jueves, 29 de marzo de 2012

Invisibilidad chetumalteca


Invisibilidad chetumalteca
A la reina de la leyenda urbana, mi señora madre…
Y Dianita que prácticamente se ha mudado a tierras quintanarroenses

Mi afición por el teatro comenzó en mi más tierna infancia… a los once años incursioné en una vertiente actoral: La declamación, participando en lo que en el colegio llamaban equivocadísimamente: “Concurso de poesía”, pues no tenía nada que ver con escribirla sino con recitarla con ciertas técnicas de teatro y narración oral escénica. En fin, ingresé al concurso y mi mamá me presentó a quien sería mi maestro de teatro en la preparatoria (y uno de los principales responsable de mi interés en la materia), Alejandro Montes. Empleamos un cuento que mi bisabuela había vuelto poesía, El niño, el viejo y el burro y Montes me dirigió. Las injusticias cometidas contra mí en aquel concurso tienen en gran medida la culpa de mi auto-expulsión de aquella escuela y mi aberración contra sus pseudomonjas frustradas (pero eso es objeto de otra crónica inverosímil). Practiqué la declamación con ahínco hasta los dieciséis años… después quedaron las secuelas… algunos amigos de la carrera recordarán un embarazoso episodio de primer semestre… ¡ahhhhhh!
                En fin, el día que cumplí trece años, nos mudamos a Cancún. En primero de secundaria volví a concursar con El niño, el viejo y el burro y fui seleccionada para representar a mi escuela primero en el municipio, luego en la zona y finalmente, ¡en el estatal! Ya se imaginarán la emoción de una mocoreta de trece años por asistir a un concurso estatal… además, viajaría a Chetumal para presentarme.
                Mmm… Chetumal. Muchos creen erróneamente que Cancún es la capital de Quintana Roo… no, no… es Chetumal. Cuando yo tenía apenas un año y mis hermanos obviamente no habían nacido, ni habían sido concebidos, ni habían sido imaginados siquiera… vivimos en Chetumal. Mi papá trabajaba en una empresa constructora y en sus primeros años de casados y mis primeros años de vida, estuvimos de pueblo en pueblo. Vivimos en Chicayán, Uxpanapan, Pinotepa Nacional, Guasabe, Puerto Escondido… para que se den una idea.
                En aquellos días de mi más tierna infancia, mi mamá se hizo muy amiga de una de sus vecina con la que, trece años después, nos encontramos en Cancún. Yo obviamente no me acordaba de ella, al parecer ella de mí sí… aunque ahora ya sabía caminar, hablar, escribir y, aparentemente, declamar. La amiga de mi mamá vivía en Cancún y cuando supo que iríamos a Chetumal, nos ofreció amablemente que nos quedáramos en su casa, ya que sólo su papá seguía viviendo ahí. Mi mamá aceptó a pesar de que habían pasado muchos años sin verla ni tratarla.
                Si no me equivoco, se hacían como cuatro horas de Cancún a Chetumal. Nos fuimos saliendo de la escuela. Íbamos en una Suburban, Alicia y Adriana, quienes también concursarían, sus respectivas mamás, nuestro maestro de Español, Luis a.ka. “el Toro”, el chófer, mi mamá y yo. Excepto nosotras, todos se quedarían en un céntrico hotel. Durante todo el camino, mi mamá habló con nostalgia de aquellos días en que vivíamos en Chetumal a donde no había vuelto desde entonces, de su amiga, los padres de su amiga y la pequeña hermana, que en aquel tiempo tenía unos cinco o seis años.
                Después de dejar al resto de la comitiva en el hotel, llegamos a la casa de la amiga de mi mamá. Nos abrió su padre, un viejillo simpaticón que nos invitó a pasar y señaló que no estaría en toda la noche porque era taxista y tenía el turno nocturno. Nos dijo que podíamos quedarnos en el cuarto de la hermanita menor de la amiga de mi mamá. Acto seguido se fue. Nosotros no habíamos ni cenado y el concurso era al día siguiente.
                La casa era lúgubre. El tapiz de las paredes estaba cascado, los muebles un tanto amarillentos por el uso y el sol, pero lo más impresionante era la pared, estaba llena de fotos antiguas, de gente de otras épocas, con miradas oscuras, tristes y lejanas, gente muerta. No quiero que se malinterprete, en casa de mi mamá también hay fotos antiguas, pero son muertos conocidos. No es lo mismo verse rodeado de muertos propios que ajenos. Me entretuve pensándoles historias, quizá me entretuve demasiado y los cuentos que inventaba eran todos de sucesos terribles. Me dio miedo que se me aparecieran. Nos fuimos a dormir, el Toro había dicho que era indispensable descansar.
