con el padre de su amiga y tener que explicar vergonzosamente que habíamos huido de su casa porque las fotos, las muñecas y la Trevi nos daban miedo (supongo que el temor a la última era el más comprensible de todos).
                Finalmente, mi mamá reconoció una calle y caminamos por ahí. De repente en la esquina de aquella urbe desolada había un taxi, era el padre de su amiga. Mi mamá, en el colmo de la inverosimilitud y de la alucinada desvelada, me ordenó “vuélvete invisible”. Las dos nos congelamos un momento hasta lograr el efecto. Mi mamá me dijo, “piensa que eres invisible con todas tus fuerzas y no respires”. Seguí las instrucciones. Luego me dijo “Ahora sí, ya somos invisibles, vamos a cruzar la calle.” Lo hicimos medio asfixiadas por la técnica con que mi madre logra el cambio de estado. Internamente yo esperaba el claxonazo o la persecución. Nada ocurrió. Lo habíamos logrado. A veces pienso que el taxista sí nos vio pero pensó que estábamos sonámbulas y no quiso despertarnos.
                Llegamos al hotel. Al día siguiente fue el concurso. No me fue tan mal como era de esperarse tras la noche que tuvimos. Obtuve el tercer lugar estatal. El primero fue una chica oriunda de Chetumal que declamaba con pasión algo que rezaba: “Soy Janet, la más hermosa” que narra la historia de la destrucción que provocó un huracán con ese nombre años atrás. El segundo pasó sin pena ni gloria y el tercer lugar logró el prodigio de volverse invisible por una noche, gracias a las instrucciones de su madre. 
                Aun hoy me preocupa el extraño poder de mi madre, me imagino si alguna vez lo habrá empleado para cacharme fajando con un novio… a veces parece saber cosas de mí que ni a mi misma me confieso… en fin, amigos queridos, tengan cuidado, no sea que me haya vuelto invisible y los esté espiando mientras leen esta crónica por demás inverosímil.
                 

jueves, 22 de marzo de 2012

Mi cita con Proust


Sobre mi cita con Proust
A Sabina que estos días vino de visita para que se acuerde con gusto de esos ratos universitarios all those years ago, como dirían los Beatles. 

Nos conocimos en la Ibero, en la clase Modelos Literarios Europeos, una materia que compartíamos los comunicólogos y los literatos… El primer día, los estudiantes de Literatura Latinoamericana en pleno uso de su arrogancia, se organizaron para “vernos feo”, por así decirlo, como si los de Comunicación no fuéramos capaces de analizar una obra decentemente o de pensar, si hemos de poner el caso. No contaban, ¡claro! con que se trataba de un grupo de inusual de comunicólogos no tan inusualmente interesados en las Letras (habíamos un par que éramos secretamente sus colegas en la UNAM). En fin, nos burlábamos de la miopía e ingenuidad de nuestros compañeros... recuerdo que todos, sin excepción, salimos muy bien evaluados. A uno de los literatos lo apodamos, el “Proust”; de todos era el más pedante y el más “sabio”. Se vestía anacrónicamente, llevaba un bigotito a lo Clark Gable y su aspecto era casi tan siniestro como el de un enterrador. Por supuesto, no se dignaba siquiera a mirar a nuestra sección del salón y desacreditaba nuestros comentarios antes de oírlos, hasta que un día, Sabina y yo presentamos el tema de Jean Paul Sartre y el existencialismo. Hablé de Las moscas (que entonces pretendía dirigir con un grupo amateur… ¡vamos!, que a todos nos dan delirios de grandeza). Al terminar la clase, me alcanzó en el pasillo, me cargó los libros hasta la biblioteca (supongo que lo anacrónico no paraba en la apariencia) y me invitó a salir.

La primera vez nos vimos en el Sanborns de Altavista. Los Sanborns, son bastante tristes para una primera cita… lo sé. Platicamos de literatura y de nuestros proyectos poéticos y narrativos. En el colmo del ego, me comentó que sólo escribiría una obra en su vida, su libro se llamaría “Mine (Mío)” para que nadie dudara que él era el autor de una obra tan excelsa, he olvidado por completo de qué se suponía que se trataría, si sería novela o poesía, pero presumo que debe tratarse de un autobiografía en prosa poética… (algo así como estas crónicas inverosímiles….. ahhhhh!!!)

