viernes, 3 de febrero de 2012


Visa a Transilvania y otras historias virreinales
Crónica inverosímil No. 35

Buscando visa para un sueño
buscando visa, la razón de ser
buscando visa para no volver
Buscando visa para un sueño (¡oh!)
                                      Juan Luis Guerra

A Rebe por su afición a Bran Stroker y a las costumbres transilvanas

Hace unos días en una conversación de café:
—La conozco desde el Virreinato
—Pues qué bien conservada estás, no se te notan los tres siglos.
Me refería, por supuesto, al Museo Nacional del Virreinato, en donde obtuve mi primer trabajo en forma en el 2001. Y ahora que lo pienso, no son tres siglos, pero ya son varios, muchos años trabajando en museos y pensar que mi ingreso fue un asunto más bien azaroso como consta en otra crónica de esta colección. (Sobre los jarritos de Tlaquepaque… Crónica Inverosímil 17/ http://www.facebook.com/note.php?note_id=84526513086)
                En fin, quien quiera que haya trabajado en museos coincidirá conmigo en que se requiere una personalidad cuando menos especial, cierto grado de excentricidad y una idea muy peculiar de esta expresión “ponerse la camiseta” para trabajar en ellos, sobre todo, se requiere de un cariño especial hacia esos recintos de cultura y educación. Lo que se observa más comúnmente es una especie de relación amor-odio con ellos. Seguramente el Dr. Freud podría hacer un interesante caso de estudio sobre nosotros y lo atribuiría con mayor certeza a algún trauma en nuestra más tierna infancia. Los directores de museos no son la excepción de esta regla; más bien son quienes la cumplen a mayor cabalidad. Los hay de todo, pero ninguno, que yo sepa, es enteramente cuerdo. Pero nadie como mi jefazo del alma.
                Esto ocurrió, si mi memoria no falla, en verano del 2005. Mi amiga, Jess, había entrado a trabajar a Relaciones Públicas del museo por recomendación mía. Llevaría poco más de un mes con nosotros. Ya había padecido algunas inclemencias de la más pura idiosincrasia del SNTE pues había quien la llamaba “Gésica” porque su nombre se escribe con “J” y tenían que distinguirla de “Yessy”, cuyo nombre, efectivamente se escribe con “Y”.
                Gésica o Jessica, como prefiera usted, había dedicado gran parte de la semana a intentar traducir al inglés una abigarrada presentación que el director llevaría un congreso de museos en Transilvania. Yo también, lectores míos, me preocupé cuando escuché tal noticia y, a partir de ese momento, llevaba un diente de ajo escondido en la bolsa cada vez que tenía junta con él y eran frecuentes. Hasta que un día, por fin, lo vi reflejarse en un espejo y entonces no temí por mi vida sino por la suya.
¡¿Qué iba yo a saber sobre congresos transilvanos si aún no veía ese maravilloso documental Rocky Horror Picture Show que con tanta exactitud recrea uno de sus bailes folclóricos? La pelvis a rodaaaar y un paso a la dere-e-echa... ¡Nos hace desvaria-a-ar!
                Aquel día funesto, nuestro particular Jonathan Harker (pronúnciese bien esa jota, ¡joder! y omita la hache que en castellano es muda) salió del museo con prisa y olvidó la famosa presentación que no había acabado de quemarse en un DVD, era algo pesada. Así que Gésica, Ray y yo salimos al rescate. Como no habíamos comido, sugerí AutoMac. Ray y yo ya teníamos experiencia en este tipo de manejo de crisis pero Jess se mostraba contrariada. Los desastres con pan son menos. Yo conducía el coche.
                A eso de las cinco de la tarde llegamos. Jonathan Harker ya estaba con una pequeña maleta en la calle. Ray se bajó a entregarle el disco. Jessica quiso hacer lo mismo, cerré los seguros y mantuve el motor encendido. Me miró aterrorizada, ¿creería que la iba a secuestrar? Ray hablaba con el director en la banqueta. Atrás de nosotros se estacionó el taxi, nuestro jefe lo abordó primero y vi claramente cómo Ray quiso escapar pero lo llamó y abordó con él. Nos hizo una señal. Me despedí de ambos desde el interior del coche y avancé rauda y veloz para dejarlos atrás. Habíamos perdido a uno de los nuestros, no había nada que hacer, Ray tendría que acompañarlo al aeropuerto y si hubiera traído papeles, seguro se lo llevaba con él hasta los confines de los Cárpatos.  Jessica comprendió y agradeció.
                Pero la aventura no había concluido. Tres horas después, yo estaba en pijama viendo la tele, sonó mi celular. Era él. La voz lúgubre del otro lado de la línea me hizo la pregunta apremiante, “Laura, ¿se necesita visa para Rumania?” Yo, desde luego, no lo sabía. Me indicó que le preguntara a Jessica pues tenía la impresión de que ella le había organizado el viaje y debería saber. Hice lo propio. Jessica tampoco sabía. Buscamos los datos de la embajada y, obviamente, nadie contestó. (Está en la calle de Sófocles en Polanco, por si alguien se le ofrece.) En internet averiguamos que Rumania exigía visa. Se lo comuniqué a Jonathan Harker. “Pero, ¡¿cómo es posible?!,” escuché su grito ahogado. Guardó un silencio sepulcral. Asumí que meditaba. Esperé:
     Bueno, aquí te dejo mi pasaporte, ven por él y me sacas una visa. (Acoto: ¡Como si fuera la hamburguesa de Automac que seguía indigestándoseme). Voy a estar varias horas en Madrid. Salgo a Bucarest hasta la noche. Que ahí me la entreguen para que no pierda mi vuelo.
     Pero…
     Sí, eso… y ahorita te doy el teléfono de un amigo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a lo mejor, él puede ayudarnos.
     Pero…
     Okey
     ¡ No puedes dejar tu pasaporte, lo necesitas para el viaje!
     Mmm. Tienes razón, te dejo unas fotocopias. A ver, ahorita te vuelvo a llamar.

