viernes, 10 de febrero de 2012

Acceso restringido o crónica de un desquicio nocturno


Acceso restringido o crónica de un desquicio nocturno
Cronología inverosímil 36
Si cierras las puertas a todos los errores, dejarás fuera la verdad.
Rabindranath Tagore




A mí papá rocanrolero por aquel cover de La puerta de Alcalá.

Las puertas… esas contradictorias líneas fronterizas, que no están ni dentro ni fuera… que al abrirlas llevan a sitios insospechados, que custodian intimidades y secretos,  que atrapan o liberan. Hojas que al abrirse o cerrarse cambian vidas, como páginas de libros que se pasan.

¿Quién no se ha regocijado ante la magnificencia de portales de otros tiempos, como la puerta del templo de Ishtar, la de Brandenburgo o la de Alcalá? ¿A quién no le gustaría tomarse un carajillo en la Puerta del Sol? ¿Quién no ha escuchado en su oficina sobre las políticas de puertas abiertas (que nunca lo son en absoluto)? ¿Quién no ha esperado en el umbral de una puerta con un ramo de flores o el corazón en la mano (que para el caso es lo mismo) que por fin la puerta se abra? ¿A quién no le han cerrado una puerta en las narices?

Tengo amigos que afirman que sí colocas un par de espejos en ángulo de modo que se reflejen uno al otro, se abre un portal al más allá. Aconsejan no intentarlo en casa a menos que se tenga un pariente exorcista. Por otro lado, fue a través de un espejo que Alicia llegó al País de las Maravillas.

Cuando era chica me decían que tenía una cola muy larga porque nunca cerraba bien las puertas y por ellas se pueden escapar los perros y, en ocasiones, la vida. La puerta se cerró detrás de ti y nunca más volviste a aparecer…

Arrastré la cola o el defecto hasta mi vida adulta… de haber cerrado bien la puerta de mi casa aquel triste jueves de noviembre no me hubieran robado… pero si algo tenemos que aprender de las puertas que se cierran a cal y canto es que, como dicen las abuelas, el hubiera no existe.

Por extraño que parezca, cuando tenía 8 o 9 años y la cola muy larga gané un concurso de villancicos en el Oxford. Mi papá se acordará de eso. Mi propuesta era un cover de La puerta de Alcalá que entonaba “ahí está, ahí está viendo nacer al niño, la puerta del portal” Nadie me dijo que mi primera y única composición era sólo un poquito pleonásmica.

Todo mi salón la cantó en el patio, mi papá nos acompañó con su guitarra y su amplificador…  Mi papá jovenazo, (tenía mi edad), era todo un rocanrolero. Entonces las cosas eran más simples y uno podía cantar si le venía en gana que “todos los pastores se abrazan como hermanos…” No supe aprovechar el momento, quizá, esa era mi puerta a la fama…

Como diría Graham Greene, “Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar al futuro.” Ese futuro, tristemente, llega cargado de puertas que se cierran como me ocurrió hace unas semanas más de 25 años después de que las puertas del éxito en los escenarios invernales se abrieran ante mí.

En esta ocasión fue la puerta del baño cerca de la media noche. Me acababa de lavar los dientes para entregarme a los brazos de Morfeo pero ya estaba entre azul y buenas noches… Salí del baño y no sé porqué le puse el seguro. Cuando cerré la puerta y escuché el click desperté del estupor, entendí lo que había ocurrido y extrañé aquella cola larga de mi infancia que me mantenía las puertas abiertas. Desperté a Mau y le conté lo que había pasado. Opinó que esperáramos al día para solucionar el entuerto. Obviamente me opuse terminantemente, mi vejiga no soportaría tanto tiempo. Si yo fuera princesa de Disney o de los hermanos Grimm me llamarían Pipicienta.

Como no eran horas para llamar a un cerrajero y, si lo hacíamos, nos cobrarían las perlas de la virgen, pusimos manos a la obra. Busqué un alambrito y me dispuse a profanar la cerradura. Cuál habrá sido mi sorpresa cuando vi que el cerrojo no tenía orificio para introducir una llave, sólo una pequeña hendidura. ¿¡A quién se le ocurre una cerradura con cinturón de castidad?!

Empecé a desesperar. Recordé que los ladrones usaron un desarmador plano para entrar a la casa. (Ver crónica 31 De peritos y manzanas podridas.  http://www.facebook.com/note.php?note_id=10150486217313087) Al parecer había sido un procedimiento por demás sencillo. “¡Si los ladrones pueden, nosotros también!,” dije e intenté forzar el pestillo introduciendo el desarmador entre el marco y la puerta. No fue posible. Lo intenté más arriba y más abajo. Pero la ilustre dama no quiso darme su flor.

Como reza el adagio, cuando Dios (en este caso, Laura) cierra una puerta, se abre una ventana. Mau propuso entrar al baño a través de la ventana. “¡Está muy alto!,” dije yo. Me pidió ayuda para trepar a la lavadora que está en el mal llamado patio de servicio y tiene acceso a la ventana del baño.

     ¡No vas a caber!
     Sí quepo.
     ¡Te vas a caer adentro de cabeza! ¿Y luego qué hago? ¡Además de abrir la puerta voy a tener que sacarte muerto de allá adentro!
     No seas exagerada.
     Te vas a romper la cabeza, el cuello o una pata…

“¡Voy llamando a la ambulancia y al cerrajero!,” dije previendo la emergencia. Finalmente, Mau desistió de su intento descabellado. Y concluyó junto con Juan José Millás que las ventanas sirven para mirar la vida… no para allanar la morada del escusado.

Y hablando de escusados… aunque no había tomado una sola gota de agua desde que empezó la aventura, mi vejiga empezó a repelar y yo a imaginar qué podía hacer a falta de un wáter como decía mi abuela. Pensé en el fregadero, la lavadora… era demasiado, las ganas no me dejaban pensar.

Entonces, me puse como una puerta fuera de quicio y le ordené a Mau que atacara la cerradura con un martillo. “¡Acaba con ella!,” demandé cual Reina de Corazones. Prudentemente, Mau mencionó a los vecinos. Era más de medianoche, no son horas para ponerse a martillar. “Al diablo con los vecinos. ¡Dale!” Como Lady M, lo incité al crimen y después (cuando pude entrar al baño) me lavé obsesivamente las manos que imaginaba manchadas de aceite.

Después del estrépito, la cerradura cayó al suelo destrozada. En su lugar quedó el sueño que cualquier voyeur, un agujero tan grande que permitía ver con lujo de detalle todo lo que ocurría dentro del baño.

EPÍLOCO

El fin de semana fuimos a comprar una cerradura. Todas las específicas para baño eran iguales a la que había sufrido tan grave suerte unos días antes, sin espacio para llave, con cinturón de castidad y esa hendidura que parecía burlarse de los ladrones comunes.
 
Busqué a un dependiente y le pedí una cerradura con llave porque esas me parecían peligrosas. Recordé que mi abuela me contó que se quedó atrapada adentro del baño durante el velorio de su padre, habría tenido unos seis años. ¡Y en un velorio! “¡¿Qué tal si un niño pequeño se queda encerrado?!” El dependiente me examinó detenidamente para ver si bromeaba. Cuando vio que yo era más seria que un diagnóstico de AH1N1 me explicó que precisamente están hechas para abrirse fácilmente pues la hendidura sirve para abrirse con un desarmador e incluso una moneda de a peso… “¡De a peso…!” me dije. Avergonzada compré la nueva cerradura.

Mientras volvíamos a casa me remordía la conciencia por la triste cerradura que había inmolado. Como en acto de contrición, le hice una digno funeral a la víctima de mi nocturno desquicio.

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