De mujeres y
ratoncitos
Crónica inverosímil
37
Confucio inventó la confusión. ¿No?
Giosue
Cozarelli, Miss Panamá
Trouble with mice is you always kill 'em.
John Steinbeck, Of Mice and Men
John Steinbeck, Of Mice and Men
Quiero decir que me he resistido mucho a empezar
estar crónica. He aducido (¡qué feo verbo!) varias razones… todas ellas falsas.
En suma, me preocupa lo que vayan a pensar de mí después de esta confusión…
perdón, confesión. Les digo a mis alumnos de dramaturgia que no hay que tener
concesiones con los personajes, ni ahorrarles sufrimientos y críticas… pero yo,
señores, hasta donde tengo entendido, no soy un personaje…
Lo que tengo que decir podrá no sorprender a nadie.
Casi es una costumbre en estos tiempos violentos por los que atraviesa el país,
pero jamás pensé que me pasara precisamente a mí. Me habían contado una
historia similar y no dudé en execrar la actuación de la otrora protagonista. Tengo
que aprender de Cioran, “He decidido no detestar más a nadie desde que he
observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo.”
¡Basta de divagaciones y circunloquios! Estoy aquí
para confesarlo y no tengo más remedio que hacerlo:
Hace unos días encontramos un cadáver en mi coche.
Recordé mi actuación en el corto estudiantil de Renata: Cadáveres
exquisitos en el que mi personaje encontraba un cadáver en su cajuela y,
después de suponer que padecía desorden de personalidad múltiple, hacía todo
por deshacerse del cuerpo. Yo, Laura, sólo padezco de desorden y el problema es
grave.
No recuerdo quién me dijo que era una suerte que
los coches no hablen porque de hacerlo imagínense la de secretos que no se
divulgarían. En esos días de hormona y juventud, la declaración parecía tener
toda la razón, la de cosas que no habrán visto esos coches estacionados entre sombras.
¿Quién no ha dejado en coches propios o ajenos, incluso taxis, alguna confesión
por decir lo menos?
Algunos coches son confesionarios ambulantes, otros
son la casa chica o grande de amantes adolescentes, otros parecen armarios y
algunos más, comedores. Hay coches que son todos los anteriores. Una alumna me
contó que tiene tanto que hacer que desayuna, come y cena en el coche… La
entiendo porque a mí me ha pasado lo mismo pero les aseguro, hoy más que nunca,
que no es una buena idea.
No es mi primera experiencia con este tipo de
pequeños invasores. De hecho, en la crónica 5 Sobre la inmortalidad zoológica (http://www.facebook.com/note.php?note_id=57287688086),
cuento cómo es que un día encontramos un ratón adentro del CPU de mi
computadora en el Museo Nacional del Virreinato. Y cómo, tras haber ordenado su
ejecución, me arrepentí porque era un pequeño roedor enamorado de mi mouse. Tengo
una debilidad romántica y no quise ver morir de amor al micromamífero Apodemus Sylvaticus.
La teoría de la generación espontánea, otrora
defendida por el mismísimo padre de la poética
—Aristóteles— ha sido ampliamente refutada. De modo que no hay manera de
saber de dónde salió el ingente roedor que habitó en mi automóvil hasta que un
día feneció por causas naturales convirtiéndose así en el desafortunado cadáver
que hallamos para disgusto y náusea propias y ajenas.
Para explicar mis continuas crisis existenciales,
mis dudas habituales, mi constante confusión, mis prejuicios (todos los
tenemos), mis ideas, mis sueños y fantasías, mi divagar excesivo suelo decir
que los ratones de mi cerebro están haciendo de las suyas. Que corren sin parar
en mi interior. Sé que en mí no habita un solo ratón sino varios que me imagino
sentados alrededor de humeantes tazas de café en interminables tertulias discutiendo
a sus anchas, ponderando y postergando las decisiones que debo tomar. ¡Ay, esos
ratones!
Temo que el cuerpecito que encontramos sea uno de
esos ratones escapados, ¿o exiliado? de mi cerebro. La fuga y sobre todo la
muerte de uno de mis ratones se acusa mucho más terrible que el extravío de un
tornillo. ¿De quién se trataba? ¿Cuáles eran sus ideas? ¿Qué intereses servía?
¿Qué buscaba? Y sobre todo, la mayor pregunta, ¿por qué huyó o por qué fue
desterrado? ¿De qué idea me estoy deshaciendo? ¿Será positiva o negativa? Ojalá
fuera un prejuicio de esos que no nos llevan a ningún lado, que buscan la
parálisis y el miedo.
Mi cerebro lleno de ratones y literatura me lleva a
pensar necesariamente en Steinbeck y en los personajes de Of mice and men y en la infinita sabiduría de los pensamientos más
simples. Aquel tonto de la colina de los Beatles que ve el mundo con mucho
mayor claridad que quienes como yo buscamos las razones y justificaciones que
hagan válido cada uno de nuestros pasos… A veces, quisiera pensar un poco más
con ese entendimiento tan poco cartesiano…. “His ear heard more than what was
said to him, and his slow speech had overtones not of thought, but of
understanding beyond thought.” John
Steinbeck, Of Mice and Men
He descartado, por supuesto, la posibilidad de que
se deba a mis periódicas visitas al Drive Thru de Starbucks para desayunar
pero, por si acaso, he tomado la tajante decisión de no volver a ingerir
alimentos dentro de mi vehículo como no sea agua simple.

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