jueves, 22 de marzo de 2012

Mi cita con Proust


Sobre mi cita con Proust
A Sabina que estos días vino de visita para que se acuerde con gusto de esos ratos universitarios all those years ago, como dirían los Beatles. 

Nos conocimos en la Ibero, en la clase Modelos Literarios Europeos, una materia que compartíamos los comunicólogos y los literatos… El primer día, los estudiantes de Literatura Latinoamericana en pleno uso de su arrogancia, se organizaron para “vernos feo”, por así decirlo, como si los de Comunicación no fuéramos capaces de analizar una obra decentemente o de pensar, si hemos de poner el caso. No contaban, ¡claro! con que se trataba de un grupo de inusual de comunicólogos no tan inusualmente interesados en las Letras (habíamos un par que éramos secretamente sus colegas en la UNAM). En fin, nos burlábamos de la miopía e ingenuidad de nuestros compañeros... recuerdo que todos, sin excepción, salimos muy bien evaluados. A uno de los literatos lo apodamos, el “Proust”; de todos era el más pedante y el más “sabio”. Se vestía anacrónicamente, llevaba un bigotito a lo Clark Gable y su aspecto era casi tan siniestro como el de un enterrador. Por supuesto, no se dignaba siquiera a mirar a nuestra sección del salón y desacreditaba nuestros comentarios antes de oírlos, hasta que un día, Sabina y yo presentamos el tema de Jean Paul Sartre y el existencialismo. Hablé de Las moscas (que entonces pretendía dirigir con un grupo amateur… ¡vamos!, que a todos nos dan delirios de grandeza). Al terminar la clase, me alcanzó en el pasillo, me cargó los libros hasta la biblioteca (supongo que lo anacrónico no paraba en la apariencia) y me invitó a salir.

La primera vez nos vimos en el Sanborns de Altavista. Los Sanborns, son bastante tristes para una primera cita… lo sé. Platicamos de literatura y de nuestros proyectos poéticos y narrativos. En el colmo del ego, me comentó que sólo escribiría una obra en su vida, su libro se llamaría “Mine (Mío)” para que nadie dudara que él era el autor de una obra tan excelsa, he olvidado por completo de qué se suponía que se trataría, si sería novela o poesía, pero presumo que debe tratarse de un autobiografía en prosa poética… (algo así como estas crónicas inverosímiles….. ahhhhh!!!)

A los pocos días, me invitó a salir nuevamente. Me pidió que lo recogiera en la Ibero a las 11:00 de la mañana ya que él no tenía coche, que llevara tenis y ropa cómoda. Ya de entrada sonaba un poco raro, pero acepté… Se subió al coche con una canasta de picnic, de las tradicionales con tapa de madera que se abre de dos secciones y un montón de libros. Me dio una idea bastante clara de cuál era el plan. Me dijo que me fuera rumbo a la carretera a Toluca… y allá fui, pese que tenía menos de un cuarto de tanque de gasolina. Dimos algunas vueltas y llegamos a una caseta (que yo recuerde no era la de Toluca, pero quién sabe), el caso es que Proust no traía dinero ni recordaba que fuera necesario pasar por una caseta, así que pagué yo. Para ese entonces, mi medidor de gasolina no era lo único que marcaba “Empty”, también mi cartera. Me quedaban quince pesos. Empezamos a recorrer un camino lleno de curvas en donde no había ni por asomo una gasolinera lo que me puso un poco nerviosa, pensaba empeñar mi reloj o algo (nada de cuerpomatic) por un chorrito del vital líquido. Pregunté varias veces a dónde íbamos y me respondía “es una sorpresa”. La cosa empezaba a saber mal. Al cabo de una media hora, Proust confesó que estaba perdido. Volví a preguntar a dónde íbamos y dijo que era por el Desierto de los Leones… yo había ido varias veces al desierto en primer semestre y aunque nunca había manejado ni había puesto suficiente atención, supe que esa carretera no era el camino, además de que nunca había tenido que pagar una caseta. Preguntamos direcciones y después de mucha vuelta, llegamos. Para entrar al parque cobran 10 pesos; mi bolsillo y mi tanque de gasolina se veían cada vez peor. Cuando me dispuse a ingresar, Proust comentó, “es que vamos a Cruz Blanca que está en la parte alta de la montaña, donde no habrá quien nos moleste…”
 “Bueno, pero ¡qué se ha creído este tipo!,” pensé y dije que ni en drogas iría a un lugar más desierto que el Desierto de los Leones con él… (seguramente han oído aquel proverbio famoso que reza que el Desierto de los Leones es el lugar de las tres mentiras porque no es un desierto, no hay leones y no era solo un besito). Ya en alguna ocasión, Sabina me había mostrado que cruzando el desierto, llegaría a las famosísimas curvas que conectan todas las barrancas y podía ir a San Jerónimo donde vivía… Recé en silencio para llegar aunque fuera con un suspiro de gasolina al otro lado. (Proust se había manifestado ateo y seguramente me creía una, después de mi plática de Sartre). El camino nunca me pareció tan largo, sin gasolina, sin recepción de celular y sintiéndome fatal; con el estrés se me estaba bajando el azúcar. Después de un rato sin que aparecieran las dichosas quecas, me detuve en uno de los descansos que tienen una mesita muy mona y donde los domingos seguramente se organizan unos picnics magníficos. Proust, muy caballerosamente, me ofreció todo cuanto había en su canasta… un atún que había preparado para nosotros, galletitas y Delaware Punch.