Pensé en cómo le haría para teletransportarme a Madrid y esperar a que mi jefe aterrizara para entregarle la visa. A los transilvanos, según sé, se les da la telepatía pero no sé si también la teletransportación. Además, soy mexicana.  Luego recordé que un famoso transilvano el Dr. Frank-N-Furter tenía un rayo transportador. Pero llovía y el camino a su mansión se antojaba instransitable. Damn it, Janet!, pensé.

Como era de esperarse, el amigo no podía ayudarnos. Conseguí el teléfono de la Embajada de Rumania en Madrid pero tampoco contestaban. Le hicimos una reservación en un hotel por si acaso. Veinte minutos después llamó nuevamente: “Te hablo rapidísimo porque estoy abordando. Puedes recoger las fotocopias en el mostrador de la aerolínea, ¿ya viste lo de la visa?” Escuché que una amable voz femenina le hablaba pero no entendí qué le decía. Le expliqué que iríamos al día siguiente a la embajada en México, que a primera hora trataría de agendar una cita en la de Madrid pero que, por si acaso, habíamos reservado una habitación para él. Volví a escuchar  la voz de la mujer, esta vez su tono era apremiante pero tampoco supe qué dijo. “Bueno, pero espero que no sea necesario porque mi ponencia es de las primeras, ¡qué barbaridad! pero...” Y entonces escuché claramente a la aeromoza pedirle, ya no tan atentamente, que apagara su celular porque iban a despegar.

La madrugada siguiente conseguimos pactar una cita para él en la Embajada de Rumania en Madrid, con un milagro podría lograrlo sin perder su conexión pero nos explicaron que no creían que fuera posible entregarla el mismo día. Pasé por Jessica muy temprano y fuimos al aeropuerto a buscar las fotocopias del pasaporte de nuestro querido Harker y fuimos directamente a la embajada que es una casita en Polanco. Conseguimos que nos recibieran aún cuando no habíamos pedido cita. No sé cuánta gente viaje a Rumania pero al parecer les caímos de variedad.

Nos hicieron pasar a una antesala como de doctor. Nos atendió un heredero de Vlad, un pálido tipo rubio que masticaba el castellano. Le expliqué lo que queríamos y nos miró con extrañeza. Dijo que no nos comprendía. Me decía con una gran sonrisa, “Visa, sí…” y nos señalaba a Jessica y a mí. Traté de explicarle que no era para nosotros y le enseñé el pasaporte de Miguel. “¿Tú, no?” Contrariado buscó apoyo con otro tipo, un moreno de ensueño con una mirada gitana como para derretirse. De buena gana les hubiera donado un poco de mi sangre…

Pensé que si no salíamos con la visa de mi jefe, a lo mejor, Jess y yo podíamos salir con un double date pues aunque  no nos entendiéramos, todos hablamos el lenguaje del amor… sino, pregúntenle a Stephanie Meyer, la célebre autora de Twilight. Nos preguntaron si era nuestro papá… y yo hice un gesto de saludo marcial con la mano sobre la frente y dije “jefe, chief, jefe”. Si rieron, creo que por fin entendieron nuestra bizarra intención. “No, no posible, no...” Les intentamos preguntar si en Madrid podría sacar visa y nos respondieron que sí había embajada en Madrid… Nos fuimos a desayunar.

Mi jefe consiguió la visa en Madrid y pudo dar su conferencia en tiempo y forma. Volvió un par de semanas después. A partir de su regreso, empezaron a suceder cosas extrañas en esta Ciudad. Más extrañas de lo habitual. Yo no lo recogí del aeropuerto, pero dicen que su maleta era lo suficientemente grande como guardar un muerto y al parecer estaba llena de tierra.

Desde entonces, hay noches que no puedo dormir. Ocasionalmente, amanezco con dos marcas en el cuello como si fueran piquetes de mosco o barros. Y la dermatóloga me ha prohibido exponerme al sol, según ella por mis lunares, pero sospecho… sospecho. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario