jueves, 29 de marzo de 2012

Invisibilidad chetumalteca


Invisibilidad chetumalteca
A la reina de la leyenda urbana, mi señora madre…
Y Dianita que prácticamente se ha mudado a tierras quintanarroenses

Mi afición por el teatro comenzó en mi más tierna infancia… a los once años incursioné en una vertiente actoral: La declamación, participando en lo que en el colegio llamaban equivocadísimamente: “Concurso de poesía”, pues no tenía nada que ver con escribirla sino con recitarla con ciertas técnicas de teatro y narración oral escénica. En fin, ingresé al concurso y mi mamá me presentó a quien sería mi maestro de teatro en la preparatoria (y uno de los principales responsable de mi interés en la materia), Alejandro Montes. Empleamos un cuento que mi bisabuela había vuelto poesía, El niño, el viejo y el burro y Montes me dirigió. Las injusticias cometidas contra mí en aquel concurso tienen en gran medida la culpa de mi auto-expulsión de aquella escuela y mi aberración contra sus pseudomonjas frustradas (pero eso es objeto de otra crónica inverosímil). Practiqué la declamación con ahínco hasta los dieciséis años… después quedaron las secuelas… algunos amigos de la carrera recordarán un embarazoso episodio de primer semestre… ¡ahhhhhh!
                En fin, el día que cumplí trece años, nos mudamos a Cancún. En primero de secundaria volví a concursar con El niño, el viejo y el burro y fui seleccionada para representar a mi escuela primero en el municipio, luego en la zona y finalmente, ¡en el estatal! Ya se imaginarán la emoción de una mocoreta de trece años por asistir a un concurso estatal… además, viajaría a Chetumal para presentarme.
                Mmm… Chetumal. Muchos creen erróneamente que Cancún es la capital de Quintana Roo… no, no… es Chetumal. Cuando yo tenía apenas un año y mis hermanos obviamente no habían nacido, ni habían sido concebidos, ni habían sido imaginados siquiera… vivimos en Chetumal. Mi papá trabajaba en una empresa constructora y en sus primeros años de casados y mis primeros años de vida, estuvimos de pueblo en pueblo. Vivimos en Chicayán, Uxpanapan, Pinotepa Nacional, Guasabe, Puerto Escondido… para que se den una idea.
                En aquellos días de mi más tierna infancia, mi mamá se hizo muy amiga de una de sus vecina con la que, trece años después, nos encontramos en Cancún. Yo obviamente no me acordaba de ella, al parecer ella de mí sí… aunque ahora ya sabía caminar, hablar, escribir y, aparentemente, declamar. La amiga de mi mamá vivía en Cancún y cuando supo que iríamos a Chetumal, nos ofreció amablemente que nos quedáramos en su casa, ya que sólo su papá seguía viviendo ahí. Mi mamá aceptó a pesar de que habían pasado muchos años sin verla ni tratarla.
                Si no me equivoco, se hacían como cuatro horas de Cancún a Chetumal. Nos fuimos saliendo de la escuela. Íbamos en una Suburban, Alicia y Adriana, quienes también concursarían, sus respectivas mamás, nuestro maestro de Español, Luis a.ka. “el Toro”, el chófer, mi mamá y yo. Excepto nosotras, todos se quedarían en un céntrico hotel. Durante todo el camino, mi mamá habló con nostalgia de aquellos días en que vivíamos en Chetumal a donde no había vuelto desde entonces, de su amiga, los padres de su amiga y la pequeña hermana, que en aquel tiempo tenía unos cinco o seis años.
                Después de dejar al resto de la comitiva en el hotel, llegamos a la casa de la amiga de mi mamá. Nos abrió su padre, un viejillo simpaticón que nos invitó a pasar y señaló que no estaría en toda la noche porque era taxista y tenía el turno nocturno. Nos dijo que podíamos quedarnos en el cuarto de la hermanita menor de la amiga de mi mamá. Acto seguido se fue. Nosotros no habíamos ni cenado y el concurso era al día siguiente.
                La casa era lúgubre. El tapiz de las paredes estaba cascado, los muebles un tanto amarillentos por el uso y el sol, pero lo más impresionante era la pared, estaba llena de fotos antiguas, de gente de otras épocas, con miradas oscuras, tristes y lejanas, gente muerta. No quiero que se malinterprete, en casa de mi mamá también hay fotos antiguas, pero son muertos conocidos. No es lo mismo verse rodeado de muertos propios que ajenos. Me entretuve pensándoles historias, quizá me entretuve demasiado y los cuentos que inventaba eran todos de sucesos terribles. Me dio miedo que se me aparecieran. Nos fuimos a dormir, el Toro había dicho que era indispensable descansar.