                Entramos al cuarto de la hermana menor, había un estante lleno de muñecas de porcelana (que siempre me han parecido terroríficas), con vestidos sucios de tanto jugar y los ojillos de vidrio que parecían mirarnos… de esas que además, si las mueven, cierran los párpados de un modo espantoso. Una silla mecedora con un oso de peluche enorme. Las cortinas y la colcha eran color palo de rosa. Había un tocador y un espejo marcado por la humedad con fotos atoradas entre el marco y la luna. Hasta ahora mi descripción indica que se trata del cuarto olvidado de una niña o de una niña olvidada (que, saben, no es lo mismo) y no de la adolescente que esta chica debía ser entonces… pero no. Las paredes estaban llenas de posters, imágenes de sus ídolos o enamorados. Pero no eran New Kids on the Block, Tom Cruise o Luis Miguel como era de esperarse, sino Gloria Trevi en toda su exhibición semidesnuda noventera, Paty Manterola y un calendario de llantas con mujeres en comprometedoras posiciones y paños muuuy menores. Las imágenes de las paredes no parecían pertenecer ahí, eran, de menos, perturbadoras. Hoy por hoy me imagino que bajo la cama había además unos libros vaqueros, pero eso no pude constatarlo porque ni siquiera sabía lo que eran.
                Mi mamá y yo nos acostamos en la pequeñita cama individual. Las sábanas olían a humedad. El calor era sofocante a pesar de que abrimos la ventana de par en par. El ventilador no servía. Creo que además había un mosquito. En fin, nos dispusimos a dormir pero de la calle llegaban los alaridos espantosos, como de bebés maltratados, como suenan los maullidos de las gatas en celo, los ruidos de calles desconocidas, pasos de extraños, y la casa, la casa también sonaba.Crujía como las residencias viejas… Me empecé a sentir en una película de terror… mi madre ni se diga… como niña chiquita, me preguntó si podía dormir, le dije que no, que tenía miedo, ella me dijo que también tenía miedo. “¿Es un niño llorando?” “Es un gato” “¿Oíste eso?” “¿Qué fue?” “No sé.” Empezamos a sugestionarnos con todo, desde fantasmas y violadores, hasta niños moribundos.
                Serían como las dos de la mañana y no habíamos pegado el ojo y en unas horas más sería el gran día… De repente mi mamá tuvo la gran idea. ¡Vámonos! Nos dimos a la fuga. Tomamos nuestras maletas y salimos a la calle. Ahí nos tienen, dos mujeres en una ciudad desconocida huyendo de violadores imaginarios en calles mal alumbradas… mi mamá juraba que se acordaba cómo llegar al hotel, pero la ciudad había cambiado mucho y acabamos vagando sin rumbo. Y mi mamá no quería que pidiéramos un taxi para no encontrarnos con el padre de su amiga y tener que explicar vergonzosamente que habíamos huido de su casa porque las fotos, las muñecas y la Trevi nos daban miedo (supongo que el temor a la última era el más comprensible de todos).
                Finalmente, mi mamá reconoció una calle y caminamos por ahí. De repente en la esquina de aquella urbe desolada había un taxi, era el padre de su amiga. Mi mamá, en el colmo de la inverosimilitud y de la alucinada desvelada, me ordenó “vuélvete invisible”. Las dos nos congelamos un momento hasta lograr el efecto. Mi mamá me dijo, “piensa que eres invisible con todas tus fuerzas y no respires”. Seguí las instrucciones. Luego me dijo “Ahora sí, ya somos invisibles, vamos a cruzar la calle.” Lo hicimos medio asfixiadas por la técnica con que mi madre logra el cambio de estado. Internamente yo esperaba el claxonazo o la persecución. Nada ocurrió. Lo habíamos logrado. A veces pienso que el taxista sí nos vio pero pensó que estábamos sonámbulas y no quiso despertarnos.
                Llegamos al hotel. Al día siguiente fue el concurso. No me fue tan mal como era de esperarse tras la noche que tuvimos. Obtuve el tercer lugar estatal. El primero fue una chica oriunda de Chetumal que declamaba con pasión algo que rezaba: “Soy Janet, la más hermosa” que narra la historia de la destrucción que provocó un huracán con ese nombre años atrás. El segundo pasó sin pena ni gloria y el tercer lugar logró el prodigio de volverse invisible por una noche, gracias a las instrucciones de su madre. 
                Aun hoy me preocupa el extraño poder de mi madre, me imagino si alguna vez lo habrá empleado para cacharme fajando con un novio… a veces parece saber cosas de mí que ni a mi misma me confieso… en fin, amigos queridos, tengan cuidado, no sea que me haya vuelto invisible y los esté espiando mientras leen esta crónica por demás inverosímil.
                 

jueves, 22 de marzo de 2012

Mi cita con Proust


Sobre mi cita con Proust
A Sabina que estos días vino de visita para que se acuerde con gusto de esos ratos universitarios all those years ago, como dirían los Beatles. 