Tan malviajada como estaba, pensé que a lo mejor el atún tenía yombina o alguna droga de esas que sirven para violar a las chamacas en los antros y elegí la opción más segura (que, por cierto, detesto), el refresco que estaba bien cerradito. Ajeno por completo a mi estado de ánimo, Proust abrió un libro de Vallejo y empezó a recitar y comentar. Entonces llegó una pick-up con ocho tipos, unas patonas de bacardi, cocas, caguamas y, me imagino, negras intenciones. Proust ni se inmutó. Los tipos empezaron su parranda en la caja de pick-up previos chiflidos y güeritas dedicados a la posible víctima de su estado inconveniente. Proust llegó a El poeta a su amada, leyó “tú te has crucificado en los dos maderos curvados de mi beso” y paró la trompita y me quiso crucificar…

 “Esto”, pensé, “está llegando demasiado lejos.” Me negué obviamente y le dije, “vámonos, hay que regresar”. En lugar de seguir rumbo a las quecas y San Jerónimo, opté por volver. Según yo Santa Fe no estaría lejos y ahí había una gasolinera. Los ocho tipos me tacharon de antipática y alzada, a lo mejor Proust también, pero no lo dijo en voz alta.

En el camino, el Delaware Punch hizo de las suyas, tenía unas ganas insoportables de hacer pipí. Llegamos a la cabañita de entrada al parque, ahí donde nos cobraron los diez pesos, ¡mis diez pesos! Le pedí, le rogué al vigilante que me prestara un baño, finalmente accedió, pero me dijo que no era baño sino letrina. En mi estado, hasta un arbolito hubiera bastado. Me bajé del coche (primero tomé mis llaves, no fuera a ser que Proust se escapara) y entré en la cabañita… cerré una puerta medio desvencijada e hice lo propio. Cuando quise salir me di cuenta que no había cerrojo ni manija para abrir. Llamé, grité, quise hablar por celular (no a Proust porque esos aparatos son de cerdos capitalistas que estudian en la Ibero) y no había señal, volví a gritar, nada… pensé que sin lugar a dudas me encontraba en una película de terror y que acabaría mis días olvidada en una letrina en el Desierto de Los leones. No sé de dónde saqué la inspiración felina, pero me aferré al borde de la puerta con las uñas y la jalé, perdí una que otra en el camino y mi manicure francés de comunicóloga de la Ibero y no de literata de la UNAM. Proust tuvo la desfachatez de preguntar por qué me había tardado tanto.

Emprendimos la vuelta. Junto a la gasolinera afortunadamente había un cajero, mismo que inopinadamente se tragó mi tarjeta de débito y me dejó literalmente en la calle con un coche apenas caminando con la reserva, cinco pesos y ¡Proust!
Sin embargo, optimista como soy, pensé que lo peor había pasado, estaba en la ciudad y si mi tanque explotaba su gota final podría llamar a alguien para que fuera en mi rescate. Ignorando a Proust me dirigí a mi casa lo más rápido que pude. Me acordé de él en la glorieta de San Jerónimo y medité si realmente quería que supiera mi domicilio y decidí que no, así que le pedí que se bajara. Lo hizo, pero cuando iba a arrancarme, tocó a la ventanilla y me pidió los cinco pesos restantes para poder ir a su casa… desde luego se los presté. Asombrosamente llegué a mi casa, claro que mi coche no arrancó al día siguiente.

Uno pensaría que eso fue lo último. Alguna vez, Proust me volvió a llamar para invitarme a un plan igual de bizarro, correría un maratón y quería que lo esperara en la meta en el Ángel para ir a comer al ¿¿¡¡Hard Rock??!! (un lugar que me imaginaba vetado por las huestes de Fidel)… Me negué, por supuesto… Tuve que superar esta historia para por fin encajarle el diente a En busca del tiempo perdido. En cuanto a Sartre, lo sigo considerando una de las grandes figuras literarias y filosóficas del siglo xx, pero aceptó que sigo dando gracias a Dios porque mi Ghía blanco 226-JET tuviera una reserva de gasolina tan amplia.

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