Invisibilidad
chetumalteca
A la reina de la
leyenda urbana, mi señora madre…
Y Dianita que
prácticamente se ha mudado a tierras quintanarroenses
Mi afición por el teatro comenzó
en mi más tierna infancia… a los once años incursioné en una vertiente actoral:
La declamación, participando en lo que en el colegio llamaban equivocadísimamente:
“Concurso de poesía”, pues no tenía nada que ver con escribirla sino con
recitarla con ciertas técnicas de teatro y narración oral escénica. En fin,
ingresé al concurso y mi mamá me presentó a quien sería mi maestro de teatro en
la preparatoria (y uno de los principales responsable de mi interés en la
materia), Alejandro Montes. Empleamos un cuento que mi bisabuela había vuelto
poesía, El niño, el viejo y el burro
y Montes me dirigió. Las injusticias cometidas contra mí en aquel concurso
tienen en gran medida la culpa de mi auto-expulsión de aquella escuela y mi
aberración contra sus pseudomonjas frustradas (pero eso es objeto de otra
crónica inverosímil). Practiqué la declamación con ahínco hasta los dieciséis
años… después quedaron las secuelas… algunos amigos de la carrera recordarán un
embarazoso episodio de primer semestre… ¡ahhhhhh!
En
fin, el día que cumplí trece años, nos mudamos a Cancún. En primero de secundaria
volví a concursar con El niño, el viejo y
el burro y fui seleccionada para representar a mi escuela primero en el
municipio, luego en la zona y finalmente, ¡en el estatal! Ya se imaginarán la
emoción de una mocoreta de trece años por asistir a un concurso estatal…
además, viajaría a Chetumal para presentarme.
Mmm…
Chetumal. Muchos creen erróneamente que Cancún es la capital de Quintana Roo…
no, no… es Chetumal. Cuando yo tenía apenas un año y mis hermanos obviamente no
habían nacido, ni habían sido concebidos, ni habían sido imaginados siquiera…
vivimos en Chetumal. Mi papá trabajaba en una empresa constructora y en sus
primeros años de casados y mis primeros años de vida, estuvimos de pueblo en
pueblo. Vivimos en Chicayán, Uxpanapan, Pinotepa Nacional, Guasabe, Puerto
Escondido… para que se den una idea.
En
aquellos días de mi más tierna infancia, mi mamá se hizo muy amiga de una de
sus vecina con la que, trece años después, nos encontramos en Cancún. Yo
obviamente no me acordaba de ella, al parecer ella de mí sí… aunque ahora ya
sabía caminar, hablar, escribir y, aparentemente, declamar. La amiga de mi mamá
vivía en Cancún y cuando supo que iríamos a Chetumal, nos ofreció amablemente
que nos quedáramos en su casa, ya que sólo su papá seguía viviendo ahí. Mi mamá
aceptó a pesar de que habían pasado muchos años sin verla ni tratarla.
Si
no me equivoco, se hacían como cuatro horas de Cancún a Chetumal. Nos fuimos
saliendo de la escuela. Íbamos en una Suburban, Alicia y Adriana, quienes
también concursarían, sus respectivas mamás, nuestro maestro de Español, Luis
a.ka. “el Toro”, el chófer, mi mamá y yo. Excepto nosotras, todos se quedarían
en un céntrico hotel. Durante todo el camino, mi mamá habló con nostalgia de
aquellos días en que vivíamos en Chetumal a donde no había vuelto desde
entonces, de su amiga, los padres de su amiga y la pequeña hermana, que en
aquel tiempo tenía unos cinco o seis años.
Después
de dejar al resto de la comitiva en el hotel, llegamos a la casa de la amiga de
mi mamá. Nos abrió su padre, un viejillo simpaticón que nos invitó a pasar y
señaló que no estaría en toda la noche porque era taxista y tenía el turno
nocturno. Nos dijo que podíamos quedarnos en el cuarto de la hermanita menor de
la amiga de mi mamá. Acto seguido se fue. Nosotros no habíamos ni cenado y el
concurso era al día siguiente.
La
casa era lúgubre. El tapiz de las paredes estaba cascado, los muebles un tanto
amarillentos por el uso y el sol, pero lo más impresionante era la pared,
estaba llena de fotos antiguas, de gente de otras épocas, con miradas oscuras,
tristes y lejanas, gente muerta. No quiero que se malinterprete, en casa de mi
mamá también hay fotos antiguas, pero son muertos conocidos. No es lo mismo
verse rodeado de muertos propios que ajenos. Me entretuve pensándoles
historias, quizá me entretuve demasiado y los cuentos que inventaba eran todos
de sucesos terribles. Me dio miedo que se me aparecieran. Nos fuimos a dormir,
el Toro había dicho que era indispensable descansar.