Nos conocimos en la Ibero, en la clase Modelos Literarios Europeos, una materia que compartíamos los comunicólogos y los literatos… El primer día, los estudiantes de Literatura Latinoamericana en pleno uso de su arrogancia, se organizaron para “vernos feo”, por así decirlo, como si los de Comunicación no fuéramos capaces de analizar una obra decentemente o de pensar, si hemos de poner el caso. No contaban, ¡claro! con que se trataba de un grupo de inusual de comunicólogos no tan inusualmente interesados en las Letras (habíamos un par que éramos secretamente sus colegas en la UNAM). En fin, nos burlábamos de la miopía e ingenuidad de nuestros compañeros... recuerdo que todos, sin excepción, salimos muy bien evaluados. A uno de los literatos lo apodamos, el “Proust”; de todos era el más pedante y el más “sabio”. Se vestía anacrónicamente, llevaba un bigotito a lo Clark Gable y su aspecto era casi tan siniestro como el de un enterrador. Por supuesto, no se dignaba siquiera a mirar a nuestra sección del salón y desacreditaba nuestros comentarios antes de oírlos, hasta que un día, Sabina y yo presentamos el tema de Jean Paul Sartre y el existencialismo. Hablé de Las moscas (que entonces pretendía dirigir con un grupo amateur… ¡vamos!, que a todos nos dan delirios de grandeza). Al terminar la clase, me alcanzó en el pasillo, me cargó los libros hasta la biblioteca (supongo que lo anacrónico no paraba en la apariencia) y me invitó a salir.

La primera vez nos vimos en el Sanborns de Altavista. Los Sanborns, son bastante tristes para una primera cita… lo sé. Platicamos de literatura y de nuestros proyectos poéticos y narrativos. En el colmo del ego, me comentó que sólo escribiría una obra en su vida, su libro se llamaría “Mine (Mío)” para que nadie dudara que él era el autor de una obra tan excelsa, he olvidado por completo de qué se suponía que se trataría, si sería novela o poesía, pero presumo que debe tratarse de un autobiografía en prosa poética… (algo así como estas crónicas inverosímiles….. ahhhhh!!!)

A los pocos días, me invitó a salir nuevamente. Me pidió que lo recogiera en la Ibero a las 11:00 de la mañana ya que él no tenía coche, que llevara tenis y ropa cómoda. Ya de entrada sonaba un poco raro, pero acepté… Se subió al coche con una canasta de picnic, de las tradicionales con tapa de madera que se abre de dos secciones y un montón de libros. Me dio una idea bastante clara de cuál era el plan. Me dijo que me fuera rumbo a la carretera a Toluca… y allá fui, pese que tenía menos de un cuarto de tanque de gasolina. Dimos algunas vueltas y llegamos a una caseta (que yo recuerde no era la de Toluca, pero quién sabe), el caso es que Proust no traía dinero ni recordaba que fuera necesario pasar por una caseta, así que pagué yo. Para ese entonces, mi medidor de gasolina no era lo único que marcaba “Empty”, también mi cartera. Me quedaban quince pesos. Empezamos a recorrer un camino lleno de curvas en donde no había ni por asomo una gasolinera lo que me puso un poco nerviosa, pensaba empeñar mi reloj o algo (nada de cuerpomatic) por un chorrito del vital líquido. Pregunté varias veces a dónde íbamos y me respondía “es una sorpresa”. La cosa empezaba a saber mal. Al cabo de una media hora, Proust confesó que estaba perdido. Volví a preguntar a dónde íbamos y dijo que era por el Desierto de los Leones… yo había ido varias veces al desierto en primer semestre y aunque nunca había manejado ni había puesto suficiente atención, supe que esa carretera no era el camino, además de que nunca había tenido que pagar una caseta. Preguntamos direcciones y después de mucha vuelta, llegamos. Para entrar al parque cobran 10 pesos; mi bolsillo y mi tanque de gasolina se veían cada vez peor. Cuando me dispuse a ingresar, Proust comentó, “es que vamos a Cruz Blanca que está en la parte alta de la montaña, donde no habrá quien nos moleste…”
 “Bueno, pero ¡qué se ha creído este tipo!,” pensé y dije que ni en drogas iría a un lugar más desierto que el Desierto de los Leones con él… (seguramente han oído aquel proverbio famoso que reza que el Desierto de los Leones es el lugar de las tres mentiras porque no es un desierto, no hay leones y no era solo un besito). Ya en alguna ocasión, Sabina me había mostrado que cruzando el desierto, llegaría a las famosísimas curvas que conectan todas las barrancas y podía ir a San Jerónimo donde vivía… Recé en silencio para llegar aunque fuera con un suspiro de gasolina al otro lado. (Proust se había manifestado ateo y seguramente me creía una, después de mi plática de Sartre). El camino nunca me pareció tan largo, sin gasolina, sin recepción de celular y sintiéndome fatal; con el estrés se me estaba bajando el azúcar. Después de un rato sin que aparecieran las dichosas quecas, me detuve en uno de los descansos que tienen una mesita muy mona y donde los domingos seguramente se organizan unos picnics magníficos. Proust, muy caballerosamente, me ofreció todo cuanto había en su canasta… un atún que había preparado para nosotros, galletitas y Delaware Punch.