A los pocos días, me invitó a salir nuevamente. Me pidió que lo recogiera en la Ibero a las 11:00 de la mañana ya que él no tenía coche, que llevara tenis y ropa cómoda. Ya de entrada sonaba un poco raro, pero acepté… Se subió al coche con una canasta de picnic, de las tradicionales con tapa de madera que se abre de dos secciones y un montón de libros. Me dio una idea bastante clara de cuál era el plan. Me dijo que me fuera rumbo a la carretera a Toluca… y allá fui, pese que tenía menos de un cuarto de tanque de gasolina. Dimos algunas vueltas y llegamos a una caseta (que yo recuerde no era la de Toluca, pero quién sabe), el caso es que Proust no traía dinero ni recordaba que fuera necesario pasar por una caseta, así que pagué yo. Para ese entonces, mi medidor de gasolina no era lo único que marcaba “Empty”, también mi cartera. Me quedaban quince pesos. Empezamos a recorrer un camino lleno de curvas en donde no había ni por asomo una gasolinera lo que me puso un poco nerviosa, pensaba empeñar mi reloj o algo (nada de cuerpomatic) por un chorrito del vital líquido. Pregunté varias veces a dónde íbamos y me respondía “es una sorpresa”. La cosa empezaba a saber mal. Al cabo de una media hora, Proust confesó que estaba perdido. Volví a preguntar a dónde íbamos y dijo que era por el Desierto de los Leones… yo había ido varias veces al desierto en primer semestre y aunque nunca había manejado ni había puesto suficiente atención, supe que esa carretera no era el camino, además de que nunca había tenido que pagar una caseta. Preguntamos direcciones y después de mucha vuelta, llegamos. Para entrar al parque cobran 10 pesos; mi bolsillo y mi tanque de gasolina se veían cada vez peor. Cuando me dispuse a ingresar, Proust comentó, “es que vamos a Cruz Blanca que está en la parte alta de la montaña, donde no habrá quien nos moleste…”
 “Bueno, pero ¡qué se ha creído este tipo!,” pensé y dije que ni en drogas iría a un lugar más desierto que el Desierto de los Leones con él… (seguramente han oído aquel proverbio famoso que reza que el Desierto de los Leones es el lugar de las tres mentiras porque no es un desierto, no hay leones y no era solo un besito). Ya en alguna ocasión, Sabina me había mostrado que cruzando el desierto, llegaría a las famosísimas curvas que conectan todas las barrancas y podía ir a San Jerónimo donde vivía… Recé en silencio para llegar aunque fuera con un suspiro de gasolina al otro lado. (Proust se había manifestado ateo y seguramente me creía una, después de mi plática de Sartre). El camino nunca me pareció tan largo, sin gasolina, sin recepción de celular y sintiéndome fatal; con el estrés se me estaba bajando el azúcar. Después de un rato sin que aparecieran las dichosas quecas, me detuve en uno de los descansos que tienen una mesita muy mona y donde los domingos seguramente se organizan unos picnics magníficos. Proust, muy caballerosamente, me ofreció todo cuanto había en su canasta… un atún que había preparado para nosotros, galletitas y Delaware Punch.

Tan malviajada como estaba, pensé que a lo mejor el atún tenía yombina o alguna droga de esas que sirven para violar a las chamacas en los antros y elegí la opción más segura (que, por cierto, detesto), el refresco que estaba bien cerradito. Ajeno por completo a mi estado de ánimo, Proust abrió un libro de Vallejo y empezó a recitar y comentar. Entonces llegó una pick-up con ocho tipos, unas patonas de bacardi, cocas, caguamas y, me imagino, negras intenciones. Proust ni se inmutó. Los tipos empezaron su parranda en la caja de pick-up previos chiflidos y güeritas dedicados a la posible víctima de su estado inconveniente. Proust llegó a El poeta a su amada, leyó “tú te has crucificado en los dos maderos curvados de mi beso” y paró la trompita y me quiso crucificar…

 “Esto”, pensé, “está llegando demasiado lejos.” Me negué obviamente y le dije, “vámonos, hay que regresar”. En lugar de seguir rumbo a las quecas y San Jerónimo, opté por volver. Según yo Santa Fe no estaría lejos y ahí había una gasolinera. Los ocho tipos me tacharon de antipática y alzada, a lo mejor Proust también, pero no lo dijo en voz alta.

En el camino, el Delaware Punch hizo de las suyas, tenía unas ganas insoportables de hacer pipí. Llegamos a la cabañita de entrada al parque, ahí donde nos cobraron los diez pesos, ¡mis diez pesos! Le pedí, le rogué al vigilante que me prestara un baño, finalmente accedió, pero me dijo que no era baño sino letrina. En mi estado, hasta un arbolito hubiera bastado. Me bajé del coche (primero tomé mis llaves, no fuera a ser que Proust se escapara) y entré en la cabañita… cerré una puerta medio desvencijada e hice lo propio. Cuando quise salir me di cuenta que no había cerrojo ni manija para abrir. Llamé, grité, quise hablar por celular (no a Proust porque esos aparatos son de cerdos capitalistas que estudian en la Ibero) y no había señal, volví a gritar, nada… pensé que sin lugar a dudas me encontraba en una película de terror y que acabaría mis días olvidada en una letrina en el Desierto de Los leones. No sé de dónde saqué la inspiración felina, pero me aferré al borde de la puerta con las uñas y la jalé, perdí una que otra en el camino y mi manicure francés de comunicóloga de la Ibero y no de literata de la UNAM. Proust tuvo la desfachatez de preguntar por qué me había tardado tanto.

Emprendimos la vuelta. Junto a la gasolinera afortunadamente había un cajero, mismo que inopinadamente se tragó mi tarjeta de débito y me dejó literalmente en la calle con un coche apenas caminando con la reserva, cinco pesos y ¡Proust!
Sin embargo, optimista como soy, pensé que lo peor había pasado, estaba en la ciudad y si mi tanque explotaba su gota final podría llamar a alguien para que fuera en mi rescate. Ignorando a Proust me dirigí a mi casa lo más rápido que pude. Me acordé de él en la glorieta de San Jerónimo y medité si realmente quería que supiera mi domicilio y decidí que no, así que le pedí que se bajara. Lo hizo, pero cuando iba a arrancarme, tocó a la ventanilla y me pidió los cinco pesos restantes para poder ir a su casa… desde luego se los presté. Asombrosamente llegué a mi casa, claro que mi coche no arrancó al día siguiente.

