viernes, 24 de febrero de 2012

De mujeres y ratoncitos (Crónica inverosímil 37)


De mujeres y ratoncitos
Crónica inverosímil 37
Confucio inventó la confusión. ¿No?
Giosue Cozarelli, Miss Panamá

Trouble with mice is you always kill 'em.
John SteinbeckOf Mice and Men




He estado dándole vueltas a este asunto como a todos los demás asuntos graves o ligeros que desembocan en mi enmarañado cerebro, “el crisol del tormento” para citar a Sor Juana. Se me va la vida en elucubrar, reflexionar y cavilar. He intento dilucidar, entender, desembrollar, explicar y comentar pero no he encontrado la iluminación, mi equilibrio zen, el centro del mándala o la rayuela que es lo mismo pero no es igual.

Quiero decir que me he resistido mucho a empezar estar crónica. He aducido (¡qué feo verbo!) varias razones… todas ellas falsas. En suma, me preocupa lo que vayan a pensar de mí después de esta confusión… perdón, confesión. Les digo a mis alumnos de dramaturgia que no hay que tener concesiones con los personajes, ni ahorrarles sufrimientos y críticas… pero yo, señores, hasta donde tengo entendido, no soy un personaje…

Lo que tengo que decir podrá no sorprender a nadie. Casi es una costumbre en estos tiempos violentos por los que atraviesa el país, pero jamás pensé que me pasara precisamente a mí. Me habían contado una historia similar y no dudé en execrar la actuación de la otrora protagonista. Tengo que aprender de Cioran, “He decidido no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo.”

¡Basta de divagaciones y circunloquios! Estoy aquí para confesarlo y no tengo más remedio que hacerlo:

Hace unos días encontramos un cadáver en mi coche.

Recordé mi actuación en el corto estudiantil de Renata: Cadáveres exquisitos en el que mi personaje encontraba un cadáver en su cajuela y, después de suponer que padecía desorden de personalidad múltiple, hacía todo por deshacerse del cuerpo. Yo, Laura, sólo padezco de desorden y el problema es grave.

No recuerdo quién me dijo que era una suerte que los coches no hablen porque de hacerlo imagínense la de secretos que no se divulgarían. En esos días de hormona y juventud, la declaración parecía tener toda la razón, la de cosas que no habrán visto esos coches estacionados entre sombras. ¿Quién no ha dejado en coches propios o ajenos, incluso taxis, alguna confesión por decir lo menos?

Algunos coches son confesionarios ambulantes, otros son la casa chica o grande de amantes adolescentes, otros parecen armarios y algunos más, comedores. Hay coches que son todos los anteriores. Una alumna me contó que tiene tanto que hacer que desayuna, come y cena en el coche… La entiendo porque a mí me ha pasado lo mismo pero les aseguro, hoy más que nunca, que no es una buena idea.

No es mi primera experiencia con este tipo de pequeños invasores. De hecho, en la crónica 5 Sobre la inmortalidad zoológica (http://www.facebook.com/note.php?note_id=57287688086), cuento cómo es que un día encontramos un ratón adentro del CPU de mi computadora en el Museo Nacional del Virreinato. Y cómo, tras haber ordenado su ejecución, me arrepentí porque era un pequeño roedor enamorado de mi mouse. Tengo una debilidad romántica y no quise ver morir de amor al micromamífero Apodemus Sylvaticus.

La teoría de la generación espontánea, otrora defendida por el mismísimo padre de la poética  —Aristóteles— ha sido ampliamente refutada. De modo que no hay manera de saber de dónde salió el ingente roedor que habitó en mi automóvil hasta que un día feneció por causas naturales convirtiéndose así en el desafortunado cadáver que hallamos para disgusto y náusea propias y ajenas.

Para explicar mis continuas crisis existenciales, mis dudas habituales, mi constante confusión, mis prejuicios (todos los tenemos), mis ideas, mis sueños y fantasías, mi divagar excesivo suelo decir que los ratones de mi cerebro están haciendo de las suyas. Que corren sin parar en mi interior. Sé que en mí no habita un solo ratón sino varios que me imagino sentados alrededor de humeantes tazas de café en interminables tertulias discutiendo a sus anchas, ponderando y postergando las decisiones que debo tomar. ¡Ay, esos ratones!

Temo que el cuerpecito que encontramos sea uno de esos ratones escapados, ¿o exiliado? de mi cerebro. La fuga y sobre todo la muerte de uno de mis ratones se acusa mucho más terrible que el extravío de un tornillo. ¿De quién se trataba? ¿Cuáles eran sus ideas? ¿Qué intereses servía? ¿Qué buscaba? Y sobre todo, la mayor pregunta, ¿por qué huyó o por qué fue desterrado? ¿De qué idea me estoy deshaciendo? ¿Será positiva o negativa? Ojalá fuera un prejuicio de esos que no nos llevan a ningún lado, que buscan la parálisis y el miedo.

Mi cerebro lleno de ratones y literatura me lleva a pensar necesariamente en Steinbeck y en los personajes de Of mice and men y en la infinita sabiduría de los pensamientos más simples. Aquel tonto de la colina de los Beatles que ve el mundo con mucho mayor claridad que quienes como yo buscamos las razones y justificaciones que hagan válido cada uno de nuestros pasos… A veces, quisiera pensar un poco más con ese entendimiento tan poco cartesiano…. “His ear heard more than what was said to him, and his slow speech had overtones not of thought, but of understanding beyond thought.” John SteinbeckOf Mice and Men

He descartado, por supuesto, la posibilidad de que se deba a mis periódicas visitas al Drive Thru de Starbucks para desayunar pero, por si acaso, he tomado la tajante decisión de no volver a ingerir alimentos dentro de mi vehículo como no sea agua simple.

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