Tan malviajada como estaba, pensé que a lo mejor el atún tenía yombina o alguna droga de esas que sirven para violar a las chamacas en los antros y elegí la opción más segura (que, por cierto, detesto), el refresco que estaba bien cerradito. Ajeno por completo a mi estado de ánimo, Proust abrió un libro de Vallejo y empezó a recitar y comentar. Entonces llegó una pick-up con ocho tipos, unas patonas de bacardi, cocas, caguamas y, me imagino, negras intenciones. Proust ni se inmutó. Los tipos empezaron su parranda en la caja de pick-up previos chiflidos y güeritas dedicados a la posible víctima de su estado inconveniente. Proust llegó a El poeta a su amada, leyó “tú te has crucificado en los dos maderos curvados de mi beso” y paró la trompita y me quiso crucificar…

 “Esto”, pensé, “está llegando demasiado lejos.” Me negué obviamente y le dije, “vámonos, hay que regresar”. En lugar de seguir rumbo a las quecas y San Jerónimo, opté por volver. Según yo Santa Fe no estaría lejos y ahí había una gasolinera. Los ocho tipos me tacharon de antipática y alzada, a lo mejor Proust también, pero no lo dijo en voz alta.

En el camino, el Delaware Punch hizo de las suyas, tenía unas ganas insoportables de hacer pipí. Llegamos a la cabañita de entrada al parque, ahí donde nos cobraron los diez pesos, ¡mis diez pesos! Le pedí, le rogué al vigilante que me prestara un baño, finalmente accedió, pero me dijo que no era baño sino letrina. En mi estado, hasta un arbolito hubiera bastado. Me bajé del coche (primero tomé mis llaves, no fuera a ser que Proust se escapara) y entré en la cabañita… cerré una puerta medio desvencijada e hice lo propio. Cuando quise salir me di cuenta que no había cerrojo ni manija para abrir. Llamé, grité, quise hablar por celular (no a Proust porque esos aparatos son de cerdos capitalistas que estudian en la Ibero) y no había señal, volví a gritar, nada… pensé que sin lugar a dudas me encontraba en una película de terror y que acabaría mis días olvidada en una letrina en el Desierto de Los leones. No sé de dónde saqué la inspiración felina, pero me aferré al borde de la puerta con las uñas y la jalé, perdí una que otra en el camino y mi manicure francés de comunicóloga de la Ibero y no de literata de la UNAM. Proust tuvo la desfachatez de preguntar por qué me había tardado tanto.

Emprendimos la vuelta. Junto a la gasolinera afortunadamente había un cajero, mismo que inopinadamente se tragó mi tarjeta de débito y me dejó literalmente en la calle con un coche apenas caminando con la reserva, cinco pesos y ¡Proust!
Sin embargo, optimista como soy, pensé que lo peor había pasado, estaba en la ciudad y si mi tanque explotaba su gota final podría llamar a alguien para que fuera en mi rescate. Ignorando a Proust me dirigí a mi casa lo más rápido que pude. Me acordé de él en la glorieta de San Jerónimo y medité si realmente quería que supiera mi domicilio y decidí que no, así que le pedí que se bajara. Lo hizo, pero cuando iba a arrancarme, tocó a la ventanilla y me pidió los cinco pesos restantes para poder ir a su casa… desde luego se los presté. Asombrosamente llegué a mi casa, claro que mi coche no arrancó al día siguiente.

