miércoles, 14 de marzo de 2012

La inverosimilitud del writer's block


(9 de febrero del 2009 – No. 0) 

Sobre la inverosomilitud del writer’s block 

Para mi gran amigo Iker Compeán 

El día de mi cumpleaños número trece perdí una de mis posesiones más preciadas: mi jardín, el lugar de mis juegos infantiles, el lugar de mis juegos infantiles, el lugar que me enseñó a soñar. Nos mudamos a una casa en condominio, con un jardín colectivo que, huelga decir, no daba espacio a mis despliegues imaginativos, so pena de pasar por loca (que, por cierto, estoy, pero esa es otra historia). Se cerró de tajo –así pareció en todo caso- el capítulo de mi infancia; a fin de cuentas era oficialmente una adolescente granosa de primero de secundaria. Extrañaba ¡claro! el vasto territorio de mis secretos más íntimos. Como un sustituto –que en un principio sabía más a placebo- comencé a escribir. Dos años después, el camino parecía trazado y la vocación descubierta: ¡sería novelista! Todo iba sobre ruedas, en los primeros años escribí algunos cuentos, dos novelas pequeñitas e inicié una tercera. Cuando llegó el momento de entrar a la universidad busqué las carreras que parecieron mejores para alcanzar mi meta. Cuando terminé, irónicamente dejé de escribir… narrativa quiero decir, porque seguí escribiendo ensayos, tesis, exámenes, memos, oficios, cartas de amor y desamor, listas de pendientes, citas en la agenda, reportes, programas, planes, en fin… había ingresado en la vida “adulta” de las responsabilidades… de otras responsabilidades. Los proyectos de novela, el anhelo de escribir parecía siempre postergable hasta quehoy, diez años después, más que postergable pareciera un sueño lejano de la adolescencia. Ha dejado de ser la esperanza del mañana para impregnarse del sabor agridulce de la nostalgia. 

Cada vez que mi amigo Iker me pregunta si he escrito algo, si escribo, me excuso con el trabajo… y la verdad es que, por un momento, me lo creo. Pero cada fin de año (fecha clave en mi mitología personal) cuando reviso los propósitos que cumplí, sé de antemano uno en el que he fallado. No obstante, tomo una hoja en blanco para la nueva listas y como Sísifo, en el cuarto o quino renglón va el mismo estéril objetivo. Este año no fue la excepción. 

Quisiera escribir una novela… una GRAN novela. Peco de soberbia… ¿cómo escribir algo grande si no empiezo por algo pequeño? ¿Cómo hacerlo sin disciplina? En un e mail, Iker me dijo lo siguiente: 


“Aprovecho para decirte que, neta, neta, profesionalmente eres mi estándar por alcanzar. Hehehehe!!! Neta!! Se te admira mucho en la esquina de Luis Cabrera y Santiago, Laurita!! 

Mi única queja (ésta ya la conoces) es: ¿por qué diablos no escribe? 

Te lo prometo, Lau: 20 minutos al día. Yo sé que tienes más actividades que Barack Obama, pero... 20 minutos al día.” 

Y tiene razón. Así que ideé este proyecto que hoy, con todo cariño le dedico, cada semana escribiré una anécdota acerca de lo que mejor conozco: mi vida (choques incluidos). Supongo que algunas serán buenas y otras malas. Prometo que serán curiosas, ridículas e irrisorias (a mis costillas, por supuesto), quizá alguna de ellas sea inverosímil, pero como dice Pavel, “yo no exagero, recuerdo en grande”. Las publicaré por este medio, ustedes tienen la opción de leerlas, comentarlas, criticarlas, reírse o ignorarlas; a cambio sólo les pido un favor, exijan lo que es suyo: una crónica a la semana. 

Es un pacto de honor. 

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