Uno pensaría que eso fue lo último. Alguna vez, Proust me volvió a llamar para invitarme a un plan igual de bizarro, correría un maratón y quería que lo esperara en la meta en el Ángel para ir a comer al ¿¿¡¡Hard Rock??!! (un lugar que me imaginaba vetado por las huestes de Fidel)… Me negué, por supuesto… Tuve que superar esta historia para por fin encajarle el diente a En busca del tiempo perdido. En cuanto a Sartre, lo sigo considerando una de las grandes figuras literarias y filosóficas del siglo xx, pero aceptó que sigo dando gracias a Dios porque mi Ghía blanco 226-JET tuviera una reserva de gasolina tan amplia.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Sobre el suicidio accidental


Sobre el suicidio accidental
Crónicas inverosímiles…
A Yala, la perra foca
Nunca he sido proclive al desamparo ni a las tendencias suicidas… por supuesto, he tenido mis momentos... el que voy a narrar NO fue uno de ellos.
Ocurrió hace muchos años… estaban haciendo algunos arreglos a mi casa, se imaginarán: albañiles, cemento, pintura, etcétera. Por alguna razón, mis papás y mis hermanos estaban fuera de la ciudad y me quedaría en casa en compañía de mi labrador negro, Yala (q.e.p.d). Estaba jugando con mi ella en el jardín, cuando su sed y curiosidad caninas la llevaron a meter el hocico completo en una cubeta, cuya etiqueta anunciaba contener un material tóxico con una burlona calavera sobre un par de tibias, cual bandera pirata. Mi espanto fue mayúsculo y proseguí a sacar la cabeza de mi perra de la cubeta y a increparla con un montón de “No-s” a los que ella respondió con una mirada de extrañeza. Acto seguido, muy inteligentemente, le pregunté “¿¡Qué te tomaste?!”, y como, a pesar de haber sido una perra bastante “entendida” como dice mi papá, no podía esperar a que me respondiera, mi mejor ocurrencia fue meter la mano y probar el líquido. Después, por qué no, leí la etiqueta, ya no me acuerdo que se suponía que era, pero sí recuerdo que era super venenosísimo… o así me pareció a mí, a pesar de que sabía a agua.
Creyéndome intoxicada y próxima a la estirar definitivamente la pata, recordé que ciertos envenenamientos (no tengo idea cuáles)  se combaten con leche. Así que corrí a la cocina y me tomé un litro de leche de un jalón. Inmediatamente después me empecé a sentir muuuuuy mal y tuve que brindar tributo al ídolo de porcelana… “¡Oh, mi Dios!”, pensé cual mala traducción de serie gringa… “de verdad me estoy muriendo.” El vómito, como seguramente saben, es síntoma clarísimo de intoxicación severa (también de tomar un litro de leche al hilo) y señal de próxima e inevitable muerte. Corrí al cuarto de mis papás a buscar un libro de primero de auxilios, en donde decía que en caso de envenenamiento por causas químicas, no era bueno inducir el vómito porque en caso de ser un ácido podías quemarte el esófago lo que empeoraría la situación de la víctima. Resolví que estaba próxima al último patatuz de mi vida y que de nada me había servido sobrevivir a todos esos choques.
Hablé con mi tía, que es nuestra vecina, y le dije que me sentía mal del estómago (me daba mucha vergüenza confesar las estúpidas razones de mi envenenamiento) y le pregunté si podía dormir en su casa. No quería morir sola y apestar tres días hasta que me encontraran. Desde el cuarto que me prestó se ve el jardín de mi casa. Lo que facilitó las cosas… deduje que, como Yala había bebido primero, si habíamos de morir, ella sería la primera en rendirle cuentas al Creador. Para ir confirmando que seguía viva, puse el despertador cada hora  y cuando sonaba corría a la ventana, la abría y llamaba a Yala. El pobre animal, salía de su casa y aparecía a la mitad del jardín desde donde me miraba entre perpleja y molesta. Fue una de muchas noches de insomnio para ambas. Me desperté tantas veces que decidí mejor no dormir y escribir una carta de  “No-suicidio”,  en caso de que efectivamente me muriera. No quería que nadie confundiera mis intenciones.
Sobrevivimos el incidente, en la cubeta no había más que agua y, seguramente, babas de Yala. ¡Qué asco! Quería mucho a esa perra, pero nunca he sido afecta a besuquear animales. Viví para contarlo y Yala vivió como ejemplo de que la obesidad no es una enfermedad exclusiva de los humanos (como la estupidez no es precisamente propia de los animales, según se aprecia en esta crónica), por eso un amigo la apodó “perra foca” por su silueta descomunal.


La inverosimilitud del writer's block


(9 de febrero del 2009 – No. 0) 

