Crónica inverosímil 38
A Mau, por tres años compartiendo sueños y palabras.
Mira que llegar a estos extremos… a este cataclismo por un cuadro blanco.
Yasmina Reza, Arte
No podía dormir… sucedía lo mismo cada noche. Creo que no me gustaba la escuela y acababa reflejándolo todo en esos terrores nocturnos. Temía que los caníbales —que, por cierto, no estoy segura de que lo fueran— que persiguen a Indiana Jones entraran por la ventana de mi casa en la Ciudad de México y me asesinaran con dardos venenosos.
También temía morir mientras dormía entonces me acostaba con las manos sobre el pecho para darme cuenta si dejaba de respirar. Tenía 8 o 9 años. Mi mamá me preparaba un té de tila antes de mandarme a la cama y me decía que desechara los malos pensamientos y pusiera la mente en blanco para poder dormir.
Sé que algunas disciplinas y escuelas de meditación practican estos ejercicios para alcanzar la plenitud espiritual. Yo lo intentaba cada noche con escasos resultados. Mi imaginación siempre ha ido a galope. Pero la idea de “lo blanco” ha ocupado mi mente desde entonces, quizá es por eso que los blancos cuadros de Plasson en Océano Mar y el de Antrios en Arte de Yasmina Reza ejercieron en mí la ineludible atracción de una promesa que espera ser llenada como una mente en blanco.
Intenté montar Arte dos veces. El güero Azpiroz no me dejará mentir, esos montajes no cuajaron. Hace tres años, en la noche de primavera, Mau y yo platicamos en el pórtico de un edificio del Centro Histórico. Hablamos de teatro y literatura, hablamos de Baricco, de Novecento y de Ella imagina, de Shakespeare y dragones, de Idiotas que hablan otra lengua de Fonseca; en fin, de Arte con y sin cursivas. Me dijo que él quería volver a actuar en ella y que porqué no me animaba a dirigirla. Dije que lo pensaría.
Un mes más tarde, en un cuarto de hotel del otro lado del mundo, recibí un mail de Mau en el que insistía con su idea. Todo estaba servido en bandeja de plata, prácticamente lo único que tendría que hacer sería llegar a dirigir. ¡Mi sueño! Comprendí entonces, que este hombre capaz de maquinar épicas batallas entre elfos, halflings y dragones; estaba en campaña y tenía clarísimo el minucioso mapa de su asedio. La carnada era deliciosamente irresistible, la seducción inevitable. Gracias a Mau incursioné en mi primera dirección profesional. Fue la primera piedra de un edificio maravilloso de nuevas amistades, proyectos y sueños compartidos.
A mis alumnos suelo decirles que parte de la magia del teatro es que una función no es idéntica a la otra. Los cambios pueden ser casi imperceptibles pero siempre están, la energía del público y de los actores cambian. Cada función es una aventura. Abundan las anécdotas.
Una vez, veinte minutos después de iniciada la función de Arte en el FOCO sonó el timbre. Un timbre lúgubre como de casa de los Adams en mitad de la escena. El foro está en lo que fuera una casa y tiene sus vestigios de la construcción original. No sonó una sola vez, sino que fue insistente, o así me pareció. Corrí a abrir la puerta y me encontré con una amiga que había visto un par de días antes y había invitado a la función.
— ¿Qué onda, Lau? Perdón la tardanza pero tuve una tarde de perros… ¿Puedo pasar?
— Ya empezó la función y sonó el timbre
— Ah… ¡qué pena! Pero todavía puedo pasar, ¿no?
— No…
— ¿Y en el intermedio?
— No hay…
— Ah… qué mal, bueno ya la veo otro día, pero es que te tengo que contar… fíjate que me corrieron del trabajo. Te acuerdas que te platiqué de este tipejo que me estaba haciendo grilla pues…
— Habla más bajito… están en función
— Sí, sí, claro… ¿Puedes platicar un rato? Te invito un café.
— No… estoy en función
— Pero tú no actúas ¿o sí?…
En Arte pasaban esas cosas. Un día me tropecé con los contactos y desconecté las luces; dejando a los actores a oscuras por un momento, cuando logré reconectarlas me dio un toque que casi me manda al otro barrio.
En una función, Montes aprovechó que no iba a entrar a escena para ir al baño; se equivocó, justamente él era quien tenía que entrar. Celsa le avisó con un grito sordo y entredientes con los que uno se comunica tras bambalinas y Montes corrió a su escena. Llegó casi derrapando. En otra ocasión, el Oso tuvo un ataque de tos que inició fuera de escena y que trataba de sofocar en vano. Era un poco extraño que los otros actores dijeran que no tenían idea porqué Ivan, el personaje del Oso, no había llegado todavía y por todos lados se escuchaban sus toses. Lo peor fue cuando el ataqué reincidió en escena.
