SOBRE EL PRINCIPIO, LOS CONFINES DE AQUEL RANCHO, LOS TACOS
Y LAS MAGDALENAS…
A mi prima Lety Vela
con cariño, admiración y agradecimiento…
El slogan de alguna película
dice, “toda historia tiene un principio”, supongo que se trata de una precuela de
esas que se pusieron de moda hace unos años, empezando por Starwars pasando por El
exorcista, El silencio de los
inocentes y no sé cuántas más… Pues bien, los que me conocen saben que la
fama de “chocante” me precede; todos han oído hablar de cómo los espejos suicidas,
los postes asesinos, las bardas movedizas y las bombas de gasolina me
persiguen. Algunos, como Pavel, Pablo, Sabina y Juan Charlos incluso han
participado de estas historias. Pero se preguntarán, ¿cómo y cuándo inició la
maldición que me aqueja? Algunos piensan que con los dos cursos de manejo que
reprobé, Luz Marie tomó uno conmigo y recuerda que agarraba el volante como tacita
de té, sólo con el índice y el pulgar mientras que el instructor no despegaba
el pie del freno (los maravillosos carritos de autoescuela tienen un set de
pedales en el asiento del copiloto). Mi pobre abuela, que tenía poderes de
adivinación y siempre dijo que no moriría en un accidente automovilístico,
llegó a dudarlo y a pedirle a mi mamá que me abstuviera de practicar mientras
ella estuviera en el vehículo. Y, por cierto, los coches chocones, aunque
siempre me gustaron, no eran mi juego favorito en las ferias de mi infancia…
Todo
comenzó una Semana Santa en que mis papás decidieron que pasaríamos las
vacaciones con los González Whitt en el rancho de mis tíos en Tampico. Era un
rancho ganadero, las extensiones de tierra amplísimas y verdes, pocos árboles,
había un río que Rebeca bautizó como el “el río Guácala” porque el banco era
mohoso y no coincidía con la imagen idílica de campiña que tenía mi hermana a
los cuatro años. En el río Guácala nadamos, esquiamos, los papás pescaron y
cohabitamos con un par de lagartos, según supimos más tarde. Mientras mis
primos recorrieran los prados en trimotos y cuatrimotos, había una burra
preñada que fue la adoración de mi hermana que ya se sentía ganando el oro en
equitación. Los primos jugábamos obsesivamente Backgammon apostando favores y
en casos extremos, un día de esclavitud. Creo que mi papá no paró de cantar por
días. Mis primas Gise y Lety en pleno fervor por Mijares (e inconscientemente
por Milanés) le pidieron que sacara El
breve espacio. Todos los días desayunamos unos taquitos de huevo con
tortillas recién hechas que aún hoy siguen siendo insuperables. Eran finales de
los ochentas... como dice aquella canción que mis hermanos me enseñaron este
fin de semana, Madonna era virgen y John Travolta daba vueltas en el piso.
Yo
tenía doce años, mi prima Lety debe haber tenido catorce y la preciosa pick-up
roja de su papá apenas unas semanas de haber dejado la seguridad de la agencia.
Lety sabía manejar, su papá le había enseñado y la dejaba practicar en el
rancho. Fue entonces cuando tuvimos la peregrina idea de ir a dar un recorrido
en la camioneta que todavía olía a nueva.
Lety al volante, yo, ufana, en el asiento del copiloto y, por qué no, mis
hermanos en la caja de la pick-up. Los cuatro recorrimos aquella vastedad
felices con la aventura… Cuando nos habíamos alejado lo suficiente de la mirada
adulta, le pedí a Lety que me enseñara a manejar.
Ella
accedió y detuvo el vehículo automotor. Me coloqué en el asiento del piloto,
acerqué el asiento lo más que pude aunque mis pies apenas rozaban los pedales.
Lety ocupó el asiento del copiloto y empezó con la teoría, “el clutch sirve
para cambiar las velocidades, así es primera, así segunda…” Mis hermanos
afortunadamente tuvieron miedo o se aburrieron de que hubiéramos detenido la
camioneta para mi lección y bajaron. Ellos prefieren decir que cuando sintieron
el peligro acercarse de forma inminente e ineludible saltaron a unos matorrales
con el vehículo en movimiento y huyeron despavoridos. Lo cierto es que
decidieron que era mejor seguir a pie, ¡bendito sea Dios!, se habían alejado lo
suficiente cuando la lección pasó de la teoría a la práctica.
Las
vacas tampoco estaban en la zona, el territorio era nuestro. Los únicos límites
eran dibujados por un alambrado de púas sostenido con postes dispuestos cada
tres o cuatro metros. Aunque la camioneta era un todo terreno, habíamos optado
por una brecha a lado del alambrado pues el terreno era un poco más parejo.
Como
sucede siempre en estos casos, ¡quien esté libre de culpa que me lance la
primera piedra!, cuando intentaba sacar el clutch y acelerar, la camioneta
caballaba y se apagaba. Debió pasar lo mismo unas diez veces, tiempo suficiente
para que mis hermanos corrieran a la casa y nos acusaran. No sé cuál intento
fue el bueno pero por fin pude meter primera y logré que avanzara la camioneta.
Estaba más preocupada por coordinar mis pies que por el volante, que se me
había ido chueco. Nos dirigimos al alambrado. Lety quiso controlar el volante,
yo quise frenar pero mis pies nadaban (o se ahogaban) en el espacio sin
encontrar un pedal para apoyarse. En lugar del freno pisé el acelerador y nos
precipitamos en contra de los alambres. Había una ligera pendiente y la inercia
ayudó. Antes de que la transmisión standard hiciera lo suyo y el monstruo rojo
se apagara un poste pegó en el cofre y rompió el parabrisas, entró en la cabina
con todo y alambre de púas. Lety y yo nos miramos aterradas. Bajamos de la
camioneta cuando nuestros papás se aproximaban medio histéricos en un coche.
Las púas habían marcado su territorio, el cofre y los costados de la pick up ya
no eran de un rojo impecable.
Lo
peor no había pasado, todavía hacía falta enfrentarnos a la furia de nuestras
progenitoras. Recuerdo con más claridad el regañazo que mi tía le puso a mi
prima que la tunda que me propinaron. La vergüenza me sigue abrumando hoy por
hoy. Por mucho tiempo pensé que no podría volver a ver a mi prima a los ojos.
También creí que nunca volvería a manejar y me juré a mí misma que nunca
chocaría. Han pasado veinte años y el tiempo, como han podido comprobar, lo
cura todo.
Ahora,
como las magdalenas y el té de tila para Marcel Proust, cuando el azar me lleva
a probar nuevamente unos taquitos campiranos de huevitos a la mexicana con
tortillas de harina recién hechesitas, viene a mi memoria el episodio de la
pick up roja y los ojos desorbitados y furiosos de mi tía Leonie, perdón Lety…
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