miércoles, 14 de marzo de 2012

Sobre el suicidio accidental


Sobre el suicidio accidental
Crónicas inverosímiles…
A Yala, la perra foca
Nunca he sido proclive al desamparo ni a las tendencias suicidas… por supuesto, he tenido mis momentos... el que voy a narrar NO fue uno de ellos.
Ocurrió hace muchos años… estaban haciendo algunos arreglos a mi casa, se imaginarán: albañiles, cemento, pintura, etcétera. Por alguna razón, mis papás y mis hermanos estaban fuera de la ciudad y me quedaría en casa en compañía de mi labrador negro, Yala (q.e.p.d). Estaba jugando con mi ella en el jardín, cuando su sed y curiosidad caninas la llevaron a meter el hocico completo en una cubeta, cuya etiqueta anunciaba contener un material tóxico con una burlona calavera sobre un par de tibias, cual bandera pirata. Mi espanto fue mayúsculo y proseguí a sacar la cabeza de mi perra de la cubeta y a increparla con un montón de “No-s” a los que ella respondió con una mirada de extrañeza. Acto seguido, muy inteligentemente, le pregunté “¿¡Qué te tomaste?!”, y como, a pesar de haber sido una perra bastante “entendida” como dice mi papá, no podía esperar a que me respondiera, mi mejor ocurrencia fue meter la mano y probar el líquido. Después, por qué no, leí la etiqueta, ya no me acuerdo que se suponía que era, pero sí recuerdo que era super venenosísimo… o así me pareció a mí, a pesar de que sabía a agua.
Creyéndome intoxicada y próxima a la estirar definitivamente la pata, recordé que ciertos envenenamientos (no tengo idea cuáles)  se combaten con leche. Así que corrí a la cocina y me tomé un litro de leche de un jalón. Inmediatamente después me empecé a sentir muuuuuy mal y tuve que brindar tributo al ídolo de porcelana… “¡Oh, mi Dios!”, pensé cual mala traducción de serie gringa… “de verdad me estoy muriendo.” El vómito, como seguramente saben, es síntoma clarísimo de intoxicación severa (también de tomar un litro de leche al hilo) y señal de próxima e inevitable muerte. Corrí al cuarto de mis papás a buscar un libro de primero de auxilios, en donde decía que en caso de envenenamiento por causas químicas, no era bueno inducir el vómito porque en caso de ser un ácido podías quemarte el esófago lo que empeoraría la situación de la víctima. Resolví que estaba próxima al último patatuz de mi vida y que de nada me había servido sobrevivir a todos esos choques.
Hablé con mi tía, que es nuestra vecina, y le dije que me sentía mal del estómago (me daba mucha vergüenza confesar las estúpidas razones de mi envenenamiento) y le pregunté si podía dormir en su casa. No quería morir sola y apestar tres días hasta que me encontraran. Desde el cuarto que me prestó se ve el jardín de mi casa. Lo que facilitó las cosas… deduje que, como Yala había bebido primero, si habíamos de morir, ella sería la primera en rendirle cuentas al Creador. Para ir confirmando que seguía viva, puse el despertador cada hora  y cuando sonaba corría a la ventana, la abría y llamaba a Yala. El pobre animal, salía de su casa y aparecía a la mitad del jardín desde donde me miraba entre perpleja y molesta. Fue una de muchas noches de insomnio para ambas. Me desperté tantas veces que decidí mejor no dormir y escribir una carta de  “No-suicidio”,  en caso de que efectivamente me muriera. No quería que nadie confundiera mis intenciones.
Sobrevivimos el incidente, en la cubeta no había más que agua y, seguramente, babas de Yala. ¡Qué asco! Quería mucho a esa perra, pero nunca he sido afecta a besuquear animales. Viví para contarlo y Yala vivió como ejemplo de que la obesidad no es una enfermedad exclusiva de los humanos (como la estupidez no es precisamente propia de los animales, según se aprecia en esta crónica), por eso un amigo la apodó “perra foca” por su silueta descomunal.


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