miércoles, 4 de abril de 2012

SOBRE EL PRINCIPIO, LOS CONFINES DE AQUEL RANCHO, LOS TACOS Y LAS MAGDALENAS…


SOBRE EL PRINCIPIO, LOS CONFINES DE AQUEL RANCHO, LOS TACOS Y LAS MAGDALENAS…
A mi prima Lety Vela con cariño, admiración y agradecimiento…

El slogan de alguna película dice, “toda historia tiene un principio”, supongo que se trata de una precuela de esas que se pusieron de moda hace unos años, empezando por Starwars pasando por El exorcista, El silencio de los inocentes y no sé cuántas más… Pues bien, los que me conocen saben que la fama de “chocante” me precede; todos han oído hablar de cómo los espejos suicidas, los postes asesinos, las bardas movedizas y las bombas de gasolina me persiguen. Algunos, como Pavel, Pablo, Sabina y Juan Charlos incluso han participado de estas historias. Pero se preguntarán, ¿cómo y cuándo inició la maldición que me aqueja? Algunos piensan que con los dos cursos de manejo que reprobé, Luz Marie tomó uno conmigo y recuerda que agarraba el volante como tacita de té, sólo con el índice y el pulgar mientras que el instructor no despegaba el pie del freno (los maravillosos carritos de autoescuela tienen un set de pedales en el asiento del copiloto). Mi pobre abuela, que tenía poderes de adivinación y siempre dijo que no moriría en un accidente automovilístico, llegó a dudarlo y a pedirle a mi mamá que me abstuviera de practicar mientras ella estuviera en el vehículo. Y, por cierto, los coches chocones, aunque siempre me gustaron, no eran mi juego favorito en las ferias de mi infancia…
                Todo comenzó una Semana Santa en que mis papás decidieron que pasaríamos las vacaciones con los González Whitt en el rancho de mis tíos en Tampico. Era un rancho ganadero, las extensiones de tierra amplísimas y verdes, pocos árboles, había un río que Rebeca bautizó como el “el río Guácala” porque el banco era mohoso y no coincidía con la imagen idílica de campiña que tenía mi hermana a los cuatro años. En el río Guácala nadamos, esquiamos, los papás pescaron y cohabitamos con un par de lagartos, según supimos más tarde. Mientras mis primos recorrieran los prados en trimotos y cuatrimotos, había una burra preñada que fue la adoración de mi hermana que ya se sentía ganando el oro en equitación. Los primos jugábamos obsesivamente Backgammon apostando favores y en casos extremos, un día de esclavitud. Creo que mi papá no paró de cantar por días. Mis primas Gise y Lety en pleno fervor por Mijares (e inconscientemente por Milanés) le pidieron que sacara El breve espacio. Todos los días desayunamos unos taquitos de huevo con tortillas recién hechas que aún hoy siguen siendo insuperables. Eran finales de los ochentas... como dice aquella canción que mis hermanos me enseñaron este fin de semana, Madonna era virgen y John Travolta daba vueltas en el piso.
                Yo tenía doce años, mi prima Lety debe haber tenido catorce y la preciosa pick-up roja de su papá apenas unas semanas de haber dejado la seguridad de la agencia. Lety sabía manejar, su papá le había enseñado y la dejaba practicar en el rancho. Fue entonces cuando tuvimos la peregrina idea de ir a dar un recorrido en la camioneta que todavía olía  a nueva. Lety al volante, yo, ufana, en el asiento del copiloto y, por qué no, mis hermanos en la caja de la pick-up. Los cuatro recorrimos aquella vastedad felices con la aventura… Cuando nos habíamos alejado lo suficiente de la mirada adulta, le pedí a Lety que me enseñara a manejar.
                Ella accedió y detuvo el vehículo automotor. Me coloqué en el asiento del piloto, acerqué el asiento lo más que pude aunque mis pies apenas rozaban los pedales. Lety ocupó el asiento del copiloto y empezó con la teoría, “el clutch sirve para cambiar las velocidades, así es primera, así segunda…” Mis hermanos afortunadamente tuvieron miedo o se aburrieron de que hubiéramos detenido la camioneta para mi lección y bajaron. Ellos prefieren decir que cuando sintieron el peligro acercarse de forma inminente e ineludible saltaron a unos matorrales con el vehículo en movimiento y huyeron despavoridos. Lo cierto es que decidieron que era mejor seguir a pie, ¡bendito sea Dios!, se habían alejado lo suficiente cuando la lección pasó de la teoría a la práctica.
                Las vacas tampoco estaban en la zona, el territorio era nuestro. Los únicos límites eran dibujados por un alambrado de púas sostenido con postes dispuestos cada tres o cuatro metros. Aunque la camioneta era un todo terreno, habíamos optado por una brecha a lado del alambrado pues el terreno era un poco más parejo.
                Como sucede siempre en estos casos, ¡quien esté libre de culpa que me lance la primera piedra!, cuando intentaba sacar el clutch y acelerar, la camioneta caballaba y se apagaba. Debió pasar lo mismo unas diez veces, tiempo suficiente para que mis hermanos corrieran a la casa y nos acusaran. No sé cuál intento fue el bueno pero por fin pude meter primera y logré que avanzara la camioneta. Estaba más preocupada por coordinar mis pies que por el volante, que se me había ido chueco. Nos dirigimos al alambrado. Lety quiso controlar el volante, yo quise frenar pero mis pies nadaban (o se ahogaban) en el espacio sin encontrar un pedal para apoyarse. En lugar del freno pisé el acelerador y nos precipitamos en contra de los alambres. Había una ligera pendiente y la inercia ayudó. Antes de que la transmisión standard hiciera lo suyo y el monstruo rojo se apagara un poste pegó en el cofre y rompió el parabrisas, entró en la cabina con todo y alambre de púas. Lety y yo nos miramos aterradas. Bajamos de la camioneta cuando nuestros papás se aproximaban medio histéricos en un coche. Las púas habían marcado su territorio, el cofre y los costados de la pick up ya no eran de un rojo impecable.
                Lo peor no había pasado, todavía hacía falta enfrentarnos a la furia de nuestras progenitoras. Recuerdo con más claridad el regañazo que mi tía le puso a mi prima que la tunda que me propinaron. La vergüenza me sigue abrumando hoy por hoy. Por mucho tiempo pensé que no podría volver a ver a mi prima a los ojos. También creí que nunca volvería a manejar y me juré a mí misma que nunca chocaría. Han pasado veinte años y el tiempo, como han podido comprobar, lo cura todo.
                Ahora, como las magdalenas y el té de tila para Marcel Proust, cuando el azar me lleva a probar nuevamente unos taquitos campiranos de huevitos a la mexicana con tortillas de harina recién hechesitas, viene a mi memoria el episodio de la pick up roja y los ojos desorbitados y furiosos de mi tía Leonie, perdón Lety…