Pero las anécdotas, lo saben o suponen, no son privativas de la breve temporada de Arte en el FOCO. Recuerdo, hace casi veinte años, la única función en la Casa del Lago de la pastorela con la que me ganaría el apodo de “Celeste”, nombre con el que todavía me recuerdan algunos exalumnos de la prepa. Llegamos con bastante anticipación y algunos actores decidieron en aras del folclor rentar un bote de remos en el lago. Nuestros vestuarios estaban en la cajuela del coche de uno de los folcloristas. La ancestral magia de Chapultepec se apoderó de ellos y se les hizo tarde. Ya teníamos que estar caracterizados. Pensé que Montes —que entonces era mi director… porque mi maestro sigue siendo— nos mataría. No podíamos darnos el lujo de que desembarcaran y corrieran a darnos las llaves así que les gritamos que nos las aventaran. Craso error. Las llaves describieron una parábola perfecta pero se escaparon como arena entre los dedos de quienquiera que fuera el receptor y se hundieron en el radioactivo lago de Chapultepec. Habían caído en los linderos del lago, a centímetros de nosotros, a nuestros pies por así decirlo pero la turbia agua los cubría. Después de un brevísimo episodio de histeria colectiva, el valeroso Carlos (¿fue Carlos?) se arremangó el uniforme y metió el brazo buscando las llaves en lacustre suelo. Después de unos minutos o segundos de angustia que fueron, eso sí, eternos. Carlos sacó el brazo triunfal con las llaves en la mano. Recuerdo que nos preocupó que el héroe de nuestra producción se convirtiera en una X-Men por su breve exposición a las peligrosas aguas del lago: el Chapulín Colorado. La función transcurrió sin contratiempos… lamentablemente.
Y digo, lamentablemente, porque yo estaba enamorada del diablo de la pastorela y en escena teníamos un conato de beso que era interrumpido por otro mi padre, interpretado por Pepe. Yo soñaba con que Pepe tuviera uno de esos blackouts que de cuando en cuando ocurren a los actores, que se le pusiera “la mente en blanco” pues y que perdiera su pie y Rutilio no tuviera más remedio que besarme. No ocurrió. Y más bien en mi mente permaneció unos meses más aquella fantasía adolescente.
A todos los que hemos vivido la magia de estar sobre las tablas y nos hemos dejado enceguecer por las brillantes luces de la escena nos ha pasado algo parecido. Al que no, que arroje la primera piedra. Todos nos hemos equivocado, caído o golpeado en escena. Yo una vez olvidé la caja (indispensable para la obra) de ella en el armario y tuve que sacarme de la manga una justificación inverosímil a todas vistas para regresar por ella… Todos hemos tenido ese momento en que sin más, entre el nervio y la presión, estando en escena nuestra mente se queda en blanco, blanco como cuadro de Antrios…
Quizá uno de los momentos más memorables fue el incidente del cigarro. Sí, en Arte era necesario que Sergio, personaje representado por Mau, fumara para que pudiera criticar a la mujer de Marcos quien apartaba el humo del cigarro “con viperina flacidez”. En eso estábamos cuando una mujer del público se dirigió a Mau, “te voy a pedir que apagues tu cigarro.” El público sonrió suponiendo que era una intervención planeada, una vuelta de tuerca, una ruptura de la cuarta pared de esas que abundan en el teatro contemporáneo. Yo estaba abundada pero de angustia. Mau decidió ignorar el comentario y continuar con su parlamento. La mujer entonces subió el tono de voz y volvió a interrumpir, “te estoy diciendo que lo apagues. Éste es un lugar cerrado y no se puede fumar.” La sonrisa en los rostros del público se disipó cuando se dieron cuenta que hablaba en serio. Mau estaba en blanco. Con el cigarro en la mano y en escena, no sabía qué hacer. Un Oso furioso, casi un grizzli, que estaba fuera de escena me hacía señales para que tomara acción. No tenía ni la más peregrina idea sobre cómo reaccionar. La mujer estaba en uno de los asientos de en medio en una fila de en medio y el teatro era tan chiquito que no había manera de pedirle que se retirara con discreción. Celsa también me miraba con una angustia dolorosísima, yo estaba paralizada. La mujer seguía hablando sobre humo y leyes… Montes, que tiene un colmillo que rechina en el piso, sin dejar al personaje, le comentó a Sergio (que no a Mau) que ya estaba bueno de demostraciones y que apagara el cigarro. Mau apagó el cigarro pero la mujer seguía diciendo improperios hasta que el público la calló. Entonces, Mau continuó su parlamente sin error ni titubeo. Pensé que la espectadora incómoda se iría, deseé que se fuera… pero nada… permaneció hasta el final de la función que se mantuvo tensa y no con esa sanísima tensión dramática que buscamos dramaturgos y directores.
Al final de la función, mientras dábamos las gracias, Montes nos regaló un emotivo discurso sobre el respeto al trabajo de actores y teatreros. Me hubiera gustado grabarlo pero como tantas otras cosas del teatro, fue algo efímero y por lo mismo, hermoso. La mujer quiso dar la réplica, pero nuestro público en un franco gesto de apoyo que por siempre agradeceré, aplaudió hasta acallarla.
Agradecí el profesionalismo de mis actores que habían salido airosos de este terrible lance. Agradecí que Mau no tuviera un síncope, que su mente no estuviera en blanco. También pienso habitualmente en los cuadros blancos y en su nívea poesía, en el consejo de mi madre para poder dormir y en la búsqueda espiritual de los budistas y creo que está bien que nunca lo haya logrado, que en el fondo no quiero tener la mente en blanco… prefiero tenerla siempre llena de proyectos y recuerdos, de sueños y fantasías, de historias para seguir siempre contando… para compartir con el célebre cumpleañero de estos días, el Gabo, esa “bendita manía de contar”
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