Sobre la inverosomilitud del writer’s block 

Para mi gran amigo Iker Compeán 

El día de mi cumpleaños número trece perdí una de mis posesiones más preciadas: mi jardín, el lugar de mis juegos infantiles, el lugar de mis juegos infantiles, el lugar que me enseñó a soñar. Nos mudamos a una casa en condominio, con un jardín colectivo que, huelga decir, no daba espacio a mis despliegues imaginativos, so pena de pasar por loca (que, por cierto, estoy, pero esa es otra historia). Se cerró de tajo –así pareció en todo caso- el capítulo de mi infancia; a fin de cuentas era oficialmente una adolescente granosa de primero de secundaria. Extrañaba ¡claro! el vasto territorio de mis secretos más íntimos. Como un sustituto –que en un principio sabía más a placebo- comencé a escribir. Dos años después, el camino parecía trazado y la vocación descubierta: ¡sería novelista! Todo iba sobre ruedas, en los primeros años escribí algunos cuentos, dos novelas pequeñitas e inicié una tercera. Cuando llegó el momento de entrar a la universidad busqué las carreras que parecieron mejores para alcanzar mi meta. Cuando terminé, irónicamente dejé de escribir… narrativa quiero decir, porque seguí escribiendo ensayos, tesis, exámenes, memos, oficios, cartas de amor y desamor, listas de pendientes, citas en la agenda, reportes, programas, planes, en fin… había ingresado en la vida “adulta” de las responsabilidades… de otras responsabilidades. Los proyectos de novela, el anhelo de escribir parecía siempre postergable hasta quehoy, diez años después, más que postergable pareciera un sueño lejano de la adolescencia. Ha dejado de ser la esperanza del mañana para impregnarse del sabor agridulce de la nostalgia. 

Cada vez que mi amigo Iker me pregunta si he escrito algo, si escribo, me excuso con el trabajo… y la verdad es que, por un momento, me lo creo. Pero cada fin de año (fecha clave en mi mitología personal) cuando reviso los propósitos que cumplí, sé de antemano uno en el que he fallado. No obstante, tomo una hoja en blanco para la nueva listas y como Sísifo, en el cuarto o quino renglón va el mismo estéril objetivo. Este año no fue la excepción. 

Quisiera escribir una novela… una GRAN novela. Peco de soberbia… ¿cómo escribir algo grande si no empiezo por algo pequeño? ¿Cómo hacerlo sin disciplina? En un e mail, Iker me dijo lo siguiente: 


“Aprovecho para decirte que, neta, neta, profesionalmente eres mi estándar por alcanzar. Hehehehe!!! Neta!! Se te admira mucho en la esquina de Luis Cabrera y Santiago, Laurita!! 

Mi única queja (ésta ya la conoces) es: ¿por qué diablos no escribe? 

Te lo prometo, Lau: 20 minutos al día. Yo sé que tienes más actividades que Barack Obama, pero... 20 minutos al día.” 

Y tiene razón. Así que ideé este proyecto que hoy, con todo cariño le dedico, cada semana escribiré una anécdota acerca de lo que mejor conozco: mi vida (choques incluidos). Supongo que algunas serán buenas y otras malas. Prometo que serán curiosas, ridículas e irrisorias (a mis costillas, por supuesto), quizá alguna de ellas sea inverosímil, pero como dice Pavel, “yo no exagero, recuerdo en grande”. Las publicaré por este medio, ustedes tienen la opción de leerlas, comentarlas, criticarlas, reírse o ignorarlas; a cambio sólo les pido un favor, exijan lo que es suyo: una crónica a la semana. 

Es un pacto de honor. 

viernes, 9 de marzo de 2012

Sueño de una noche de primavera / Crónica inverosímil 38

Sueño de una noche de primavera
Crónica inverosímil 38

A Mau, por tres años compartiendo sueños y palabras.

Mira que llegar a estos extremos… a este cataclismo por un cuadro blanco.
Yasmina Reza, Arte


No podía dormir… sucedía lo mismo cada noche. Creo que no me gustaba la escuela y acababa reflejándolo todo en esos terrores nocturnos. Temía que los caníbales —que, por cierto, no estoy segura de que lo fueran— que persiguen a Indiana Jones entraran por la ventana de mi casa en la Ciudad de México y me asesinaran con dardos venenosos.

También temía morir mientras dormía entonces me acostaba con las manos sobre el pecho para darme cuenta si dejaba de respirar. Tenía 8 o 9 años. Mi mamá me preparaba un té de tila antes de mandarme a la cama y me decía que desechara los malos pensamientos y pusiera la mente en blanco para poder dormir.

Sé que algunas disciplinas y escuelas de meditación practican estos ejercicios para alcanzar la plenitud espiritual. Yo lo intentaba cada noche con escasos resultados. Mi imaginación siempre ha ido a galope. Pero la idea de “lo blanco” ha ocupado mi mente desde entonces, quizá es por eso que los blancos cuadros de Plasson en Océano Mar y el de Antrios en Arte de Yasmina Reza ejercieron en mí la ineludible atracción de una promesa que espera ser llenada como una mente en blanco.

Intenté montar Arte dos veces. El güero Azpiroz no me dejará mentir, esos montajes no cuajaron. Hace tres años, en la noche de primavera, Mau y yo platicamos en el pórtico de un edificio del Centro Histórico. Hablamos de teatro y literatura, hablamos de Baricco, de Novecento y de Ella imagina, de Shakespeare y dragones, de Idiotas que hablan otra lengua de Fonseca; en fin, de Arte con y sin cursivas. Me dijo que él quería volver a actuar en ella y que porqué no me animaba a dirigirla. Dije que lo pensaría.

Un mes más tarde, en un cuarto de hotel del otro lado del mundo, recibí un mail de Mau en el que insistía con su idea. Todo estaba servido en bandeja de plata, prácticamente lo único que tendría que hacer sería llegar a dirigir. ¡Mi sueño! Comprendí entonces, que este hombre capaz de maquinar épicas batallas entre elfos, halflings y dragones; estaba en campaña y tenía clarísimo el minucioso mapa de su asedio. La carnada era deliciosamente irresistible, la seducción inevitable. Gracias a Mau incursioné en mi primera dirección profesional. Fue la primera piedra de un edificio maravilloso de nuevas amistades, proyectos y sueños compartidos.