Entramos
al cuarto de la hermana menor, había un estante lleno de muñecas de porcelana
(que siempre me han parecido terroríficas), con vestidos sucios de tanto jugar
y los ojillos de vidrio que parecían mirarnos… de esas que además, si las
mueven, cierran los párpados de un modo espantoso. Una silla mecedora con un
oso de peluche enorme. Las cortinas y la colcha eran color palo de rosa. Había
un tocador y un espejo marcado por la humedad con fotos atoradas entre el marco
y la luna. Hasta ahora mi descripción indica que se trata del cuarto olvidado
de una niña o de una niña olvidada (que, saben, no es lo mismo) y no de la
adolescente que esta chica debía ser entonces… pero no. Las paredes estaban
llenas de posters, imágenes de sus ídolos o enamorados. Pero no eran New Kids
on the Block, Tom Cruise o Luis Miguel como era de esperarse, sino Gloria Trevi
en toda su exhibición semidesnuda noventera, Paty Manterola y un calendario de
llantas con mujeres en comprometedoras posiciones y paños muuuy menores. Las
imágenes de las paredes no parecían pertenecer ahí, eran, de menos,
perturbadoras. Hoy por hoy me imagino que bajo la cama había además unos libros
vaqueros, pero eso no pude constatarlo porque ni siquiera sabía lo que eran.
Mi
mamá y yo nos acostamos en la pequeñita cama individual. Las sábanas olían a
humedad. El calor era sofocante a pesar de que abrimos la ventana de par en
par. El ventilador no servía. Creo que además había un mosquito. En fin, nos
dispusimos a dormir pero de la calle llegaban los alaridos espantosos, como de
bebés maltratados, como suenan los maullidos de las gatas en celo, los ruidos
de calles desconocidas, pasos de extraños, y la casa, la casa también sonaba.Crujía
como las residencias viejas… Me empecé a sentir en una película de terror… mi
madre ni se diga… como niña chiquita, me preguntó si podía dormir, le dije que
no, que tenía miedo, ella me dijo que también tenía miedo. “¿Es un niño
llorando?” “Es un gato” “¿Oíste eso?” “¿Qué fue?” “No sé.” Empezamos a
sugestionarnos con todo, desde fantasmas y violadores, hasta niños moribundos.
Serían
como las dos de la mañana y no habíamos pegado el ojo y en unas horas más sería
el gran día… De repente mi mamá tuvo la gran idea. ¡Vámonos! Nos dimos a la
fuga. Tomamos nuestras maletas y salimos a la calle. Ahí nos tienen, dos
mujeres en una ciudad desconocida huyendo de violadores imaginarios en calles
mal alumbradas… mi mamá juraba que se acordaba cómo llegar al hotel, pero la
ciudad había cambiado mucho y acabamos vagando sin rumbo. Y mi mamá no quería
que pidiéramos un taxi para no encontrarnos con el padre de su amiga y tener
que explicar vergonzosamente que habíamos huido de su casa porque las fotos,
las muñecas y la Trevi nos daban miedo (supongo que el temor a la última era el
más comprensible de todos).
Finalmente,
mi mamá reconoció una calle y caminamos por ahí. De repente en la esquina de
aquella urbe desolada había un taxi, era el padre de su amiga. Mi mamá, en el
colmo de la inverosimilitud y de la alucinada desvelada, me ordenó “vuélvete
invisible”. Las dos nos congelamos un momento hasta lograr el efecto. Mi mamá
me dijo, “piensa que eres invisible con todas tus fuerzas y no respires”. Seguí
las instrucciones. Luego me dijo “Ahora sí, ya somos invisibles, vamos a cruzar
la calle.” Lo hicimos medio asfixiadas por la técnica con que mi madre logra el
cambio de estado. Internamente yo esperaba el claxonazo o la persecución. Nada
ocurrió. Lo habíamos logrado. A veces pienso que el taxista sí nos vio pero
pensó que estábamos sonámbulas y no quiso despertarnos.
Llegamos
al hotel. Al día siguiente fue el concurso. No me fue tan mal como era de
esperarse tras la noche que tuvimos. Obtuve el tercer lugar estatal. El primero
fue una chica oriunda de Chetumal que declamaba con pasión algo que rezaba: “Soy
Janet, la más hermosa” que narra la historia de la destrucción que provocó un
huracán con ese nombre años atrás. El segundo pasó sin pena ni gloria y el
tercer lugar logró el prodigio de volverse invisible por una noche, gracias a
las instrucciones de su madre.
Aun
hoy me preocupa el extraño poder de mi madre, me imagino si alguna vez lo habrá
empleado para cacharme fajando con un novio… a veces parece saber cosas de mí
que ni a mi misma me confieso… en fin, amigos queridos, tengan cuidado, no sea
que me haya vuelto invisible y los esté espiando mientras leen esta crónica por
demás inverosímil.




