If plan “A” didn´t work. The alphabet has 25 more letters! Stay cool.
Posteado en Facebook
bajo el alías de Katharsis
A mis queridos amigos literatos, sobre todo a Iván, Isra y
Mónica.
Estudiaba Letras. Era segundo semestre.
No tenía ni veinte años. Si no me equivoco eran las 6 de la tarde. Tenía examen
de Lingüística. Desde mi entonces no tan remota infancia, mi mamá me enseñó a
hacer pipí antes de salir de casa, antes de entrar al cine, antes de iniciar la
clase de natación (afortunadamente), antes de dormir, antes de bañarme, antes
de regresar al salón del recreo, en fin, me instruyó que uno debe rendir
honores al ídolo de porcelana antes de iniciar cualquier tarea. Posteriormente
procedía a las abluciones. Y así iniciaba mis labores fresca, vejiga vacía y
corazón contento. Así, las tareas más
triviales e insignificantes se volvían rituales fundamentales. Era una chica
seria.
Mi examen de Lingüística no era
la excepción. Fui al baño del segundo piso de la Facultad de Filosofía y Letras.
El mismo que eligió Roberto Bolaño para contar la resistencia de Auxilio Lacouture
en el movimiento de 68 en Los detectives
salvajes. Quienes estudiamos en ella, sabemos que esos baños no son
precisamente un lujo sino que tienen un aspecto más bien tétrico y sucio. Pero
uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.
Llevaba las uñas largas, no
demasiado… usaba un barniz discreto, quizá sólo brillo. Es decir, no se
imaginen unas garras de Freddy Krueger ni esas prótesis de acrílico que usan
las secretarias de burócrata de medio pelo, las que parecen retazo de vestido
de noche con lentejuela y brillantina. ¡No!
Pero yo no podía, no debía faltar
a mi examen, así que envolví mi pulgar derecho en papel de baño y acudí al
salón. Tuve que tomar la pluma de la forma más incómoda posible para evitar
presionar el dedo pulgar y que sangrara más. Nada sirvió. Goteaba. Entregué mi
examen final de Lingüística al rojo vivo.
Y pienso en las cosas que exigen
una marca de sangre. Si uno ha de venderle el alma al diablo, firma el pacto
con sangre. En el fondo, si uno ofrenda el alma a una causa o a un amor, lo
sella con sangre. Quizá, en esa primera juventud, firmaba inconscientemente con
sangre un pacto que hoy me gustaría que fuera con estas letras y con las que me
quedan por escribir.
Pero si hago memoria, creo que yo
fui marcada por las letras mucho tiempo antes del firmar mi pacto lingüístico.
Aún antes de que mi juguete favorito fuera una máquina de escribir de Fisher Price que deben haber
descontinuado hace como veinticinco años. Uno de mis primeros dibujos, el
primero que enmarcó mi mamá, que realicé antes de saber escribir y con toda
seguridad después de una visita rutinaria al escusado, retrata una enorme letra
A que casi se sale del papel. En el triangulo central tiene una especie de cara
feliz y usa zapatos en las patas. La línea horizontal que la cruza se alarga y
se vuelve algo que parecen unos brazos. Intrigada por mi obra de arte, mi mamá
la llevó a psicoanalizar (a mi “A”, no a mí) y le dijeron que era signo de
egolatría, vanidad, control y perfeccionismo, que siempre querría ser la
primera letra del alfabeto, osease, la cereza del pastel, el centro de
atracción, estar bajo las luces de los escenarios, etcétera, etcétera… quién
sabe quién fuera y en dónde quedó esa psicóloga, pero se me hace que se llamaba
Tiresias. Me desentrañó desde la primera letra … afortunadamente, hay muchas
más letras en el alfabeto y alguna otra dirá más de mí. Mi papá, por cierto, me
llama Laura “A”, por la inicial de mi segundo nombre: Adriana… pero, como ven y
verán a continuación, mi letra “A” me acompaña a donde vaya.
Nadie en su sano juicio estaría
dispuesto a conceder que mi profesión es de alto riesgo. Pero, ¡señores!, las
letras son peligrosísimas. De las palabras correctas nacen las revoluciones y
la libertad, una sola palabra puede destruir o construir destinos.
Daré testimonio de las
complicaciones que pueden provocar errores en las letras. Este verano cumpliré
35 años y decidí hacer un viaje a Europa. Compré mi boleto de avión
México-París para el 18 de julio y luego la conexión París – Roma para el 23 de
junio. Una sola letra y el error fue fatal. Afortunadamente, mi amiga Lola
detectó el error y, por una módica cantidad, pude cambiar el vuelo.
Eso no es todo, compré mi vuelo
trasatlántico por internet y en el campo no cabía mi nombre completo. No los
culpo. Mi nombre es como de telenovela. Lo más sencillo para mí fue escribir mi
nombre de pila y la inicial de mi segundo nombre; como me llama mi papá: “Laura
A”. Después del incidente junio-julio decidí hablar a la agencia para
corroborar que no hubiera problema… y ¡sí lo hay! Resulta que no soy la misma
persona. Es decir, no soy la que soy… Mi misma existencia queda en duda. Dicen
que puedo ser Laura a secas o Laura Adriana pero no Laura A. Según la
aerolínea, mi mismo padre no sabe quién soy. Por supuesto, estoy en vías de
arreglar este problema… llámeme como me llame, voy a hacer ese viaje.
Todo parecería indicar que esa
“A” que dibujé a los tres o cuatro años ha marcado mi vida. Es mi letra
escarlata (aunque esta es azul y verde, ni pizca de rojo). En el fondo, todos
llevamos una.
Se imaginan que como en la novela
de Nathaniel Hawthorne, nos marcaran cada vez que callamos un amor o que lo
revelamos, que terminamos… que por cada error que cometemos, nos tatuaran una
letra… Conmigo ya se habrían acabado el alfabeto.
En la novela, la letra escarlata
habrá de recordarle a su portador (y más claramente al pueblo) los peligros del
infierno para evitar que los fieles caigan en tentación. Mi retrato de la letra
A que, desde luego, vigila mis libreros y mis incursiones literarias, me
recuerda mi compromiso de escribir y al menos hoy me salvó de la tentación…
porque pude dejar a un lado la televisión, el facebook, el twitter y
hasta un buen libro de Beckett, para sentarme aquí y escribir 2 páginas y
cuarto, 1,205 palabras y sí, 5,550 letras.