A mis alumnos suelo decirles que parte de la magia del teatro es que una función no es idéntica a la otra. Los cambios pueden ser casi imperceptibles pero siempre están, la energía del público y de los actores cambian. Cada función es una aventura. Abundan las anécdotas.

Una vez, veinte minutos después de iniciada la función de Arte en el FOCO sonó el timbre. Un timbre lúgubre como de casa de los Adams en mitad de la escena. El foro está en lo que fuera una casa y tiene sus vestigios de la construcción original. No sonó una sola vez, sino que fue insistente, o así me pareció. Corrí a abrir la puerta y me encontré con una amiga que había visto un par de días antes y había invitado a la función.

— ¿Qué onda, Lau? Perdón la tardanza pero tuve una tarde de perros… ¿Puedo pasar?
— Ya empezó la función y sonó el timbre
— Ah… ¡qué pena! Pero todavía puedo pasar, ¿no?
— No…
— ¿Y en el intermedio?
— No hay…
— Ah… qué mal, bueno ya la veo otro día, pero es que te tengo que contar… fíjate que me corrieron del trabajo. Te acuerdas que te platiqué de este tipejo que me estaba haciendo grilla pues…
— Habla más bajito… están en función
— Sí, sí, claro… ¿Puedes platicar un rato? Te invito un café.
— No… estoy en función
— Pero tú no actúas ¿o sí?…

En Arte pasaban esas cosas. Un día me tropecé con los contactos y desconecté las luces; dejando a los actores a oscuras por un momento, cuando logré reconectarlas me dio un toque que casi me manda al otro barrio.

En una función, Montes aprovechó que no iba a entrar a escena para ir al baño; se equivocó, justamente él era quien tenía que entrar. Celsa le avisó con un grito sordo y entredientes con los que uno se comunica tras bambalinas y Montes corrió a su escena. Llegó casi derrapando. En otra ocasión, el Oso tuvo un ataque de tos que inició fuera de escena y que trataba de sofocar en vano. Era un poco extraño que los otros actores dijeran que no tenían idea porqué Ivan, el personaje del Oso, no había llegado todavía y por todos lados se escuchaban sus toses. Lo peor fue cuando el ataqué reincidió en escena.

Pero las anécdotas, lo saben o suponen, no son privativas de la breve temporada de Arte en el FOCO. Recuerdo, hace casi veinte años, la única función en la Casa del Lago de la pastorela con la que me ganaría el apodo de “Celeste”, nombre con el que todavía me recuerdan algunos exalumnos de la prepa. Llegamos con bastante anticipación y algunos actores decidieron en aras del folclor rentar un bote de remos en el lago. Nuestros vestuarios estaban en la cajuela del coche de uno de los folcloristas. La ancestral magia de Chapultepec se apoderó de ellos y se les hizo tarde. Ya teníamos que estar caracterizados. Pensé que Montes —que entonces era mi director… porque mi maestro sigue siendo— nos mataría. No podíamos darnos el lujo de que desembarcaran y corrieran a darnos las llaves así que les gritamos que nos las aventaran. Craso error. Las llaves describieron una parábola perfecta pero se escaparon como arena entre los dedos de quienquiera que fuera el receptor y se hundieron en el radioactivo lago de Chapultepec. Habían caído en los linderos del lago, a centímetros de nosotros, a nuestros pies por así decirlo pero la turbia agua los cubría. Después de un brevísimo episodio de histeria colectiva, el valeroso Carlos (¿fue Carlos?) se arremangó el uniforme y metió el brazo buscando las llaves en lacustre suelo. Después de unos minutos o segundos de angustia que fueron, eso sí, eternos. Carlos sacó el brazo triunfal con las llaves en la mano. Recuerdo que nos preocupó que el héroe de nuestra producción se convirtiera en una X-Men por su breve exposición a las peligrosas aguas del lago: el Chapulín Colorado. La función transcurrió sin contratiempos… lamentablemente.

Y digo, lamentablemente, porque yo estaba enamorada del diablo de la pastorela y en escena teníamos un conato de beso que era interrumpido por otro mi padre, interpretado por Pepe. Yo soñaba con que Pepe tuviera uno de esos blackouts que de cuando en cuando ocurren a los actores, que se le pusiera “la mente en blanco” pues y que perdiera su pie y Rutilio no tuviera más remedio que besarme. No ocurrió. Y más bien en mi mente permaneció unos meses más aquella fantasía adolescente.

A todos los que hemos vivido la magia de estar sobre las tablas y nos hemos dejado enceguecer por las brillantes luces de la escena nos ha pasado algo parecido. Al que no, que arroje la primera piedra. Todos nos hemos equivocado, caído o golpeado en escena. Yo una vez olvidé la caja (indispensable para la obra) de ella en el armario y tuve que sacarme de la manga una justificación inverosímil a todas vistas para regresar por ella… Todos hemos tenido ese momento en que sin más, entre el nervio y la presión, estando en escena nuestra mente se queda en blanco, blanco como cuadro de Antrios…