Uno pensaría que eso fue lo último. Alguna vez, Proust me volvió a llamar para invitarme a un plan igual de bizarro, correría un maratón y quería que lo esperara en la meta en el Ángel para ir a comer al ¿¿¡¡Hard Rock??!! (un lugar que me imaginaba vetado por las huestes de Fidel)… Me negué, por supuesto… Tuve que superar esta historia para por fin encajarle el diente a En busca del tiempo perdido. En cuanto a Sartre, lo sigo considerando una de las grandes figuras literarias y filosóficas del siglo xx, pero aceptó que sigo dando gracias a Dios porque mi Ghía blanco 226-JET tuviera una reserva de gasolina tan amplia.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Sobre el suicidio accidental


Sobre el suicidio accidental
Crónicas inverosímiles…
A Yala, la perra foca
Nunca he sido proclive al desamparo ni a las tendencias suicidas… por supuesto, he tenido mis momentos... el que voy a narrar NO fue uno de ellos.
Ocurrió hace muchos años… estaban haciendo algunos arreglos a mi casa, se imaginarán: albañiles, cemento, pintura, etcétera. Por alguna razón, mis papás y mis hermanos estaban fuera de la ciudad y me quedaría en casa en compañía de mi labrador negro, Yala (q.e.p.d). Estaba jugando con mi ella en el jardín, cuando su sed y curiosidad caninas la llevaron a meter el hocico completo en una cubeta, cuya etiqueta anunciaba contener un material tóxico con una burlona calavera sobre un par de tibias, cual bandera pirata. Mi espanto fue mayúsculo y proseguí a sacar la cabeza de mi perra de la cubeta y a increparla con un montón de “No-s” a los que ella respondió con una mirada de extrañeza. Acto seguido, muy inteligentemente, le pregunté “¿¡Qué te tomaste?!”, y como, a pesar de haber sido una perra bastante “entendida” como dice mi papá, no podía esperar a que me respondiera, mi mejor ocurrencia fue meter la mano y probar el líquido. Después, por qué no, leí la etiqueta, ya no me acuerdo que se suponía que era, pero sí recuerdo que era super venenosísimo… o así me pareció a mí, a pesar de que sabía a agua.
Creyéndome intoxicada y próxima a la estirar definitivamente la pata, recordé que ciertos envenenamientos (no tengo idea cuáles)  se combaten con leche. Así que corrí a la cocina y me tomé un litro de leche de un jalón. Inmediatamente después me empecé a sentir muuuuuy mal y tuve que brindar tributo al ídolo de porcelana… “¡Oh, mi Dios!”, pensé cual mala traducción de serie gringa… “de verdad me estoy muriendo.” El vómito, como seguramente saben, es síntoma clarísimo de intoxicación severa (también de tomar un litro de leche al hilo) y señal de próxima e inevitable muerte. Corrí al cuarto de mis papás a buscar un libro de primero de auxilios, en donde decía que en caso de envenenamiento por causas químicas, no era bueno inducir el vómito porque en caso de ser un ácido podías quemarte el esófago lo que empeoraría la situación de la víctima. Resolví que estaba próxima al último patatuz de mi vida y que de nada me había servido sobrevivir a todos esos choques.
Hablé con mi tía, que es nuestra vecina, y le dije que me sentía mal del estómago (me daba mucha vergüenza confesar las estúpidas razones de mi envenenamiento) y le pregunté si podía dormir en su casa. No quería morir sola y apestar tres días hasta que me encontraran. Desde el cuarto que me prestó se ve el jardín de mi casa. Lo que facilitó las cosas… deduje que, como Yala había bebido primero, si habíamos de morir, ella sería la primera en rendirle cuentas al Creador. Para ir confirmando que seguía viva, puse el despertador cada hora  y cuando sonaba corría a la ventana, la abría y llamaba a Yala. El pobre animal, salía de su casa y aparecía a la mitad del jardín desde donde me miraba entre perpleja y molesta. Fue una de muchas noches de insomnio para ambas. Me desperté tantas veces que decidí mejor no dormir y escribir una carta de  “No-suicidio”,  en caso de que efectivamente me muriera. No quería que nadie confundiera mis intenciones.
Sobrevivimos el incidente, en la cubeta no había más que agua y, seguramente, babas de Yala. ¡Qué asco! Quería mucho a esa perra, pero nunca he sido afecta a besuquear animales. Viví para contarlo y Yala vivió como ejemplo de que la obesidad no es una enfermedad exclusiva de los humanos (como la estupidez no es precisamente propia de los animales, según se aprecia en esta crónica), por eso un amigo la apodó “perra foca” por su silueta descomunal.