                Entramos al cuarto de la hermana menor, había un estante lleno de muñecas de porcelana (que siempre me han parecido terroríficas), con vestidos sucios de tanto jugar y los ojillos de vidrio que parecían mirarnos… de esas que además, si las mueven, cierran los párpados de un modo espantoso. Una silla mecedora con un oso de peluche enorme. Las cortinas y la colcha eran color palo de rosa. Había un tocador y un espejo marcado por la humedad con fotos atoradas entre el marco y la luna. Hasta ahora mi descripción indica que se trata del cuarto olvidado de una niña o de una niña olvidada (que, saben, no es lo mismo) y no de la adolescente que esta chica debía ser entonces… pero no. Las paredes estaban llenas de posters, imágenes de sus ídolos o enamorados. Pero no eran New Kids on the Block, Tom Cruise o Luis Miguel como era de esperarse, sino Gloria Trevi en toda su exhibición semidesnuda noventera, Paty Manterola y un calendario de llantas con mujeres en comprometedoras posiciones y paños muuuy menores. Las imágenes de las paredes no parecían pertenecer ahí, eran, de menos, perturbadoras. Hoy por hoy me imagino que bajo la cama había además unos libros vaqueros, pero eso no pude constatarlo porque ni siquiera sabía lo que eran.
                Mi mamá y yo nos acostamos en la pequeñita cama individual. Las sábanas olían a humedad. El calor era sofocante a pesar de que abrimos la ventana de par en par. El ventilador no servía. Creo que además había un mosquito. En fin, nos dispusimos a dormir pero de la calle llegaban los alaridos espantosos, como de bebés maltratados, como suenan los maullidos de las gatas en celo, los ruidos de calles desconocidas, pasos de extraños, y la casa, la casa también sonaba.Crujía como las residencias viejas… Me empecé a sentir en una película de terror… mi madre ni se diga… como niña chiquita, me preguntó si podía dormir, le dije que no, que tenía miedo, ella me dijo que también tenía miedo. “¿Es un niño llorando?” “Es un gato” “¿Oíste eso?” “¿Qué fue?” “No sé.” Empezamos a sugestionarnos con todo, desde fantasmas y violadores, hasta niños moribundos.
                Serían como las dos de la mañana y no habíamos pegado el ojo y en unas horas más sería el gran día… De repente mi mamá tuvo la gran idea. ¡Vámonos! Nos dimos a la fuga. Tomamos nuestras maletas y salimos a la calle. Ahí nos tienen, dos mujeres en una ciudad desconocida huyendo de violadores imaginarios en calles mal alumbradas… mi mamá juraba que se acordaba cómo llegar al hotel, pero la ciudad había cambiado mucho y acabamos vagando sin rumbo. Y mi mamá no quería que pidiéramos un taxi para no encontrarnos con el padre de su amiga y tener que explicar vergonzosamente que habíamos huido de su casa porque las fotos, las muñecas y la Trevi nos daban miedo (supongo que el temor a la última era el más comprensible de todos).
                Finalmente, mi mamá reconoció una calle y caminamos por ahí. De repente en la esquina de aquella urbe desolada había un taxi, era el padre de su amiga. Mi mamá, en el colmo de la inverosimilitud y de la alucinada desvelada, me ordenó “vuélvete invisible”. Las dos nos congelamos un momento hasta lograr el efecto. Mi mamá me dijo, “piensa que eres invisible con todas tus fuerzas y no respires”. Seguí las instrucciones. Luego me dijo “Ahora sí, ya somos invisibles, vamos a cruzar la calle.” Lo hicimos medio asfixiadas por la técnica con que mi madre logra el cambio de estado. Internamente yo esperaba el claxonazo o la persecución. Nada ocurrió. Lo habíamos logrado. A veces pienso que el taxista sí nos vio pero pensó que estábamos sonámbulas y no quiso despertarnos.
                Llegamos al hotel. Al día siguiente fue el concurso. No me fue tan mal como era de esperarse tras la noche que tuvimos. Obtuve el tercer lugar estatal. El primero fue una chica oriunda de Chetumal que declamaba con pasión algo que rezaba: “Soy Janet, la más hermosa” que narra la historia de la destrucción que provocó un huracán con ese nombre años atrás. El segundo pasó sin pena ni gloria y el tercer lugar logró el prodigio de volverse invisible por una noche, gracias a las instrucciones de su madre. 
                Aun hoy me preocupa el extraño poder de mi madre, me imagino si alguna vez lo habrá empleado para cacharme fajando con un novio… a veces parece saber cosas de mí que ni a mi misma me confieso… en fin, amigos queridos, tengan cuidado, no sea que me haya vuelto invisible y los esté espiando mientras leen esta crónica por demás inverosímil.
                 

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