Quizá uno de los momentos más memorables fue el incidente del cigarro. Sí, en Arte era necesario que Sergio, personaje representado por Mau, fumara para que pudiera criticar a la mujer de Marcos quien apartaba el humo del cigarro “con viperina flacidez”. En eso estábamos cuando una mujer del público se dirigió a Mau, “te voy a pedir que apagues tu cigarro.” El público sonrió suponiendo que era una intervención planeada, una vuelta de tuerca, una ruptura de la cuarta pared de esas que abundan en el teatro contemporáneo. Yo estaba abundada pero de angustia. Mau decidió ignorar el comentario y continuar con su parlamento. La mujer entonces subió el tono de voz y volvió a interrumpir, “te estoy diciendo que lo apagues. Éste es un lugar cerrado y no se puede fumar.” La sonrisa en los rostros del público se disipó cuando se dieron cuenta que hablaba en serio. Mau estaba en blanco. Con el cigarro en la mano y en escena, no sabía qué hacer. Un Oso furioso, casi un grizzli, que estaba fuera de escena me hacía señales para que tomara acción. No tenía ni la más peregrina idea sobre cómo reaccionar. La mujer estaba en uno de los asientos de en medio en una fila de en medio y el teatro era tan chiquito que no había manera de pedirle que se retirara con discreción. Celsa también me miraba con una angustia dolorosísima, yo estaba paralizada. La mujer seguía hablando sobre humo y leyes… Montes, que tiene un colmillo que rechina en el piso, sin dejar al personaje, le comentó a Sergio (que no a Mau) que ya estaba bueno de demostraciones y que apagara el cigarro. Mau apagó el cigarro pero la mujer seguía diciendo improperios hasta que el público la calló. Entonces, Mau continuó su parlamente sin error ni titubeo. Pensé que la espectadora incómoda se iría, deseé que se fuera… pero nada… permaneció hasta el final de la función que se mantuvo tensa y no con esa sanísima tensión dramática que buscamos dramaturgos y directores.

Al final de la función, mientras dábamos las gracias, Montes nos regaló un emotivo discurso sobre el respeto al trabajo de actores y teatreros. Me hubiera gustado grabarlo pero como tantas otras cosas del teatro, fue algo efímero y por lo mismo, hermoso. La mujer quiso dar la réplica, pero nuestro público en un franco gesto de apoyo que por siempre agradeceré, aplaudió hasta acallarla.

Agradecí el profesionalismo de mis actores que habían salido airosos de este terrible lance. Agradecí que Mau no tuviera un síncope, que su mente no estuviera en blanco. También pienso habitualmente en los cuadros blancos y en su nívea poesía, en el consejo de mi madre para poder dormir y en la búsqueda espiritual de los budistas y creo que está bien que nunca lo haya logrado, que en el fondo no quiero tener la mente en blanco… prefiero tenerla siempre llena de proyectos y recuerdos, de sueños y fantasías, de historias para seguir siempre contando… para compartir con el célebre cumpleañero de estos días, el Gabo, esa “bendita manía de contar”

viernes, 24 de febrero de 2012

De mujeres y ratoncitos (Crónica inverosímil 37)


De mujeres y ratoncitos
Crónica inverosímil 37
Confucio inventó la confusión. ¿No?
Giosue Cozarelli, Miss Panamá

Trouble with mice is you always kill 'em.
John SteinbeckOf Mice and Men




He estado dándole vueltas a este asunto como a todos los demás asuntos graves o ligeros que desembocan en mi enmarañado cerebro, “el crisol del tormento” para citar a Sor Juana. Se me va la vida en elucubrar, reflexionar y cavilar. He intento dilucidar, entender, desembrollar, explicar y comentar pero no he encontrado la iluminación, mi equilibrio zen, el centro del mándala o la rayuela que es lo mismo pero no es igual.

Quiero decir que me he resistido mucho a empezar estar crónica. He aducido (¡qué feo verbo!) varias razones… todas ellas falsas. En suma, me preocupa lo que vayan a pensar de mí después de esta confusión… perdón, confesión. Les digo a mis alumnos de dramaturgia que no hay que tener concesiones con los personajes, ni ahorrarles sufrimientos y críticas… pero yo, señores, hasta donde tengo entendido, no soy un personaje…

Lo que tengo que decir podrá no sorprender a nadie. Casi es una costumbre en estos tiempos violentos por los que atraviesa el país, pero jamás pensé que me pasara precisamente a mí. Me habían contado una historia similar y no dudé en execrar la actuación de la otrora protagonista. Tengo que aprender de Cioran, “He decidido no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo.”

¡Basta de divagaciones y circunloquios! Estoy aquí para confesarlo y no tengo más remedio que hacerlo:

Hace unos días encontramos un cadáver en mi coche.

Recordé mi actuación en el corto estudiantil de Renata: Cadáveres exquisitos en el que mi personaje encontraba un cadáver en su cajuela y, después de suponer que padecía desorden de personalidad múltiple, hacía todo por deshacerse del cuerpo. Yo, Laura, sólo padezco de desorden y el problema es grave.

No recuerdo quién me dijo que era una suerte que los coches no hablen porque de hacerlo imagínense la de secretos que no se divulgarían. En esos días de hormona y juventud, la declaración parecía tener toda la razón, la de cosas que no habrán visto esos coches estacionados entre sombras. ¿Quién no ha dejado en coches propios o ajenos, incluso taxis, alguna confesión por decir lo menos?

Algunos coches son confesionarios ambulantes, otros son la casa chica o grande de amantes adolescentes, otros parecen armarios y algunos más, comedores. Hay coches que son todos los anteriores. Una alumna me contó que tiene tanto que hacer que desayuna, come y cena en el coche… La entiendo porque a mí me ha pasado lo mismo pero les aseguro, hoy más que nunca, que no es una buena idea.