La inverosimilitud del writer's block


(9 de febrero del 2009 – No. 0) 

Sobre la inverosomilitud del writer’s block 

Para mi gran amigo Iker Compeán 

El día de mi cumpleaños número trece perdí una de mis posesiones más preciadas: mi jardín, el lugar de mis juegos infantiles, el lugar de mis juegos infantiles, el lugar que me enseñó a soñar. Nos mudamos a una casa en condominio, con un jardín colectivo que, huelga decir, no daba espacio a mis despliegues imaginativos, so pena de pasar por loca (que, por cierto, estoy, pero esa es otra historia). Se cerró de tajo –así pareció en todo caso- el capítulo de mi infancia; a fin de cuentas era oficialmente una adolescente granosa de primero de secundaria. Extrañaba ¡claro! el vasto territorio de mis secretos más íntimos. Como un sustituto –que en un principio sabía más a placebo- comencé a escribir. Dos años después, el camino parecía trazado y la vocación descubierta: ¡sería novelista! Todo iba sobre ruedas, en los primeros años escribí algunos cuentos, dos novelas pequeñitas e inicié una tercera. Cuando llegó el momento de entrar a la universidad busqué las carreras que parecieron mejores para alcanzar mi meta. Cuando terminé, irónicamente dejé de escribir… narrativa quiero decir, porque seguí escribiendo ensayos, tesis, exámenes, memos, oficios, cartas de amor y desamor, listas de pendientes, citas en la agenda, reportes, programas, planes, en fin… había ingresado en la vida “adulta” de las responsabilidades… de otras responsabilidades. Los proyectos de novela, el anhelo de escribir parecía siempre postergable hasta quehoy, diez años después, más que postergable pareciera un sueño lejano de la adolescencia. Ha dejado de ser la esperanza del mañana para impregnarse del sabor agridulce de la nostalgia. 

Cada vez que mi amigo Iker me pregunta si he escrito algo, si escribo, me excuso con el trabajo… y la verdad es que, por un momento, me lo creo. Pero cada fin de año (fecha clave en mi mitología personal) cuando reviso los propósitos que cumplí, sé de antemano uno en el que he fallado. No obstante, tomo una hoja en blanco para la nueva listas y como Sísifo, en el cuarto o quino renglón va el mismo estéril objetivo. Este año no fue la excepción. 

Quisiera escribir una novela… una GRAN novela. Peco de soberbia… ¿cómo escribir algo grande si no empiezo por algo pequeño? ¿Cómo hacerlo sin disciplina? En un e mail, Iker me dijo lo siguiente: 


“Aprovecho para decirte que, neta, neta, profesionalmente eres mi estándar por alcanzar. Hehehehe!!! Neta!! Se te admira mucho en la esquina de Luis Cabrera y Santiago, Laurita!! 

Mi única queja (ésta ya la conoces) es: ¿por qué diablos no escribe? 

Te lo prometo, Lau: 20 minutos al día. Yo sé que tienes más actividades que Barack Obama, pero... 20 minutos al día.” 

Y tiene razón. Así que ideé este proyecto que hoy, con todo cariño le dedico, cada semana escribiré una anécdota acerca de lo que mejor conozco: mi vida (choques incluidos). Supongo que algunas serán buenas y otras malas. Prometo que serán curiosas, ridículas e irrisorias (a mis costillas, por supuesto), quizá alguna de ellas sea inverosímil, pero como dice Pavel, “yo no exagero, recuerdo en grande”. Las publicaré por este medio, ustedes tienen la opción de leerlas, comentarlas, criticarlas, reírse o ignorarlas; a cambio sólo les pido un favor, exijan lo que es suyo: una crónica a la semana. 

Es un pacto de honor. 

viernes, 9 de marzo de 2012

Sueño de una noche de primavera / Crónica inverosímil 38

Sueño de una noche de primavera
Crónica inverosímil 38

A Mau, por tres años compartiendo sueños y palabras.

Mira que llegar a estos extremos… a este cataclismo por un cuadro blanco.
Yasmina Reza, Arte


No podía dormir… sucedía lo mismo cada noche. Creo que no me gustaba la escuela y acababa reflejándolo todo en esos terrores nocturnos. Temía que los caníbales —que, por cierto, no estoy segura de que lo fueran— que persiguen a Indiana Jones entraran por la ventana de mi casa en la Ciudad de México y me asesinaran con dardos venenosos.

También temía morir mientras dormía entonces me acostaba con las manos sobre el pecho para darme cuenta si dejaba de respirar. Tenía 8 o 9 años. Mi mamá me preparaba un té de tila antes de mandarme a la cama y me decía que desechara los malos pensamientos y pusiera la mente en blanco para poder dormir.

Sé que algunas disciplinas y escuelas de meditación practican estos ejercicios para alcanzar la plenitud espiritual. Yo lo intentaba cada noche con escasos resultados. Mi imaginación siempre ha ido a galope. Pero la idea de “lo blanco” ha ocupado mi mente desde entonces, quizá es por eso que los blancos cuadros de Plasson en Océano Mar y el de Antrios en Arte de Yasmina Reza ejercieron en mí la ineludible atracción de una promesa que espera ser llenada como una mente en blanco.