No es mi primera experiencia con este tipo de pequeños invasores. De hecho, en la crónica 5 Sobre la inmortalidad zoológica (http://www.facebook.com/note.php?note_id=57287688086), cuento cómo es que un día encontramos un ratón adentro del CPU de mi computadora en el Museo Nacional del Virreinato. Y cómo, tras haber ordenado su ejecución, me arrepentí porque era un pequeño roedor enamorado de mi mouse. Tengo una debilidad romántica y no quise ver morir de amor al micromamífero Apodemus Sylvaticus.

La teoría de la generación espontánea, otrora defendida por el mismísimo padre de la poética  —Aristóteles— ha sido ampliamente refutada. De modo que no hay manera de saber de dónde salió el ingente roedor que habitó en mi automóvil hasta que un día feneció por causas naturales convirtiéndose así en el desafortunado cadáver que hallamos para disgusto y náusea propias y ajenas.

Para explicar mis continuas crisis existenciales, mis dudas habituales, mi constante confusión, mis prejuicios (todos los tenemos), mis ideas, mis sueños y fantasías, mi divagar excesivo suelo decir que los ratones de mi cerebro están haciendo de las suyas. Que corren sin parar en mi interior. Sé que en mí no habita un solo ratón sino varios que me imagino sentados alrededor de humeantes tazas de café en interminables tertulias discutiendo a sus anchas, ponderando y postergando las decisiones que debo tomar. ¡Ay, esos ratones!

Temo que el cuerpecito que encontramos sea uno de esos ratones escapados, ¿o exiliado? de mi cerebro. La fuga y sobre todo la muerte de uno de mis ratones se acusa mucho más terrible que el extravío de un tornillo. ¿De quién se trataba? ¿Cuáles eran sus ideas? ¿Qué intereses servía? ¿Qué buscaba? Y sobre todo, la mayor pregunta, ¿por qué huyó o por qué fue desterrado? ¿De qué idea me estoy deshaciendo? ¿Será positiva o negativa? Ojalá fuera un prejuicio de esos que no nos llevan a ningún lado, que buscan la parálisis y el miedo.

Mi cerebro lleno de ratones y literatura me lleva a pensar necesariamente en Steinbeck y en los personajes de Of mice and men y en la infinita sabiduría de los pensamientos más simples. Aquel tonto de la colina de los Beatles que ve el mundo con mucho mayor claridad que quienes como yo buscamos las razones y justificaciones que hagan válido cada uno de nuestros pasos… A veces, quisiera pensar un poco más con ese entendimiento tan poco cartesiano…. “His ear heard more than what was said to him, and his slow speech had overtones not of thought, but of understanding beyond thought.” John SteinbeckOf Mice and Men

He descartado, por supuesto, la posibilidad de que se deba a mis periódicas visitas al Drive Thru de Starbucks para desayunar pero, por si acaso, he tomado la tajante decisión de no volver a ingerir alimentos dentro de mi vehículo como no sea agua simple.

viernes, 10 de febrero de 2012

Acceso restringido o crónica de un desquicio nocturno


Acceso restringido o crónica de un desquicio nocturno
Cronología inverosímil 36
Si cierras las puertas a todos los errores, dejarás fuera la verdad.
Rabindranath Tagore




A mí papá rocanrolero por aquel cover de La puerta de Alcalá.

Las puertas… esas contradictorias líneas fronterizas, que no están ni dentro ni fuera… que al abrirlas llevan a sitios insospechados, que custodian intimidades y secretos,  que atrapan o liberan. Hojas que al abrirse o cerrarse cambian vidas, como páginas de libros que se pasan.

¿Quién no se ha regocijado ante la magnificencia de portales de otros tiempos, como la puerta del templo de Ishtar, la de Brandenburgo o la de Alcalá? ¿A quién no le gustaría tomarse un carajillo en la Puerta del Sol? ¿Quién no ha escuchado en su oficina sobre las políticas de puertas abiertas (que nunca lo son en absoluto)? ¿Quién no ha esperado en el umbral de una puerta con un ramo de flores o el corazón en la mano (que para el caso es lo mismo) que por fin la puerta se abra? ¿A quién no le han cerrado una puerta en las narices?

Tengo amigos que afirman que sí colocas un par de espejos en ángulo de modo que se reflejen uno al otro, se abre un portal al más allá. Aconsejan no intentarlo en casa a menos que se tenga un pariente exorcista. Por otro lado, fue a través de un espejo que Alicia llegó al País de las Maravillas.

Cuando era chica me decían que tenía una cola muy larga porque nunca cerraba bien las puertas y por ellas se pueden escapar los perros y, en ocasiones, la vida. La puerta se cerró detrás de ti y nunca más volviste a aparecer…

Arrastré la cola o el defecto hasta mi vida adulta… de haber cerrado bien la puerta de mi casa aquel triste jueves de noviembre no me hubieran robado… pero si algo tenemos que aprender de las puertas que se cierran a cal y canto es que, como dicen las abuelas, el hubiera no existe.

Por extraño que parezca, cuando tenía 8 o 9 años y la cola muy larga gané un concurso de villancicos en el Oxford. Mi papá se acordará de eso. Mi propuesta era un cover de La puerta de Alcalá que entonaba “ahí está, ahí está viendo nacer al niño, la puerta del portal” Nadie me dijo que mi primera y única composición era sólo un poquito pleonásmica.

Todo mi salón la cantó en el patio, mi papá nos acompañó con su guitarra y su amplificador…  Mi papá jovenazo, (tenía mi edad), era todo un rocanrolero. Entonces las cosas eran más simples y uno podía cantar si le venía en gana que “todos los pastores se abrazan como hermanos…” No supe aprovechar el momento, quizá, esa era mi puerta a la fama…

Como diría Graham Greene, “Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar al futuro.” Ese futuro, tristemente, llega cargado de puertas que se cierran como me ocurrió hace unas semanas más de 25 años después de que las puertas del éxito en los escenarios invernales se abrieran ante mí.

En esta ocasión fue la puerta del baño cerca de la media noche. Me acababa de lavar los dientes para entregarme a los brazos de Morfeo pero ya estaba entre azul y buenas noches… Salí del baño y no sé porqué le puse el seguro. Cuando cerré la puerta y escuché el click desperté del estupor, entendí lo que había ocurrido y extrañé aquella cola larga de mi infancia que me mantenía las puertas abiertas. Desperté a Mau y le conté lo que había pasado. Opinó que esperáramos al día para solucionar el entuerto. Obviamente me opuse terminantemente, mi vejiga no soportaría tanto tiempo. Si yo fuera princesa de Disney o de los hermanos Grimm me llamarían Pipicienta.

Como no eran horas para llamar a un cerrajero y, si lo hacíamos, nos cobrarían las perlas de la virgen, pusimos manos a la obra. Busqué un alambrito y me dispuse a profanar la cerradura. Cuál habrá sido mi sorpresa cuando vi que el cerrojo no tenía orificio para introducir una llave, sólo una pequeña hendidura. ¿¡A quién se le ocurre una cerradura con cinturón de castidad?!

Empecé a desesperar. Recordé que los ladrones usaron un desarmador plano para entrar a la casa. (Ver crónica 31 De peritos y manzanas podridas.  http://www.facebook.com/note.php?note_id=10150486217313087) Al parecer había sido un procedimiento por demás sencillo. “¡Si los ladrones pueden, nosotros también!,” dije e intenté forzar el pestillo introduciendo el desarmador entre el marco y la puerta. No fue posible. Lo intenté más arriba y más abajo. Pero la ilustre dama no quiso darme su flor.

Como reza el adagio, cuando Dios (en este caso, Laura) cierra una puerta, se abre una ventana. Mau propuso entrar al baño a través de la ventana. “¡Está muy alto!,” dije yo. Me pidió ayuda para trepar a la lavadora que está en el mal llamado patio de servicio y tiene acceso a la ventana del baño.

     ¡No vas a caber!
     Sí quepo.
     ¡Te vas a caer adentro de cabeza! ¿Y luego qué hago? ¡Además de abrir la puerta voy a tener que sacarte muerto de allá adentro!
     No seas exagerada.
     Te vas a romper la cabeza, el cuello o una pata…

“¡Voy llamando a la ambulancia y al cerrajero!,” dije previendo la emergencia. Finalmente, Mau desistió de su intento descabellado. Y concluyó junto con Juan José Millás que las ventanas sirven para mirar la vida… no para allanar la morada del escusado.

Y hablando de escusados… aunque no había tomado una sola gota de agua desde que empezó la aventura, mi vejiga empezó a repelar y yo a imaginar qué podía hacer a falta de un wáter como decía mi abuela. Pensé en el fregadero, la lavadora… era demasiado, las ganas no me dejaban pensar.

Entonces, me puse como una puerta fuera de quicio y le ordené a Mau que atacara la cerradura con un martillo. “¡Acaba con ella!,” demandé cual Reina de Corazones. Prudentemente, Mau mencionó a los vecinos. Era más de medianoche, no son horas para ponerse a martillar. “Al diablo con los vecinos. ¡Dale!” Como Lady M, lo incité al crimen y después (cuando pude entrar al baño) me lavé obsesivamente las manos que imaginaba manchadas de aceite.

Después del estrépito, la cerradura cayó al suelo destrozada. En su lugar quedó el sueño que cualquier voyeur, un agujero tan grande que permitía ver con lujo de detalle todo lo que ocurría dentro del baño.

EPÍLOCO

El fin de semana fuimos a comprar una cerradura. Todas las específicas para baño eran iguales a la que había sufrido tan grave suerte unos días antes, sin espacio para llave, con cinturón de castidad y esa hendidura que parecía burlarse de los ladrones comunes.
 
Busqué a un dependiente y le pedí una cerradura con llave porque esas me parecían peligrosas. Recordé que mi abuela me contó que se quedó atrapada adentro del baño durante el velorio de su padre, habría tenido unos seis años. ¡Y en un velorio! “¡¿Qué tal si un niño pequeño se queda encerrado?!” El dependiente me examinó detenidamente para ver si bromeaba. Cuando vio que yo era más seria que un diagnóstico de AH1N1 me explicó que precisamente están hechas para abrirse fácilmente pues la hendidura sirve para abrirse con un desarmador e incluso una moneda de a peso… “¡De a peso…!” me dije. Avergonzada compré la nueva cerradura.

Mientras volvíamos a casa me remordía la conciencia por la triste cerradura que había inmolado. Como en acto de contrición, le hice una digno funeral a la víctima de mi nocturno desquicio.