Intenté montar Arte dos veces. El güero Azpiroz no me dejará mentir, esos montajes no cuajaron. Hace tres años, en la noche de primavera, Mau y yo platicamos en el pórtico de un edificio del Centro Histórico. Hablamos de teatro y literatura, hablamos de Baricco, de Novecento y de Ella imagina, de Shakespeare y dragones, de Idiotas que hablan otra lengua de Fonseca; en fin, de Arte con y sin cursivas. Me dijo que él quería volver a actuar en ella y que porqué no me animaba a dirigirla. Dije que lo pensaría.

Un mes más tarde, en un cuarto de hotel del otro lado del mundo, recibí un mail de Mau en el que insistía con su idea. Todo estaba servido en bandeja de plata, prácticamente lo único que tendría que hacer sería llegar a dirigir. ¡Mi sueño! Comprendí entonces, que este hombre capaz de maquinar épicas batallas entre elfos, halflings y dragones; estaba en campaña y tenía clarísimo el minucioso mapa de su asedio. La carnada era deliciosamente irresistible, la seducción inevitable. Gracias a Mau incursioné en mi primera dirección profesional. Fue la primera piedra de un edificio maravilloso de nuevas amistades, proyectos y sueños compartidos.

A mis alumnos suelo decirles que parte de la magia del teatro es que una función no es idéntica a la otra. Los cambios pueden ser casi imperceptibles pero siempre están, la energía del público y de los actores cambian. Cada función es una aventura. Abundan las anécdotas.

Una vez, veinte minutos después de iniciada la función de Arte en el FOCO sonó el timbre. Un timbre lúgubre como de casa de los Adams en mitad de la escena. El foro está en lo que fuera una casa y tiene sus vestigios de la construcción original. No sonó una sola vez, sino que fue insistente, o así me pareció. Corrí a abrir la puerta y me encontré con una amiga que había visto un par de días antes y había invitado a la función.

— ¿Qué onda, Lau? Perdón la tardanza pero tuve una tarde de perros… ¿Puedo pasar?
— Ya empezó la función y sonó el timbre
— Ah… ¡qué pena! Pero todavía puedo pasar, ¿no?
— No…
— ¿Y en el intermedio?
— No hay…
— Ah… qué mal, bueno ya la veo otro día, pero es que te tengo que contar… fíjate que me corrieron del trabajo. Te acuerdas que te platiqué de este tipejo que me estaba haciendo grilla pues…
— Habla más bajito… están en función
— Sí, sí, claro… ¿Puedes platicar un rato? Te invito un café.
— No… estoy en función
— Pero tú no actúas ¿o sí?…

En Arte pasaban esas cosas. Un día me tropecé con los contactos y desconecté las luces; dejando a los actores a oscuras por un momento, cuando logré reconectarlas me dio un toque que casi me manda al otro barrio.

En una función, Montes aprovechó que no iba a entrar a escena para ir al baño; se equivocó, justamente él era quien tenía que entrar. Celsa le avisó con un grito sordo y entredientes con los que uno se comunica tras bambalinas y Montes corrió a su escena. Llegó casi derrapando. En otra ocasión, el Oso tuvo un ataque de tos que inició fuera de escena y que trataba de sofocar en vano. Era un poco extraño que los otros actores dijeran que no tenían idea porqué Ivan, el personaje del Oso, no había llegado todavía y por todos lados se escuchaban sus toses. Lo peor fue cuando el ataqué reincidió en escena.

Pero las anécdotas, lo saben o suponen, no son privativas de la breve temporada de Arte en el FOCO. Recuerdo, hace casi veinte años, la única función en la Casa del Lago de la pastorela con la que me ganaría el apodo de “Celeste”, nombre con el que todavía me recuerdan algunos exalumnos de la prepa. Llegamos con bastante anticipación y algunos actores decidieron en aras del folclor rentar un bote de remos en el lago. Nuestros vestuarios estaban en la cajuela del coche de uno de los folcloristas. La ancestral magia de Chapultepec se apoderó de ellos y se les hizo tarde. Ya teníamos que estar caracterizados. Pensé que Montes —que entonces era mi director… porque mi maestro sigue siendo— nos mataría. No podíamos darnos el lujo de que desembarcaran y corrieran a darnos las llaves así que les gritamos que nos las aventaran. Craso error. Las llaves describieron una parábola perfecta pero se escaparon como arena entre los dedos de quienquiera que fuera el receptor y se hundieron en el radioactivo lago de Chapultepec. Habían caído en los linderos del lago, a centímetros de nosotros, a nuestros pies por así decirlo pero la turbia agua los cubría. Después de un brevísimo episodio de histeria colectiva, el valeroso Carlos (¿fue Carlos?) se arremangó el uniforme y metió el brazo buscando las llaves en lacustre suelo. Después de unos minutos o segundos de angustia que fueron, eso sí, eternos. Carlos sacó el brazo triunfal con las llaves en la mano. Recuerdo que nos preocupó que el héroe de nuestra producción se convirtiera en una X-Men por su breve exposición a las peligrosas aguas del lago: el Chapulín Colorado. La función transcurrió sin contratiempos… lamentablemente.

Y digo, lamentablemente, porque yo estaba enamorada del diablo de la pastorela y en escena teníamos un conato de beso que era interrumpido por otro mi padre, interpretado por Pepe. Yo soñaba con que Pepe tuviera uno de esos blackouts que de cuando en cuando ocurren a los actores, que se le pusiera “la mente en blanco” pues y que perdiera su pie y Rutilio no tuviera más remedio que besarme. No ocurrió. Y más bien en mi mente permaneció unos meses más aquella fantasía adolescente.

A todos los que hemos vivido la magia de estar sobre las tablas y nos hemos dejado enceguecer por las brillantes luces de la escena nos ha pasado algo parecido. Al que no, que arroje la primera piedra. Todos nos hemos equivocado, caído o golpeado en escena. Yo una vez olvidé la caja (indispensable para la obra) de ella en el armario y tuve que sacarme de la manga una justificación inverosímil a todas vistas para regresar por ella… Todos hemos tenido ese momento en que sin más, entre el nervio y la presión, estando en escena nuestra mente se queda en blanco, blanco como cuadro de Antrios…

Quizá uno de los momentos más memorables fue el incidente del cigarro. Sí, en Arte era necesario que Sergio, personaje representado por Mau, fumara para que pudiera criticar a la mujer de Marcos quien apartaba el humo del cigarro “con viperina flacidez”. En eso estábamos cuando una mujer del público se dirigió a Mau, “te voy a pedir que apagues tu cigarro.” El público sonrió suponiendo que era una intervención planeada, una vuelta de tuerca, una ruptura de la cuarta pared de esas que abundan en el teatro contemporáneo. Yo estaba abundada pero de angustia. Mau decidió ignorar el comentario y continuar con su parlamento. La mujer entonces subió el tono de voz y volvió a interrumpir, “te estoy diciendo que lo apagues. Éste es un lugar cerrado y no se puede fumar.” La sonrisa en los rostros del público se disipó cuando se dieron cuenta que hablaba en serio. Mau estaba en blanco. Con el cigarro en la mano y en escena, no sabía qué hacer. Un Oso furioso, casi un grizzli, que estaba fuera de escena me hacía señales para que tomara acción. No tenía ni la más peregrina idea sobre cómo reaccionar. La mujer estaba en uno de los asientos de en medio en una fila de en medio y el teatro era tan chiquito que no había manera de pedirle que se retirara con discreción. Celsa también me miraba con una angustia dolorosísima, yo estaba paralizada. La mujer seguía hablando sobre humo y leyes… Montes, que tiene un colmillo que rechina en el piso, sin dejar al personaje, le comentó a Sergio (que no a Mau) que ya estaba bueno de demostraciones y que apagara el cigarro. Mau apagó el cigarro pero la mujer seguía diciendo improperios hasta que el público la calló. Entonces, Mau continuó su parlamente sin error ni titubeo. Pensé que la espectadora incómoda se iría, deseé que se fuera… pero nada… permaneció hasta el final de la función que se mantuvo tensa y no con esa sanísima tensión dramática que buscamos dramaturgos y directores.

Al final de la función, mientras dábamos las gracias, Montes nos regaló un emotivo discurso sobre el respeto al trabajo de actores y teatreros. Me hubiera gustado grabarlo pero como tantas otras cosas del teatro, fue algo efímero y por lo mismo, hermoso. La mujer quiso dar la réplica, pero nuestro público en un franco gesto de apoyo que por siempre agradeceré, aplaudió hasta acallarla.

Agradecí el profesionalismo de mis actores que habían salido airosos de este terrible lance. Agradecí que Mau no tuviera un síncope, que su mente no estuviera en blanco. También pienso habitualmente en los cuadros blancos y en su nívea poesía, en el consejo de mi madre para poder dormir y en la búsqueda espiritual de los budistas y creo que está bien que nunca lo haya logrado, que en el fondo no quiero tener la mente en blanco… prefiero tenerla siempre llena de proyectos y recuerdos, de sueños y fantasías, de historias para seguir siempre contando… para compartir con el célebre cumpleañero de estos días, el Gabo, esa “bendita manía de contar”